Textos y fotos Andrés Campos
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EGIPTO. El Nilo conductor

Poco a poco, Egipto va recuperando el pulso turístico, tras el colapso provocado por las revueltas de la primavera árabe de 2011, incorporando novedades, como el Museo del Cocodrilo o el tercer coloso de Memnón. Pero la propuesta estrella, el clásico que no cansa, sigue siendo el crucero por el Nilo. Preparen la chilaba para el fin de fiesta, un fajo de billetes para las propinas y déjense llevar.


Hay viajeros a los que no les convencen los cruceros. Desplazarse con miles o decenas de miles de personas en una ciudad flotante en la que hay que hacer largas colas para todo, mientras en lontananza se otean vastas tierras a las que apenas puede hincárseles el diente, les resulta frustrante. Pero no todos los viajeros son iguales, ni tampoco los cruceros. Las tres veces que hemos estado en Egipto, el obligado crucero por el Nilo (de Asuán a Luxor o viceversa) nos ha parecido muy bien. Los barcos recuerdan más a los viejos vapores del Misisipi que a un rascacielos de Benidorm y nunca hemos encontrado un atasco en el bufé que nos haya hecho desistir de repetir tres veces cuando hay algún plato con berenjenas.

La superficie del Nilo es como una tabla (luego nadie se marea) y las escalas no son nada estresantes: no hay que visitar Roma en una mañana ni nada por el estilo. Verdad que se pasa un poco de vergüenza bailando la última noche una conga con la cabeza vendada (porque turbante, eso que nos ha hecho el camarero a todo correr, no es), pero también es cierto que no hay mejor manera de ver Egipto, más hipnotizadora y placentera, que tomando una cerveza helada en la cubierta, junto a la piscina, mientras pasan lentamente las palmeras, las vacas escuálidas, las falúas, las garzas de perfil interrogante, los pescadores, los carros cargados de caña de azúcar, las mezquitas, los burros tristes, los otros barcos, los atardeceres… Por cierto, conviene pedir una cubitera con hielo, porque aquí las cervezas, muy frías, no las sirven.


No, no se hallará un medio más adecuado para recorrer este país-río. Porque eso es Egipto: mil kilómetros largos de Nilo, cinco de verdor a cada lado y desierto hasta donde alcanza la imaginación. A diferencia de lo que ocurre en otros cruceros, uno no se está perdiendo nada mientras navega, porque no hay nada más allá de lo que ve. Bueno, hay oasis y hay templos hasta en mitad del Gran Mar de Arena (bonito nombre), porque 5.000 años de historia dan para construir muchos, pero las grandes ciudades y los monumentos que interesan, los que cualquiera quiere ver al menos una vez en la vida, no andan lejos del Nilo. No hay que hacer nada. Solo dejarse llevar. A ser posible, río abajo; es decir, de Asuán a Luxor. Y luego, saltar en avión a El Cairo. Tiene su lógica este orden, porque es seguir el curso natural, el del río, y porque hay un crescendo monumental que culmina con el tutti de las pirámides. Si se reserva el viaje al revés, también está bien, pero hacerlo mejor es gratis, como lo de la cubitera.

Los atardeceres perfectos del Old Cataract

En Asúan, antes de zarpar, hay que ver unas cuantas cosas: el Obelisco Inacabado, que iba a ser la piedra labrada más grande del mundo hasta que, ¡ay!, se resquebrajó en la cantera (al encargado le debió de caer un chaparrón fino); la isla Elefantina y su Nilómetro, el medidor oficial de las crecidas anuales del río, vitales para los agricultores y para el faraón que los ordeñaba; el templo de Philae, el último en ser rescatado por la Unesco de las aguas de la presa de Asuán, cuando estas ya se habían comido la pintura de las paredes; el museo de Nubia, las tumbas de los Nobles, el mausoleo de Aga Khan, el zoco… Y, por supuesto, el gran clásico vespertino: el hotel Old Cataract, famoso por haber escrito aquí Agatha Christie Muerte en el Nilo y por las puestas de sol que se contemplan desde sus terrazas ribereñas, unos crepúsculos perfectos de arenas doradas, palmeras, islas, ruinas, aguas de color añil y falúas de velas radiantes; las mismas falúas en que habremos llegado navegando a este legendario hotel, asediados por las canoas de fabricación casera de chavales que visten la camiseta de la selección española y cantan con bastante estilo (para ser nubios) el Porompompero, otro clásico.


También clásica, es la excursión de Asuán a Abu Simbel para ver otros dos templos rescatados de las aguas: el de Ramsés II y el de Nefertari. En avión es cara y en autobús se puede hacer pesada. Levantarse a las tres de la mañana para recorrer 300 kilómetros de desierto (y otros tantos de vuelta) en un convoy custodiado por la policía quizá sea menos interesante y productivo que quedarse en Asuán y dedicar la jornada a visitar con calma dos o tres de los lugares antedichos.

Kom Ombo: un templo que vale por dos

Además, será por templos en Egipto… Solo el primer día de navegación se visitan dos espectaculares: en Kom Ombo y en Edfu. En realidad, tres, porque el de Kom Ombo es doble, con una parte consagrada a Haroeris, Horus el viejo, y otra a Sobek, el dios cocodrilo. Como gran novedad, en un país donde los turistas llevan viendo lo mismo desde hace un siglo, este año se ha inaugurado junto al templo un Museo del Cocodrilo, pequeño pero muy bien montado, con orden y gusto (algo aún más novedoso), donde pueden verse ejemplares momificados de hasta cinco metros de longitud. Los antiguos egipcios no sólo rendían culto a este inquietante reptil (Sobek era el dios de la fertilidad, el que había producido el Nilo con su sudor, bastante copioso, por lo que se ve), sino que, según Herodoto, lo tenían como animal doméstico. ¡Pitas, pitas!

Consagrado a Horus, el dios halcón, el templo de Edfu es el monumento que más honda impresión nos ha causado cada vez que hemos viajado a Egipto, más incluso que (¡oh, sacrilegio!) las pirámides de Giza. Quizá la razón sea que hasta 1860 estuvo enterrado bajo 12 metros de arena y lodo, no asomando más que la coronación de sus colosales pilonos, y se conserva casi, casi como en el año 391 de nuestra era, cuando el último sacerdote pagano salió y los cafres de los cristianos se dedicaron a mutilar los bellos rostros de los viejos dioses. Dos detalles hacen que nos resulte particularmente simpático: los muchos gatos que pululan en el patio, adoptando poses dignas de la diosa Bastet, y el hecho de que sea costumbre acercase a él en calesa: no el cursi vehículo que conocemos por tal nombre en Europa, sino el destartalado modelo egipcio que infringe todas las normas de tráfico, de la elegancia y del sentido común.

Columnas gigantes y pirámides

Otro lugar que nos impresiona es la sala hipóstila de Karnak, en Luxor, la antigua Tebas. Paseando por este espeso bosque de columnas mastodónticas, algunas de hasta 23 metros de altura y 15 de circunferencia, nos sentimos disminuidos, insignificantes, que sin duda es como querían los sacerdotes que se sintieran los nobles, los altos funcionarios y los escribas que tenían acceso a esta parte del templo. Eran unos maestros de la arquitectura intimidatoria, como los soviéticos. En cambio, no nos ha impresionado demasiado otra novedad de este año: el tercer coloso de Memnón, que desde marzo puede verse junto a sus dos famosos hermanos en la ribera occidental de Luxor, camino del valle de los Reyes y del templo aterrazado de Hatchepshut.


Pero las impresiones, por definición, son subjetivas. Muchos visitantes primerizos no pueden contener las lágrimas al pisar la meseta de Giza. Otros, en cambio, no pueden reprimir un mohín de decepción. Vienen de haber visto las vastas mezquitas de Alabastro y del sultán Hassán, el bazar inagotable de Khan el Khalili, el casi infinito Museo Egipcio, el hormiguero de El Cairo con sus atascos de 24 horas… y las pirámides les parecen grandes, sí, pero no tanto. Quizá les ayudaría a emocionarse el considerar que, además de un enorme montón de piedras apiladas no se sabe cómo, son un enorme montón de tiempo. Cuando Herodoto las visitó, a mediados del siglo V antes de Cristo, habían pasado ya más de 2.000 años desde que fueron construidas y ni siquiera había comenzado a levantarse el Partenón de Atenas. También influye la hora a la que se contemplan, pues el fiero sol de estas latitudes todo lo aplana, mientras que las sombras crepusculares proporcionan misterio y volumen. En teoría, los mejores momentos para verlas serían al rayar y al ponerse el sol. Pero en la práctica, los horarios cambiantes del astro rey y del recinto monumental impiden que nadie pueda disfrutar de esos precisos y preciosos instantes. Créannos: el 99 por ciento de las imágenes que se ven de mágicos atardeceres en las pirámides son puro Photoshop.

 

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