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VIAJES. GRANADA. LA FÁBULA DEL AGUA

 

 

 

 

 

Hay muchas maneras de acercarse a una ciudad, aunque son muy pocas las que permiten entenderla completamente. Fuentes, aljibes, patios, albercas y antiguos hamanes nos dan la pista para hacerlo con Granada.

 

 

Por Óscar Checa (Actualizado 29 abril de 2017)

 

 

El vértigo no se siente solo ante el vacío: también puede llegar cuando el espacio se colma, cuando diferentes aspectos de una misma idea comienzan a enlazarse y toma forma y crece y se ilumina. Entonces es un sentimiento distinto, placentero, complaciente, gozoso… Estas cavilaciones me entretienen al final de mi viaje a Granada, mientras descanso en una plazuela del Albaicín mirando el estanque de una pequeña fuente. El agua ha sido, precisamente, la que ha ido guiando mis pasos, mis idas y venidas por la ciudad. Me he dejado llevar y he visto, he comprendido… Parecen unas palabras gnósticas, pero bueno, aunque no negaré que algo de misticismo sí tienen, no pretendía más que describir una forma de viajar, de acercarse a los lugares que visitamos dejando que sean ellos quienes nos hablen en vez de imponernos tan torpemente como solemos hacer, como elefantes en una cacharrería, a golpe de capturas de smartphone creyendo que el conocimiento que adquirimos de ese lugar es proporcional al número de instantáneas que luzcan nuestras galerías instagrameras. Y no, claro que no. En el caso que nos ocupa, para conocer Granada hay que escuchar sus fuentes. Y mirarlas.

 

 

 

 

Albercas palaciegas en Granada

 

 

“El agua me envolvía con rumores de color y frescor sumos, cerca y lejos, desde todos los cauces, todos los chorros y todos los manantiales”… Juan Ramón Jiménez hablaba así de la Escalera del Agua, uno de los rincones más llamativos (y creo que menos conocidos, a juzgar por el escaso número de personas con que me cruzo durante todo el tiempo que paso en la escalinata) del Generalife. Los parapetos que bordean esta escalera están rematados con un canal por el que baja el agua, creando una atmósfera embriagadora. Es un lugar con unas cualidades sensoriales únicas: vemos cómo corre el agua, la oímos, sentimos su frescor bajo la bóveda de laureles que nos rodea, podemos tocarla… El agua es el alma de la Alhambra y del Generalife. Nada de todo ello hubiera podido existir sin el agua y sin la Acequia Real que Muhammad I, el primer rey nazarí, hizo construir. Porque, aunque los alrededores de Granada están surcados por numerosos y pequeños ríos, la colina de la Sabika, donde se levantó la Alhambra, carecía de manantiales. Así que, el origen de toda esta historia hay que buscarlo a unos seis kilómetros sierra arriba, donde se construyó una presa en el curso del río Darro desde la que partía la acequia que suministraba el agua a la ciudad palatina de la Alhambra y al Generalife. Entraba precisamente por este “Jardín del Arquitecto” (que es lo que significaría el nombre de Generalife) para regar las huertas, campos y pastos de esta almunia medieval, pues en origen eso era el Generalife, un lugar dedicado a la explotación agrícola para abastecer la ciudadela de la Alhambra. Las huertas siguen estando aquí, y se cultivan algunas de las verduras, hortalizas y frutas de entonces, como berenjenas, alcachofas, espárragos, judías, mandarinas, limones… Pero también se construyó en este cerro un palacio que era utilizado como lugar de descanso, en el que el agua tenía otra función: una función lúdico-estética como parte esencial de los jardines que se repartían por el recinto. Los jardines nazaríes, intimistas, con el agua que fluye pausadamente, la vegetación y los elementos arquitectónicos que encerraban el espacio, reproducían la idea de paraíso, por lo que también tenían un profundo valor espiritual.

 

Hoy es raro poder captar un poco de ese ambiente intimista y recóndito con tanto trasiego de visitantes. Las modificaciones que se han hecho a lo largo del tiempo en los edificios o los jardines también han cambiado su carácter. En el Patio de la Acequia o en el Patio del Ciprés de la Sultana, por ejemplo, los surtidores que se añadieron a los estanques alejan el calmo sonido del borboteo y el nada impetuoso discurrir del agua por los canales y estanques que los caracterizó una vez. Yo los prefiero susurradores y no tan rugientes: ¡imposible encontrar sosiego con este estrépito de chorros desacompasados!

 

 

En la Alhambra parece que se ha mantenido más la idea original. Las albercas presentan una lámina de agua casi estática, pensada para aumentar la profundidad y la luz con el reflejo de las fachadas. Allí donde hay una fuente el agua fluye pero relajada, sin alboroto. Si no fuera por las decenas de personas que recorren cada rincón del palacio podríamos oír el leve discurrir, el goteo constante, el rumor de hilos de agua entrelazados que se van por un canalón… Nos parecería otra, la Alhambra, seguro. Yo voy buscando los momentos en que un grupo parte y, por un instante, el patio se queda casi en silencio; los espacios donde solo hay una fuente, que miro y remiro, escuchando su cadencia, mientras que quien pasa por allí me toma por loco (¡mirar una fuente en vez del techo de la sala de Dos Hermanas…!) Y después llego al Patio de los Leones. Ahí está la fuente, blanquísima tras su restauración. Es el símbolo del manejo técnico que la cultura nazarí tenía en los aspectos hidráulicos: el cilindro central aporta el agua a la taza y la evacua, de forma que nunca llega a desbordarse; al mismo tiempo, los leones la expulsan delicadamente por su boca y va a parar al canal que los rodea, para alejarse luego hacia los costados del patio. Control, renovación, pureza… el agua adquiere todas esas dimensiones, presentes igualmente en cada acto de la vida cotidiana no solo del sultán y los moradores del palacio, sino de todos los habitantes del reino de Granada.

 

 

 

 

Del carmen al hamán

 

 

La mejor manera de conocer esa vida cotidiana de los habitantes de la Granada musulmana es recorrer el barrio del Albaicín, que todavía conserva los trazados, parte del espíritu y muchos edificios de aquella época. Sin lugar a dudas, hay que empezar por la Casa Zafra, una antigua vivienda nazarí restaurada, que hoy se ha convertido en el Centro de Interpretación del Albaicín. Aprenderemos aquí todos los detalles sobre el barrio y, en especial, sobre las casas de quienes lo habitaban. Estas casas reproducían a otra escala lo que ya hemos visto en la Alhambra: eran moradas intimistas, donde todo ocurre de puertas para adentro (por eso tienen pocas ventanas) y cuyas dependencias giran en torno a un patio central donde suele haber una alberca y una fuente. Las casas de más poderío también tenían su tinaja, un gran recipiente enterrado donde se acumulaba el agua para el consumo. Tampoco faltan las tacas, una especie de pequeñas alacenas alojadas en huecos de la pared a la entrada de las habitaciones principales, donde siempre había agua perfumada para lavarse las manos en un gesto de purificación.

 

 

 

 

Las casas moriscas, herederas de las nazaríes, tienen otro elemento donde también el agua es fundamental: los cármenes. Carmen era el nombre que se daba a las huertas de placer que solían estar situadas a las afueras de la ciudad. Todavía quedan, por supuesto, muchos de estos cármenes en el Albaicín, aunque la mayoría son privados. Estos huertos también funcionaban como una especie de jardines botánicos en los que se cultivaban plantas aromáticas con las que se elaboraban perfumes y esencias, especialmente para el ritual del hamán. En la calle del Agua estaba el mayor baño árabe de Granada, construido en el siglo XIII. Hoy ha desaparecido pero hay otro que sigue en pie, perfectamente conservado, y que es el más antiguo de toda España: el Bañuelo. Estos baños públicos del siglo XI fueron uno de los pocos lugares de este tipo que se salvaron tras la Reconquista. La mayoría fueron destruidos pues para los cristianos los baños árabes eran poco más que burdeles. La luz que entra por los tragaluces octogonales y en forma de estrella desde las bóvedas de ladrillo de estas salas crea todavía una atmósfera única. Con un poco de imaginación podemos vernos en aquellas salas llenas de vapor donde el ritual del baño congregaba a todos los habitantes de la ciudad. Aunque bueno, tampoco hace falta recurrir a la fantasía para verlo pues, justo al otro lado del río, en la calle Santa Ana, se abrió hace unos años un moderno hamán que reproduce la esencia de los baños árabes de la época. Es el Hammam Al Ándalus, el primero que volvió a estar en funcionamiento desde que Felipe II decretara el cierre de todos ellos porque, según decía, eran lugares pecaminosos.

 

En realidad los baños eran centros de reunión a los que acudían, separados por sexos, todos los habitantes de la ciudad para lavarse, cortarse el pelo o recibir masajes, todo imbuido de un carácter espiritual. Mientras que estoy allí intento evadirme, al tiempo que procuro captar todo aquel cosmos… y no sería difícil si no fuera por la voz elevada de quienes creen que están en una piscina de verano o en un resort caribeño… Yo los miro con cara de sultán implacable, pero decididamente son otros tiempos… pocos entienden el ritual, el poder energético del silencio y del agua en la que el espíritu reconoce nuestro origen acuático, marino, acuoso. Granada, tal vez más que ninguna otra ciudad, no se entiende sin sensualidad, es decir, sin prestar atención profunda a los sentidos…

 

 

Los aljibes del Albaicín

 

 

Hay otro lugar en el Albaicín que hay que visitar imperativamente para conocer la esencia del barrio: el Aljibe del Rey. Con más de 300 metros cúbicos de capacidad era el mayor de los aljibes musulmanes de Granada y hoy, integrado en el edificio de la Fundación AguaGranada, forma parte del Centro de Interpretación del Agua. Si la Acequia Real conducía el agua hasta la Alhambra, otra acequia, la de Aynadamar, hacía lo propio con el barrio del Albaicín. Esta acequia cogía el agua a 11 kilómetros sierra arriba, en Alfacar, en un nacimiento conocido como Fuente Grande. Desde allí se trajo el agua que, por el camino también regaba huertas y campos. Del río Darro, el antiguo Dauro (llamado así porque su cauce arrastraba pepitas de oro), también partía otra acequia, la de San Juan. Ambas recorrían el Albaicín, ramificadas mediante atanores que desembocaban en los aljibes públicos. Cuando uno camina por este barrio, a la vuelta de cualquier esquina, en medio de una plaza o a mitad de una cuesta, se encuentra con uno de estos aljibes. Hay muchísimos. Muchos de ellos tienen, además, una fuente adosada o un pilar, para ser más exactos con la denominación que se le da aquí. Y casi todos ellos se han estado usando hasta hace bien poco, hasta los años cincuenta del siglo XX. Dejaron de utilizarse al ir llegando las instalaciones modernas que hacían más cómodo el abastecimiento, no porque hubiera problema alguno con el agua que todavía fluye en algunas fuentes y que está buenísima.

 

 

 

 

El Aljibe del Rey era el único del que los aguadores podían sacar agua para vender. En la Granada medieval, y sobre todo en la época andalusí, había aguadores que recorrían las calles con vasos de metal y llevando agua en odres de cuero a lomos de burros. El agua ha diseñado la geografía social de Granada y todos los aspectos relacionados con ella estaban regulados, como podemos ver en la reproducción de las ordenanzas árabes y cristianas en este centro de interpretación. ¿Os imagináis las calles del Albaicín surcadas por las voces del almuecín avisando de los turnos de riego o las campanas de las iglesias repicando con el mismo objetivo? Todo ha cambiado pero todavía quedan muchas señales que nos hablan de ese pasado, imprescindible para reconocer y disfrutar la ciudad que Granada es hoy.

 

 

* Puedes continuar leyendo la Guía Práctica de Granada o bien otros artículos sobre Málaga, Huelva o Cádiz.
 

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