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MARRUECOS: MEKNÉS, IFRANE Y VOLÚBILIS

Hablar de Meknés es hablar de Mulay Ismail, del que se ha escrito extensamente, confundiendo a veces leyenda y realidad. Bajo su reinado (1672-1727), Marruecos vivió su última edad de oro, gracias a un poderoso ejército y al espíritu guerrero de este sultán.

Por Jordi Jofré (2ª parte reportaje Marruecos. De las Ciudades Imperiales a la montaña, puedes leer la 1ª dedicada a Fez)

Mulay Ismail, aparte de salir victorioso de innumerables campañas militares –entre otros, contra británicos, españoles y jefes tribales–, se le recuerda por su espíritu constructor y mal carácter. De esta manera, tan pronto levantaba un palacio o un puerto, como le daba por cortar cabezas a diestro y siniestro. En todo caso, es innegable su peso en la Historia y, de hecho, se le considera el precursor del Marruecos moderno.

Volvamos ahora al Meknés actual para situarnos en la plaza de El-Hedime que nos servirá de punto referencia. Es este un espacio por donde deambular tranquilamente para curiosear y palpar el ambiente popular. Al estilo de Jemaa el Fna, cuentacuentos, encantadores de serpientes, vendedores y personajes poco corrientes ante nuestra mirada occidental llaman la atención e invitan a quedarse un rato. Desde aquí se accede tanto a la Ciudad Imperial como a la medina. Respecto a la primera, decir que nos recibe con la impetuosa Bab el-Mansour, considerada por muchos como la puerta más glamurosa de las ciudades imperiales marroquíes. Se puede continuar con la visita a la antigua prisión de cristianos, unas bóvedas subterráneas sobrecogedoras. Cerca, se halla la plaza de armas y el mausoleo del Mulay Ismail –los no musulmanes pueden visitarlo aunque no es posible acercarse a la tumba–. De lo que sobrevive más bien poco es del gran complejo palaciego de este mito nacional, aunque los vestigios nos pueden ayudar a entender la magnificencia de sus construcciones. Pero si todavía queda alguna duda sobre este punto, hay que acercarse hasta los faraónicos establos y graneros. Hablan por sí solos.

Es hora de conocer la Medina y pasear por sus zocos que resultan inspiradores a pesar del trasiego reinante. Babuchas, joyas, artesanía, instrumentos musicales, frutas y verduras… un espectáculo parecido al de Fez, quizás menos impresionante, pero también más accesible. Las paradas en los bazares se alternan con la belleza de tesoros como la Gran Mezquita, la madraza Bou Inania o la mezquita Nejjarine.

No podemos despedirnos de este lugar sin una última pista acerca de su disposición y ubicación. El valle fluvial del Oued Boufekrane divide a la ciudad en dos partes bien diferenciadas. Al oeste, la Ville Nouvelle, construida por los franceses, de trazado lineal y donde se concentran la mayoría de restaurantes y hoteles de mayor calidad. En el otro lado, la vieja judería (Mellah) y la ya comentada Medina.

 

Ifrane, un viaje en el espacio

Si antes viajábamos en el tiempo, ahora lo hacemos en el espacio. Desde Meknés el paisaje va tornándose cada vez más verde. Nos hallamos en la fértil planicie del Saïs y por la ventana del coche empiezan a aparecer campos de olivos tapizados por coloridas flores; un poco más adelante y al otro costado, se observan las siluetas de los viñedos; y si seguimos internándonos por el Atlas Medio comenzaremos a sentir por la ventanilla el aire fresco de la zona. Y sienta de maravilla.


Una buena idea es decantarse por Ifrane que atesora un buen puñado de posibilidades y curiosidades. Nada más llegar, uno se se frota los ojos ante lo que le rodea: anchas avenidas, una universidad de prestigio –Al Akhawayn–, lagos y parques, casas con tejados al estilo alpino… parece que nos hemos teletransportado desde el norte de África hasta un pueblo escondido en Suiza.



Para continuar con los espejismos, no muy lejos de aquí se halla la estación de esquí Michlifen. Resulta muy curioso acercarse a conocerla –incluso a esquiar si se tienen ganas– y comprobar el ambiente. El espectáculo natural es llamativo y por el camino se palpa la ilusión de la gente por la nieve, ya sea montando a caballo, arrastrando al niño con el trineo o, simplemente, paseando y tirándose bolas de nieve. Aparte del ocio y el disfrute, utilizando esta vez la mirada etnográfica, uno trata de imaginar el día a día de aquellos que no están de vacaciones y que residen aquí durante todo el año, mayoritariamente bereberes. Es la vida, por ejemplo, del joven pastor que cuida de sus ovejas o de las mujeres y la niña sujeta por un paño a la espalda de una de ellas que ves atravesar un campo helado con dos burros abriendo el camino. Otro modus vivendi dentro del rico universo marroquí.

 


Hablábamos antes de naturaleza y ya es hora de que le pongamos nombre: Parque Nacional de Ifrane. Entre sus virtudes destacan los inmensos bosques de cedros, con ejemplares de tamaños asombrosos. Los niños disfrutarán con uno de los protagonistas de la zona: el mono de Berbería (como el de Gibraltar). Pero no es el único animal, ni mucho menos. Llaman la atención, también, las aves que habitan en las abundantes zonas húmedas y lagos del entorno. De esta manera, el enclave puede ser perfectamente visitado en primavera o verano, cuando regala a los amantes del trekking caminatas muy amenas que pueden tener por excusa, por ejemplo, alcanzar tal o cual cascada.

 


Volúbilis, el legado romano

A 30 km de de Meknés, los amantes de los vestigios clásicos tienen una cita ineludible para su particular colección. Se trata de Volúbilis, el emplazamiento romano más importante de Marruecos. Siendo uno de los enclaves más remotos del Imperio, al dicho “Todos los caminos llevan a Roma” bien podríamos añadir que muchas de las calzadas terminaban aquí. El espectáculo es llamativo, tanto por las dimensiones de las ruinas –y eso que se calcula que la mitad del complejo se halla todavía soterrado– como por las vistas del entorno. Arcos, columnas y mosaicos nos hablan de una época en la que Roma mandaba y el resto acataba –más de uno, viendo el tamaño de las estancias, no pasaba penurias lejos del hogar–. De ahí que en aquellos tiempos –en torno al siglo II– las inmediaciones sufriesen una gran deforestación y que se cazasen infinidad de animales para los juegos y torneos. Situado en un cerro, los alrededores lucen ahora espléndidos. Todo el conjunto resulta magnífico para tomar unas fotos, más aún si la franja horaria elegida es la adecuada (amanecer u ocaso).

Si deseas leer la 1ª parte del reportaje puedes continuar con Fez, seguir con la Guía Práctica (hoteles, gastronomía, etc) o bien solicitar la edición impresa completa por 3,50 Euros + gastos envío.
 



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