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PARÍS. Cita a medianoche (1ª parte)

Como bien ilustra la última película de Woody Allen, cuando los relojes dan las doce de la noche, París se transforma y puede pasar cualquier cosa. ¿Nos encontraremos nosotros también con Gertrude Stein, Picasso, Hemingway y Scott Fitzgerald? ¿Podremos ver a Joséphine Baker bailar en alguno de los cafés de la ciudad? Sólo hay una forma de averiguarlo... volviendo a París

Como bien ilustra la última película de Woody Allen, cuando los relojes dan las doce de la noche, París se transforma y puede pasar cualquier cosa. ¿Nos encontraremos nosotros también con Gertrude Stein, Picasso, Hemingway y Scott Fitzgerald? ¿Podremos ver a Joséphine Baker bailar en alguno de los cafés de la ciudad? Sólo hay una forma de averiguarlo... volviendo a París

Por Oscar Checa (revista Viajeros)

 

Flores y plantas gigantes parecen crecer desde la cama en la que, a primera hora del día, sigo remoloneando. Con los ojos medio abiertos distingo pájaros exóticos, edificios fantásticos y personajes disimulados entre la vegetación. Me he despertado en el Jardín Divino. No. Ni sigo dormido ni anoche tomé nada raro. Así es como se llama una de las habitaciones del hotel Notre Dame. Estoy en París y este ambiente campestre es, en realidad, la decoración de esta estancia, diseñada, como las otras 26, por Christian Lacroix. Es una mezcla de barroquismo y arte medieval multicolor, con la que el modisto francés quería que la gente soñara, se sintiera “ailleurs”, en otro lugar. Y puede estar seguro de que lo ha conseguido. Pero esta habitación tiene además otro secreto: al correr las cortinas aparece frente a nosotros la catedral de Notre Dame a tan sólo unas decenas de metros. Es una vista majestuosa que se prolonga durante el desayuno, un piso más abajo, en un salón repleto de luz donde los desbordantes tapices de las paredes y los sillones de terciopelo con estampados de todos los colores llenan de energía a cualquiera. Estoy preparado para comenzar el día.

Por la mañana es "beautiful"

Imitando discretamente con mi silbido el clarinete de Sydney Bechet (la banda sonora de la película de Woody Allen), me echo a la calle a recorrer los rincones de esta ciudad, esperando a que llegue la medianoche y ver si se produce algo parecido a lo que sucede en el último film del director neoyorquino.

El sol está jugando hoy al escondite y se deja ver a ratos, reflejando sus rayos matutinos en el agua del Sena. Son los mismos rayos que intentan calentar la piedra blanca y gótica de la catedral, preparada, una jornada más, para recibir a los 40.000 visitantes que diariamente pasan por aquí. Pero de momento, París está tranquilo. Merece la pena madrugar y descubrir esta faceta sosegada. En los bares y brasseries preparan las mesas de las terrazas y sirven los primeros cafés au lait, croissants y pains au chocolat del día. Las panaderías también están ya abiertas y en el aire flota un aroma de lo más placentero. Estoy adentrándome en Le Marais, uno de los barrios más hermosos de París, jalonado de palacetes y donde se conservan calles y edificios medievales. Hasta el siglo XII fue una zona pantanosa, inundada con las crecidas del Sena. Después se instalaron las instituciones religiosas (monjes y caballeros templarios), luego la comunidad judía y más tarde los señores y los nobles, que se construían aquí sus casas de campo. Con el tiempo, las vendieron a ricos burgueses y comerciantes y esta zona se convirtió en un barrio de artesanos, ocupado poco a poco por las clases populares. Todo ese pasado se puede ver hoy paseando entre sus calles, donde restaurantes, bares, cafés, enotecas, librerías, tiendas de todo tipo, floristerías o galerías de arte hacen de él uno de los lugares preferidos por los parisinos.

En este distrito se ha instalado recientemente uno de los pasteleros-chocolateros más reputados de la ciudad: Jacques Genin. La Chocolatería de este perfeccionista que sirve sus elaboraciones a decenas de hoteles de lujo y restaurantes con estrella Michelin ocupa las dependencias de una antigua rosaleda. El espacio se ha transformado, por supuesto, y ahora alberga la tienda, un salón de té y el taller-cocina, que se puede visitar algunos días, cuando no hay muchas prisas. El chocolate, junto al caramelo, es su especialidad pero también borda los pasteles tradicionales (éclair au chocolat o caramel, tarta de limón, flan de pastelero, paris-brest...) que son los únicos que salen de su obrador, y varias veces al día para ofrecer siempre productos frescos y recién hechos. Vamos, un lujo que, además, no es caro, así que, como ya han pasado unas horas desde que desayuné, decido tomar un pequeño tentempié (un chocolate caliente, por supuesto) antes de dejar este barrio y acercarme por el de Ópera.



Poco después, aquí estoy, frente al Palais Garnier, es decir, la Ópera de Paris. Cuando se inauguró, en 1875, la gente comenzó a llamarlo palacio por la suntuosidad de sus salas, pero nunca fue tal. Siempre fue eso, la Ópera, un lugar que, en una época en la que no se viajaba mucho, ni había revistas ni televisión, suponía la manera más increíble de evasión. Además era un enclave social: aquí se venía para ver y para ser visto, por lo que todo, desde la sala de espectáculos hasta los espacios de recreo y pausa fueron pensados con esa finalidad. Los palcos y logdes se preferían ante las butacas de la platea; la gran escalera de entrada tiene pequeños balcones donde se apostaban dames y seigneurs que, además, solían estar abonados. Eran tiempos en los que, gracias a la revolución industrial, la burguesía se había hecho rica, estaba feliz de serlo y más aún de mostrarlo. Mucho ha llovido desde entonces y, aunque todavía habrá quién vaya a la Ópera con aquel espíritu, hoy se acude por el simple placer del disfrute artístico. Eso sí, hay que tener en cuenta que en este edificio se programan los ballets, mientras que las óperas se suelen representar en la Ópera Bastille, más grande y moderna.

Esta es la 1ª parte del reportaje: Puedes continuar en París por la tarde tiene encanto y Por la noche es fascinante.

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