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VIAJES. HUELVA. EL CONDADO FASCINANTE

 


 

 

En la comarca onubense de El Condado hay un río que podría esta en Marte, una enorme marisma en la que pastan caballos salvajes sobrevolados por flamencos rosas, viñedos y antiguos monasterios convertidos en bodegas, pueblos relucientes pintados de blanco y playas casi vírgenes que se extienden kilómetros y kilómetros.

 

 

Texto y fotos: Óscar Checa Actualizado en Nov. 2016

 

 

Un penetrante coro de invisibles chicharras ha empezado a llenar el espacio ya a mitad de la mañana. Es estridente, sí, y seguro que sobrepasa el límite de decibelios que los civilizados humanos hemos tenido que establecer para plantar cara a los ruidos de las ciudades, pero a mí no me molesta. Es señal de que el verano está aquí, y viene acompañado de luz y de brisa repleta de aromas de matorrales y pinos calentados por el sol y de campos segados. En el Condado de Huelva esos aromas se mezclan, además, con los salinos del mar cercano y de las marismas. Esta comarca onubense se llamó en otros tiempos Condado de Niebla, y tomó su nombre de la villa de Niebla, el lugar por el que voy a comenzar este viaje. 

 

 

    

 

 

El Tinto y la Roja

 

 

El puente romano por el que accedo a Niebla es uno de los elementos más antiguos de esta pequeña ciudad, en la que ya antes habitaron fenicios y tartesios. Los mismos romanos que construyeron este viaducto levantaron una muralla que después los musulmanes almohades se encargaron de ampliar y remozar, utilizando la tierra ocre, colorada, granate de los alrededores, y que acabaría dándole el apodo de Medina Al-Ham’rá, o sea, la Ciudad Roja, aunque su nombre era Lebla. La muralla de aquella ciudad roja sigue hoy en pie, con sus torres y con sus puertas (las del Embarcadero, el Agujero, el Agua, el Socorro, Sevilla y el Buey). Dentro, en el dédalo de calles de trazado completamente irregular, las casas encaladas se codean con edificios de porte regio, como la iglesia de Santa María de la Granada, que ya desde fuera uno intuye que fue mezquita, o la de San Martín, de la que solo queda el ábside gótico-mudéjar con su torre y espadaña y el lienzo de la portada. También fue mezquita, y sinagoga, y luego iglesia, pero sus muros se tiraron con el tiempo… para construir la vía de acceso directa desde la puerta del Socorro… Ahora ya no pasan coches por aquí y el lugar que ocupaban las naves sirve hoy de plaza. En fin… nada permanece para siempre… Le pasa lo mismo al Castillo de los Guzmanes que, aunque sigue en pie, se ve que vivió tiempos mejores. La visita nos muestra cómo era la vida en él y, en general, en la época medieval: las creencias y la ciencia, la cocina, la sociedad, las armas y la guerra. Por cierto, ¿sabíais que Niebla es uno de los lugares donde se cree que primero se utilizó la pólvora como elemento bélico? Fue en el siglo XIII, durante el asalto en 1262 de las tropas cristianas en la Reconquista.

Por aquel entonces hacía ya varios cientos de años que China utilizaba este polvo explosivo a base de nitrato potásico, carbón y azufre… ¡pero para elaborar fuegos artificiales! Otro tipo de armas se muestran también en las antiguas mazmorras, excavadas a dos niveles y con un entramado laberíntico: las armas de la tortura. Una exposición sobre instrumentos y métodos de tortura recuerda cómo nos las hemos gastado los hombres a lo largo de la historia (y aún hoy en día) con los que consideramos enemigos… Pero en verano, el patio del castillo conjura todo ese pasado de luchas con la celebración de un festival de teatro y danza, que este año cumple ya su edición número 32. Aunque hay un espectáculo permanente justo a las afueras de esta y otras poblaciones de la comarca: el río Tinto. Su caudal es rojo, tinto (de ahí su nombre) y su lecho adquiere coloraciones amarillas, ocres, moradas, pardas, negras y anaranjadas, debido a los minerales que arrastra de los yacimientos situados a lo largo del cauce. Y uno no se cansa de mirar y de maravillarse ante esa exhibición de delirio cromático que contiene toda la tabla periódica de los elementos, que hoy podemos explicar científicamente pero que mucho tiempo atrás sirvió para que los pueblos primitivos lo trataran con recelo, estupor y adoración, y atribuyeran orígenes divinos y sagrados a los asentamientos que establecían en sus orillas.

 

 

 

 

El pueblo de Platero

 

 

Uno de aquellos asentamientos derivaría en lo que hoy conocemos como Moguer, la ciudad a la que estoy llegando ahora, una ciudad blanca, refulgente de tanta pared encalada encendida por el sol. La luz lo inunda todo y caminar por Moguer es como estar dentro de un espejismo en el que se busca la realidad en el frescor de las sombras de las cancelas y de las calles más estrechas. El primer refugio lo encuentro en una bodega, Bodegas Sáenz, las bodegas del Diezmo Nuevo. El edificio centenario donde Antonio Sáenz elabora sus vinos pertenecía a un antiguo convento donde se recogía el diezmo, que su familia comenzó alquilando (hace seis generaciones) y que acabó comprando tras la desamortización de Mendizábal. Aquí se hizo el primer vermut con marca registrada (y se sigue haciendo, y está buenísimo) y aquí se empezó a comercializar el vino de naranja, de larga tradición en la comarca, y que con el tiempo se refinó y cambió su nombre a vino naranja, sin el “de”. Antonio tiene el espíritu innovador de sus antecesores y ha creado un vino de fresa que hay que degustar –me insiste– haciéndolo pasar por debajo de la lengua.

De estas bodegas habló Juan Ramón Jiménez, que es la figura por excelencia de Moguer. Aunque la verdad hay pocos rincones de la ciudad que el escritor dejara sin reflejar. Unos azulejos con la reproducción del texto concreto enlazan cada uno de ellos (una plaza, una bodega, un callejón, una iglesia…) con sus libros. O mejor dicho, con un libro, porque casi todas esas alusiones están en uno en concreto: Platero y yo. Y por eso hay una Ruta de Platero en Moguer y un museo al aire libre con diferentes reproducciones de los personajes que aparecen en la obra o alegorías y hasta un Pasaporte Platero que va guiando por la ciudad al visitante quien, al tiempo que la ve y aprende, puede ir acumulando puntos con los sellos que le otorga cada visita, para, al final, conseguir la edición especial conmemorativa del Centenario de la obra de Juan Ramón Jiménez que se editó en 2014. Sea como sea, lo que no se debería pasar por alto es la visita a la Casa-Museo Zenobia y Juan Ramón Jiménez, la casa donde el escritor vivió casi toda su niñez y parte de su vida adulta y que, tras la propuesta de Moguer de querer dedicarle un museo cuando le concedieron el Premio Nobel, él mismo eligió como continente de dicho museo. Es una casa de dos plantas, al más puro estilo andaluz, con zaguán, patio central cubierto con montera de cristal, otro patio exterior y corrales donde está el establo de Platero y una escultura en bronce de aquel burro pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón. Se puede visitar por libre pero si algún lugar merece una visita guiada es este.

Las guías son las propias investigadoras del Centro de Estudios Juanramonianos (que tiene aquí su sede), y saben hasta el más mínimo detalle de la vida y obra de Juan Ramón y de Zenobia, su mujer, por lo que se disfruta el doble.

 

Vuelvo a la calle, que sigue con la flama de la solanera, pero donde ahora corre una ligera brisa que debe llegar de las marismas y del mar, que está solo a unos kilómetros. Seguramente Juan Ramón Jiménez escribiría hoy de los niños que juegan al balón en la plaza de las Monjas, junto al busto de Cristóbal Colón y estrellando la pelota en los muros blancos del monasterio de Santa Clara donde el almirante se alojó buscando los apoyos de su abadesa, emparentada con Fernando el Católico, en su aventura transoceánica. Vigilando el ímpetu futbolístico de los rapaces, me acerco hasta los antiguos portalones del monasterio. La pintura de la madera y los clavos, aunque descascarillada por el sol y el viento, muestra claramente los colores: rojizos, óxidos, pardos, azulones… ¡son los mismos que los del río Tinto!

 

 

 

 

Arenales y marismas de Huelva

 

 

Desde aquí, hacia el sur y el este los pasos llevan a la confluencia del Tinto y del Odiel, a un paisaje de marismas que acaba sembrado de pinos entre dunas de arena que van a dar al mar. A un lado del río, Punta Umbría, y la espectacular playa de los Enebrales. Al otro, Mazagón y las no menos vistosas playas del Parador, de Rompeculos (¡hay que ver, el nombrecito!) y Torre del Loro. La siguiente, en dirección a El Rocío, es Cuesta Maneli, que también merece una paradita. Aquí ya estamos dentro de áreas protegidas y del entorno de Doñana, y se nota que todo es más salvaje. Poco a poco van apareciendo de nuevo las marismas, donde además de aves se distinguen las siluetas de los caballos y eso indica que nos aproximamos a El Rocío. Esta aldea, conocida por su ermita, su virgen y los peregrinos, vive por y para los caballos. Por eso sus calles no están asfaltadas, son de tierra. Aquí los niños montan a caballo en lugar de en bici, y para fardar se sale a pasear en coche de caballos y no en deportivo. La devoción por el caballo alcanza a la de la Virgen, aunque tiene, claro está, otros rituales, otros tempos, otras ceremonias. Y uno de esos rituales también está relacionado con el vino. Desde la Ruta del Vino del Condado de Huelva se ha creado un producto que aúna estos dos aspectos y con el que podemos estar un día entero en este entorno para empaparnos de ese espíritu. Pero para tener una visión más amplia y profunda es necesario visitar algún otro pueblo más, como La Palma del Condado o Bollullos Par del Condado. En este último está el Centro del Vino y algunas bodegas como Sauci o Iglesias. La primera es una de los referentes en el nuevo vino naranja y en el enoturismo de la zona, y la segunda constituye todo un universo en el que se mezcla la etnografía, el arte moderno, la atracción de lo arcano, el poder de lo sencillo y la carga espiritual de los templos primitivos. Son muchas cosas, sí, pero no puedo explicarlo de otra manera. Tal vez la única forma de entenderlo sea visitándola.

 

Reportaje completo en Viajeros 181, puedes socilitar este número o suscribirte por solo 12 euros/ año.

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