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TÚNEZ. TOZEUR, DESIERTO Y OASIS

 

 

 

 

 

El mar Mediterráneo se convierte en una delgada línea azul mientras me alejo hacia el interior. La vegetación va cambiando poco a poco, la temperatura comienza a subir y el aire se siente más pesado. Sfax ha sido la última ciudad donde me he apeado a comer y, ahora, de repente, estoy rodeada de pliegues montañosos y valles profundos.

 

 

Aunque en un primer momento parezca que soy la única persona sobre la faz de la Tierra, no es cierto. Al aminorar la velocidad puedo ver señales de civilización en el área de Matmata. Los bereberes han construido viviendas trogloditas ahuecando las colinas para protegerse de las altas temperaturas. Junto a la carretera solo son perceptibles algunas de sus portezuelas por aquí y por allá.

 

 

 

 

 

El paisaje montañoso continua unas horas más y se transforma en un entorno aún más árido al llegar al lago salado de Chott El Jerid. Se ha hecho casi de noche y camino por su superficie, oigo el crujido de los cristales de sal y casi puedo percibir la angustia de las plantas que sobreviven en la superficie con la sal adherida en las hojas.

 

 

 

 

Esta parada ha sido la antesala de mi codiciado destino: Tozeur. La ciudad que los romanos incorporaron como una parada en la vía que iba de Biskra a Gabès es el campamento base perfecto para conocer el paisaje desértico. El color ocre del polvo y del desierto es también el tono dominante en la población. Su trazado sinuoso y las casas construidas en ladrillo y decoradas con motivos geométricos son una invitación al paseo y al descubrimiento de placitas, calles y preciosas tiendas de artesanía. A diario, la vida transcurre tranquila en Tozeur pero durante las jornadas de mercado el trasiego de personas y mercancías la transforma en una auténtica feria de los sentidos.

 

 

 

 

Fuera de sus límites, el silencio se apodera de este territorio hostil al ser humano. Transcurren muchos kilómetros antes de que surja, como si de un espejismo se tratara, el oasis de Chebika. No le faltan las palmeras, un arroyo saltarín, una cascada y una charca que invita a refrescarse. El agua, el elemento más codiciado en este lugar donde las temperaturas sobrepasan los 45 grados, también está presente en los oasis de Tamerza y de Mides (al que se accede a través de cañón que aparece en filmes como El Paciente Inglés e Indiana Jones y el arca perdida).

 

 

 

 

El broche final de este viaje no puede ser otro que una excursión en todoterreno por el desierto donde, tras un difícil duelo con las dunas del Sáhara, se llega al decorado que Georges Lucas montó para recrear Mos Espa, el astropuerto de Tatooine donde vivió su infancia Anakin Skywalker. Un viaje de película no podría tener mejor final!

 

 

 

 

 Puedes continuar leyendo la 1ª parte de este reportaje: Túnez, ecos romano.

 

Más información en www.turismodetunez.com y en la edición impresa de la revista ViajeroS

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