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VIAJES. TÚNEZ. ECOS ROMANOS

 

 

 

 

 

 

 

Espejismos del mar al desierto palmeras, oasis, medinas, zocos, desiertos, casas trogloditas, ruinas romanas, mar, cañones... cuando viajas por Túnez los paisajes cambian tan rápido que parecen formar parte de un sueño.

 

 

 

Texto y Fotos: Pepa García/ Revista ViajeroS nº182

 

 

 

Son las ocho de la mañana y el sol está ya muy alto. Amanece temprano en Túnez. Los rayos de sol se filtran entre las ramas de una enorme palmera dejando siluetas móviles en la pesada cortina del hotel. Tengo que dejar de lado la pereza y levantarme para aprovechar la primera jornada. Solo tengo siete días por delante para recorrer el país y conocer un poco más este pueblo que lucha desde hace años por forjar su propio futuro. Las capitales suelen ser los epicentros de cualquier movimiento y en la de Túnez, tras los actos terroristas del año pasado, se respira calma de nuevo. Una calma solo rota por el deseo de quienes viven del turismo y ven el polvo asentarse en su mercancía sin que nadie se acerque a comprar. Los comerciantes de los zocos echan de menos el regateo, el fluir de los grupos de turistas con las pupilas dilatadas ante los souvenirs. La sensación en la capital es de haberse quedado atrapada en un domingo infinito, un domingo en el que el tráfico sigue circulando alocado pero los negocios continúan somnolientos.

 

 

El laberinto de callejuelas de la medina, otrora intransitable, hoy día se muestra dócil y permite pasear y observar la artesanía, las especias, las babuchas y muchos escaparates donde las joyas lanzan destellos dorados sin mucho éxito. Los vendedores ambulantes de té, que también forman parte del ecosistema, incitan al turista a beber un mejunje donde sobresale la menta y cuyo sabor amargo se instala en las papilas desde el primer sorbo. En los bares y hoteles el té lo sirven normalmente con piñones y acompañado de unas pequeñas pastas de hojaldre, frutos secos y miel, pero a un vendedor ambulante no se le puede pedir tanto. Con un vaso de té en la mano recorro calles y callejones sin miedo, sin sobresaltos, sin las faltas de respeto que son habituales en los zocos de otros países. El silencio al caminar solo es perturbado por algún “hola, hola pepsicola” que me saca una sonrisa. Pronto aprendo que sonreír es una puerta abierta a una conversación que no siempre me apetece cuando voy abstraída en mis pensamientos.

 

 

 

 

Observar las formas y colores de las puertas, que rara vez se parecen unas a otras, es completamente adictivo. Las hay redondas, en forma de herradura, cuadradas, azules, amarillas, con zapatillas en la entrada o sin ellas, con una aldaba o con varias, con tachuelas, con una pequeña ventanita o de una sola pieza, abiertas o cerradas… existen infinitas opciones. De pronto, una joven me sorprende haciendo fotografías a la puerta de su casa. Espera pacientemente varios clics más antes de abrir con una llave gigantesca. Un segundo después de entrar, asoma la cabeza por la puerta entreabierta y me recomienda, en un perfecto francés, que visite Sidi Bou Saïd si quiero ver puertas realmente bonitas. Seguiré su consejo, sin duda.

 

 

Las viviendas de la medina tunecina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, parecen destartaladas por su fachada pero, muchas de ellas, ocultan preciosos patios y salones profusamente decorados. Tener una casa confortable y grande para recibir a los amigos y organizar comidas familiares es casi una norma para los tunecinos. Gracias a que en algunos palacetes se han instalado restaurantes puedo disfrutar y conocer algunos interiores suntuosos que, de otro modo, me hubiese resultado imposible visitar.

 

 

 

 

Resuenan ecos romanos

 

 

El murmullo de la ciudad, el ir y venir de los tunecinos en su vida diaria, va quedando atrás camino del Museo del Bardo. Una vez que traspaso el umbral del mismo no puedo evitar una exclamación de asombro. Es un espacio moderno, amplio y luminoso, muy alejado de mi idea original. Aunque ocupa un antiguo palacio las instalaciones se han adaptado a las últimas tendencias museísticas para acoger una importante colección de mosaicos romanos, las estatuas de Cartago y el único retrato conocido del poeta Virgilio, entre otras miles de piezas. Esa misma técnica que usaban los romanos para acoplar las teselas formando un complejo rompecabezas la emplean hoy día los artesanos que trabajan frente al anfiteatro de El Jem. En la visita al anfiteatro de esta ciudad permanezco un rato observando su trabajo, su minuciosidad y su calma. Trabajan en silencio. Concentrados. Frente a ellos, una magnífica construcción romana, el tercer anfiteatro más grande del mundo y el resto romano mejor conservado de África. Estos datos quizás les resulten indiferentes, siempre ha estado ahí... Sin embargo, la percepción al entrar por primera vez es sobrecogedora. El calor y el polvo forman parte del ambiente. La soledad también. Y me siento privilegiada por un momento, egoístamente privilegiada. Un privilegio que consiste en pasear casi en soledad por sus corredores, gradas y túneles. No es difícil imaginar a las fieras esperando el momento de salir o a los gladiadores sudar sangre en la lucha.

 

 

 

 

Si en el anfiteatro la historia y la imaginación campan a sus anchas en el museo de la ciudad de El Jem son los mosaicos y los vestigios de la antigua Thysdrys los que invitan a viajar en el tiempo con la imaginación. Se exponen perfectamente clasificados en un complejo donde se puede observar desde la estructura de la Casa de África, una villa romana, hasta valiosas esculturas, cerámicas y mosaicos.

 

 

 

 

En Susa, a unos 80 km, los restos romanos son más escasos, pero el turista no acude por ellos sino por sus resorts y las playas de arena dorada. Si durante el día el mar atrae como un imán, por la tarde es su medina la que subyuga a los turistas. Los veo deambular por las callejuelas, curiosear en las tiendas de cerámica y subir a las torres del ribat. Desde esta fortaleza se divisa la mezquita, con sus galerías y arcadas, y los tejados de la ciudad antigua. El ambiente a pie de calle me recuerda mucho al de cualquier pueblo costero andaluz, con sus casas blancas, arriates, niños jugando a la pelota en la calle y vecinos sentados en la puerta de su casa. Uno de ellos se coloca con coquetería una rama de jazmín en la oreja, un gesto que, según me cuentan más tarde, es un símbolo de virilidad, en contra de lo que podría parecer. Si se sitúa en la oreja izquierda indica soltería, además.

 

 

 

 

Sidi Bou Saïd, mirando el mar

 

 

Ya me habían hablado de Sidi Bou Saïd, una población situada a menos de media hora de la capital. Habían alabado sus tonos azules y blancos, su belleza y su ambiente en verano. Sin embargo, a esta descripción le faltaban sensaciones como la de sentirte cegado por la luz que se refleja en las fachadas inmaculadas; imágenes, como las de las sombras de las celosías moriscas en las paredes; los aromas de jazmín; y el color de las buganvillas invadiendo rincones imposibles. Evidentemente, sus puertas y ventanas azules fueron presa fácil de mi objetivo. Su profundo color índigo se asemeja al del Mediterráneo, un mar que se muestra sin remilgos desde los miradores y los cafés situados en las azoteas. La atracción que esta población ha suscitado en artistas de todo el mundo solo la llego a comprender tras pasar algunos días transitando sus calles, adaptándome a una cadencia que me recuerda a la de las islas y disfrutando con su ritmo pausado…

 

 


 

 

El mar Mediterráneo se convierte en una delgada línea azul mientras me alejo hacia el interior... CONTINÚA LEYENDO: TOZEUR, DESIERTO Y OASIS

 

 

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