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PARÍS. Por la tarde (2ª parte)

Como llevo todo el día caminando, he decidido que mi último paseo de la tarde lo haré de manera distinta: en un 2CV, el mítico coche de Citroën que no puede ser más francés. Clémence, mi conductora, está ya esperando en la plaza de la Concorde, junto a la salida del Jardín des Tuileries. Pues nada, ¡allá vamos!

Por la tarde tiene encanto

En este mismo barrio de los grandes bulevares todavía persisten los antiguos pasajes y galerías cubiertas, unos lugares que permitían ir de unas calles a otras sin sufrir las inclemencias del tiempo y donde la gente también iba a ver y ser vista. Los primeros se construyeron a finales del siglo XVIII pero su época de esplendor fue la siguiente centuria, cuando se convirtieron en lugar asiduo para la clase pudiente. Acudía a ellos para pasearse y atraída por todos los tipos de comercios que se instalaron aquí, donde se podía comprar tranquilamente y sin ensuciarse, pues en esta época todavía no existían ni las aceras ni las alcantarillas, por lo que podemos imaginar el estado de las calles...

Estos pasajes son uno de los sitios menos conocidos de París y todavía conservan bastante autenticidad. Se convierten en el lugar perfecto, por ejemplo, para ir a comer. Cualquier bistrot o pequeño restaurante del pasaje des Panoramas nos hará sentir como verdaderos parisinos, aunque también nos encontraremos con alguna pizzería y otros espacios anacrónicos. Esta galería se construyó en 1800 y tuvo mucho éxito porque mezclaba el ambiente burgués de las galerías de madera que había junto al Palacio Real y el más popular que se encontraba en los boulevards. Como anécdota curiosa, de esas que gustan por igual a turistas, residentes, paseantes e intelectuales, fue el primer lugar público de la ciudad equipado con iluminación de lámparas de gas. Aquí podremos encontrar una de las imprentas más antiguas de París, Stern. Y cerca de ella, una tienda de objetos verdaderamente únicos y sorprendentes, casi todos relacionados con el mundo de los juguetes antiguos, con el divertido nombre de Tombées du camion

En otro pasillo me llama la atención la vitrina de luz tenue de un local en cuya fachada se lee Hemingbird. Es un atelier-boutique donde Cosette Dion, chilena afincada en Francia, ha recuperado un oficio perdido: cartonnière, o lo que es lo mismo, creador de cajas de cartón y papel. Estos objetos tienen toda una historia, pues nacieron con la industria de la seda, ya que era el único envase donde se podía conservar en las condiciones requeridas; y poco a poco las adoptaron los perfumistas, que encontraban que estas cajitas eran lo más elegante y delicado para guardar sus creaciones. Podemos pasar por otras galerías, cada una diferente, como el pasaje Verdeau, con sus librerías y galerías de artistas; el pasaje du Grand-Cerf y sus tiendas de artesanos de moda; la galería Colbert, que fue comprada por la Biblioteca Nacional y ahora aquí tienen lugar las clases del Instituto Nacional de Historia y del Arte, de la Universidad de la Sorbona; o la galería Vivienne, una de las más glamurosas desde el momento mismo en que se abrió.


Al salir de este curioso laberinto veo que el sol ha hecho acto de presencia y decido aprovecharlo caminando de nuevo hacia Le Marais. Se me ha antojado un té y tiene que ser en la tienda de Mariage Frères, un salón de té donde se ha recreado el ambiente colonial y donde lo preparan de manera exquisita. Los olores, la luz y la puesta en escena de la boutique te hacen sentir en otro lugar. En este momento, lo más importante es el ritual, la voluptuosidad con la que el agua infusionada cae por el cuello de la tetera y esparce todo su perfume al llegar a la taza. Hay que saber disfrutar de estas pequeñas cosas... Las tazas y los aromas vuelven a presentarse en la calle Saint Honoré, mientras camino hacia la plaza de la Concorde. La fachada azul me ha llamado la atención y al pasar, he descubierto la tienda de los perfumes Penhaligon's, un lugar de lujosas y elegantes fragancias.


Como llevo todo el día caminando, he decidido que mi último paseo de la tarde lo haré de manera distinta: en un 2CV, el mítico coche de Citroën que no puede ser más francés. Clémence, mi conductora, está ya esperando en la plaza de la Concorde, junto a la salida del Jardín des Tuileries. Pues nada, ¡allá vamos! Y mientras ella me va contando anécdotas de los lugares por donde pasamos (Campos Elíseos, Arco de Triunfo, Trocadero, Torre Eiffel, las orillas del río Sena...) yo voy observando, curioso, todos los detalles de esta reliquia que sigue rodando, junto a los otros 33 coches de 4 Roues sous 1 parapluie, que es como se llama la empresa que hace estos divertidos recorridos. El nombre viene del origen del 2CV, que debía ser un vehículo para el campo “que ofreciera suficiente espacio para dos agricultores sin necesidad de quitarse el sombrero (de ahí el techo alto y curvo), un saco de 50 kilos de patatas o un pequeño barril y que sea capaz de alcanzar 60 kilómetros por hora y consumir, como mucho, 3 litros de combustible". Con estas premisas, el primer prototipo tenía un llamativo aspecto y se le llamó de forma irónica “paraguas con 4 ruedas”. Y así dejo pasar la tarde mientras me imagino en una película en blanco y negro y con música algo acelerada, con eco y susurro de gramófono.
 

Esta es la 2ª parte del reportaje: Puedes regresar a París por la mañana (1ªparte) o continuar leyendo la última parte: Por la noche es fascinante. Todos los datos prácticos los encontrarás en este enlace Guía Práctica de París

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