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CIUDADES IMPERIALES DE MARRUECOS: FEZ

 

Medinas, madrazas, puertas y murallas; curtidores, mercados de lana y trabajadores del latón; tajín y cuscús exquisitos; alojarse conviviendo con familias bereberes o en antiguos palacios hoy reconvertidos; antiguas juderías y vestigios romanos; campos de olivos, viñedos, cascadas y bosques de cedros… Marruecos, de Fez a Ifrane, un homenaje a los sentidos.

Por Jordi Jofré (procedente de edición impresa Revista Viajeros)

La ruta que le proponemos permite viajar alegremente en el tiempo y en el espacio. Comenzaremos por Fez y su medina, una de las más singulares del mundo árabe y el paraíso de los oficios artesanos. Desde aquí nos aventuraremos al descubrimiento de Meknés, el sueño megalómano del gran Mulay Ismail, para luego continuar con los mosaicos y las clases de Historia romana en Volúbilis. Finalmente, un salto extraordinario atravesando el Atlas Medio hasta un paisaje antagónico a lo visto anteriormente por arquitectura y clima: Ifrane.

 


Fez, el universo de los oficios

Antes de entrar en materia, apuntemos que Fez se halla dividida en tres áreas fundamentales: Fez el-Bali –el corazón de la Medina–, Fez el-Jdid –con la judería y el Palacio Real– y la Ville Nouvelle –al estilo francés, con una amplia oferta hotelera y de restaurantes–. Previamente al abordaje de todas sus virtudes, es conveniente traer la lección histórica aprendida –o al menos leída–. Son casi 1.200 años de avatares, triunfos y sinsabores: demasiada información –y muy accesible, por otra parte– para el espacio del que disponemos. Así que hemos preferido reservarlo para tratar de plasmar las sensaciones que regala este delicioso caos. Hablamos, como no, de la medina de Fez.

 


Respondiendo al tópico de que es una ciudad para perderse, nuestra respuesta es ambivalente: sí y no. Por supuesto que hay que deambular por sus zocos y, paseando a ritmo tranquilo, intentar captar el bombardeo de estímulos que a los cinco sentidos llegan sin interrupción y de forma caótica: el olor de las curtidurías; el tacto delicado del paño de seda; el aviso del burro que viene cargado por el callejón; el sonido del martillo chocando contra la olla de latón; el colorido del puesto de frutas y verduras o la imagen de la cabeza de camello colgando en un puesto de carne; mil y una estampas que parecen sacadas de una película medieval o de una novela costumbrista del Al Andalus previo a la Reconquista. Pero también es un lugar para que te acompañe un guía y te facilite comprender cómo se sustenta este entramado social, tan ajeno a nuestros usos occidentales –y al mundo árabe moderno–. Así, esa distancia que nos separa nos parecerá más pequeña y accesible. Por ejemplo, nos contará cómo se organizan los diferentes gremios y la manera de realizar los encargos: aquí no son necesarios los documentos –el respeto a la palabra es casi sagrado– y existe una total flexibilidad de horarios, cada uno abre y cierra a su antojo. Quizás continúe con pasajes de su vida y, tal vez, nos relate la dureza del oficio de su padre, curtidor, y cómo lucho entre pieles mojadas y tintes de todo tipo para darle una carrera universitaria a sus seis hijos.

Podremos descubrir pasadizos estrechos y zocos multicolores para luego dejarnos embriagar por la paz que reina en el mercado de la lana muerta y las aceitunas. El recorrido acompañado no debería pasar por alto joyas como la Universidad Kairaouine –al parecer la más antigua del mundo–, la madraza El-Attarine y la Bou Inania –ambos lugares merecen ser visitados con detenimiento para poder admirar la belleza de sus azulejos y celosías– o, entre otros, la pintoresca Plaza de los Ebanistas.

 


Resumiendo, hay que disfrutarla sin prisas, solo y acompañado. Conviene, además, subir a alguna de las colinas adyacentes para contemplarla en toda su extensión. Y casi inevitable es llevarse un recuerdo y probar de nuevo qué tal se nos da ese juego llamado regateo. Finalmente, recomendar a aquellos que dispongan de tiempo que sigan disfrutando con otras zonas de la ciudad como la Mellah –situada en Fez El-Jdid, con atractivos históricos y un llamativo comercio de joyas– o las tumbas benimerines y sus vistas al atardecer.

Aparte de todo lo anterior, Fez cuenta con mucho más. Se dice que es la capital espiritual, artística y gastronómica del país, y es sencillo comprobar tanto halago. En cuanto al paladar, es fácil darse un homenaje, ya sea en un establecimiento reputado o en algún otro que, sin tanta fama, sorprende, por ejemplo, con un tajín memorable. Respecto al espíritu, los pasajes de la Historia y las madrazas que alberga son testigos incuestionables. Y en cuanto a los movimientos culturales, encontraremos un sinfín de acontecimientos muy interesantes que nos pueden servir de excusa para nuestra visita como, por ejemplo, el Festival de Música Sacra, el de Jazz in Riads o el del Arte Culinario.

Próximamente podrás continuar leyendo sobre Meknés, Ifrane, Volúbilis... o bien solicitar tu ejemplar impreso a la revista Viajeros. Si deseas compartir el artículo en redes sociales puedes hacerlo a través de Facebook o Twitter. ¡Gracias!



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