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TENERIFE. UNA EXPERIENCIA VOLCÁNICA

 

Además de playa, que está muy bien, Tenerife ofrece a los visitantes más inquietos planes para no parar en una semana: enoturismo, rutas a pie por volcanes y barrancos, bicicleta de montaña, kayak de mar, observación de estrellas, avistamiento de cetáceos... Y para reponer fuerzas, gastronomía contundente e hipercalórica (papas, carne de fiesta, garbanzas…), como cuadra a una tierra volcánica.

Por Andrés Campos (procedente de edición impresa de Viajeros 164)

Todos los años, cinco millones de personas vienen a Tenerife a tumbarse en alguna de las playas del Sur, donde el sol luce 300 de cada 365 días y hace una temperatura media de 23 grados. La verdad es que es un plan muy apetecible. Pero todo en esta vida es mejorable, y si alguno de los contados días en que libra el astro rey, decidimos darnos una vuelta por otras zonas de la isla, descubriremos soledades lunares y bosques de cuento, fríos insospechados y lluvias horizontales, mares de nubes y cielos reventones de estrellas, platos afrodisiacos y vinos de listán que calientan más que el sol.

Las estrellas del Teide

Lo primero es subir a presentar nuestros respetos al padre Teide, tomando el teleférico que lleva hasta los 3.555 metros de La Rambleta y siguiendo luego el sendero Telesforo Bravo hasta los 3.717 metros y 98 centímetros del pico. Para esto último hay que tener el corazón sano, calzar algo más robusto que unas chanclas y solicitar un permiso con bastante antelación, porque son tres los millones de personas que visitan cada año el parque nacional y el acceso a la cima está limitado a 200 diarias. Una forma sencilla de obtener el pase es reservar en www.reservasparquesnacionales.es. Y, más fácil todavía, dejar que se ocupe la empresa de senderismo Gaiatours que ofrece el plan completo, con transporte y guías profesionales, por 42 euros.


Otro plan imprescindible, y nada caro, es pernoctar en el Parador de Las Cañadas del Teide. Quizá no sea de los mejores de la cadena, pero está en un lugar difícil de creer, al pie del majestuoso pico volcánico, rodeado de roques colorados y rodales de tajinastes penachudos. Es el único hotel en muchos kilómetros; de hecho, no hay otro en el parque nacional. Y también el único restaurante, porque la cafetería del teleférico, a efectos gastronómicos, no cuenta. A la hora de cenar, en este paraje casi sagrado, manda la tradición: vieja, puchero tinerfeño, conejo en salmorejo… Y, claro está, papas y gofio hasta decir basta. De postre, leche asada, huevos moles y… estrellas. ¿Qué estrellas? Pues los millones que pueden verse gracias a este aire seco e impoluto, procedente de las capas altas de la troposfera; a que las nubes forman un disciplinado rebaño bajo nuestros pies y a que no hay una farola en 15 kilómetros a la redonda.


Sí, el Teide es un buen lugar para ver las estrellas (el sexto mejor del mundo, según los astrónomos) y un decorado muy apropiado e inspirador, con sus paisajes marcianos y sus flores de aspecto alienígena. Astroamigos  invita a contemplar este cielo perfecto usando un telescopio grandecito, de 250 mm., con posicionamiento automático. Los participantes, ocho como máximo, han de abrigarse bien, pues las temperaturas bajo cero son frecuentes y es preferible viajar a Tenerife con un plumífero que andar por el Teide como un maquis, envuelto en una manta del hotel. La actividad cuesta 22 euros y se desarrolla en el observatorio de Izaña, a 24 kilómetros del Parador.

Caminando (o pedaleando) sobre la Luna

Bajando del parque nacional hacia Santiago del Teide, por la carretera TF-38, se bordea uno de los enclaves más bellos y estremecedores de la isla. El 18 de noviembre de 1909, el volcán Chinyero se despertó y, después de diez días de pánico, en que las lenguas de lava tuvieron con el alma en vilo a varios pueblos, volvió a dormirse dejando este paisaje lunar y un aviso de lo que puede volver a ocurrir muy pronto. Cada cien años, aproximadamente, se produce una gran erupción en la isla, y ya han pasado 103.

En 2009, para conmemorar el centenario de aquello, se puso en marcha una red de senderos de pequeño recorrido –el PR-TF 43 y tres derivaciones– que permite acercarse al Chinyero desde distintas localidades del entorno (Santiago del Teide, San José de los Llanos, Los Partidos de Franquis, La Montañeta y Garachico), atravesando abruptas coladas y fantasmagóricos campos de cenizas, pero también pinares alfombrados por las flores amarillas de los corazoncillos, donde el simple roce de las nubes bajas pone a los excursionistas hechos una sopa. A este tipo de lluvia, que no cae goteando del cielo, pero que empapa lo mismo, si no más, se la denomina horizontal.

La mejor forma de recorrer este escalofriante paraje (aparte de a pie, claro) es en bici, siguiendo la pista forestal que arranca en el kilómetro 14 de la TF-38. Mountainbike Active organiza rutas guiadas en buenas bicis de montaña por 60 euros. Y la mejor base para explorarlo es el hotel Señorío del Valle, en Santiago del Valle, una hacienda del siglo XVII donde hay una exposición permanente dedicada al Chinyero, además de un museo del vino, monumentales lagares, caballos para dar paseos y restaurante para comer platos de toda la vida: carne de fiesta (cerdo adobado), albacora (una especie de atún) con mojo rojo y papas, bienmesabe…


Un baño con cetáceos

Después de andar arriba y abajo por el Teide y el Chinyero, apetece un chapuzón. A sólo 13 kilómetros de Santiago del Teide, en Los Gigantes, uno puede bañarse con cetáceos. Así, tal como suena. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares del mundo, donde supuestamente abundan y donde lo único que al final se atisba de ellos es una aleta fugaz a un kilómetro de distancia, aquí es tan fácil verlos, que parecen puestos por el patronato de turismo. Pero no hay truco. Lo que hay, en Tenerife, es una colonia estable de calderones tropicales y delfines mulares, además de otra veintena de cetáceos que se dejan caer de vez en cuando.

Lo más pacífico es acercarse a ellos en kayak (mono o biplaza), remando junto a los paredones de 450 metros de altura del acantilado de los Gigantes. Las lapas que se aferran a estos farallones basálticos son grandes como jaboneras y las aguas tan azules que diríanse teñidas con añil. El paseo de dos horas y media cuesta 20 euros. La empresa que alquila los kayaks, El Cardón ofrece como alternativa bajar a pie hasta la costa por el abrupto barranco de Masca y luego seguir a los delfines en un barco. Esto ya sale por 42 euros.


Wine & sex & mucho más

Chapotear entre pezqueñines de cuatro toneladas (eso llega a pesar un calderón) puede parecer una experiencia excitante, pero no es nada comparado con lo que sucede en Bodegas Monje (ver guía práctica). En El Sauzal, muy cerca del aeropuerto de Tenerife Norte, se halla esta bodega de la denominación Tacoronte-Acentejo, que ya era conocida desde hacía tiempo por sus tintos de listán negro, con aromas minerales y fructuosos, frescos, llenos de vida –cual el Hollera de maceración carbónica, fragante a tierra volcánica–…, pero que ahora empieza a serlo aún más por sus veladas wine&sex, en las que los vinos se conjugan con platos de nombre tan gráfico como las nalgas de cochino negro sobre peras a la canela o el trío de chocolates con migas de calabaza y morbo de cerezas.

Además de esto, se sirven desayunos dominicales con mantequilla de berros, quesos de cabra, bizcochón de calabaza, plátanos y vinos jóvenes. Y hay talleres de mojos, exposiciones, catas... El apuesto y sanote Felipe Monje dirige con risueña maestría este circo enoturístico de tres pistas que, desde 1956, se asienta en una ladera con vistas al mar, con el Teide a la espalda y, en derredor, ancianas cepas que arrastran sus brazos sarmentosos por el suelo, como ebrias de antiquísimos magmas.

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