Textos y fotos Andrés Campos
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CÁCERES. Sierra de Gata. Rutas por la Galicia de Extremadura

Esta desconocida sierra del noroeste de Cáceres, fronteriza con Portugal, posee una lengua propia, el mayor castañar de Extremadura y un aceite de primera. Hay agua a raudales y pueblos que parecen de latitudes mucho más norteñas. Un viejo molino de aceite convertido en museo y una almazara ecológica. Senderos para perderse por el monte y bodegas para beber entre amigos el vino de pitarra.

DESPISTA AL MÁS ORIENTADO


Si alguien que no ha estado nunca en la sierra de Gata amanece sin saber cómo (a veces pasa) en San Martín de Trevejo, creerá encontrarse en algún lugar de Asturias, de Galicia o del norte de Portugal. Desde luego, no en Extremadura. Para empezar, aquí hablan distinto. Al casco antiguo, le dicen cascu antigu; al queso, quesu y al vino, viñu. Casi todo, acabado en “u”, como en bable o en rumano. Incluso los letreros de las calles están escritos así. Lo más probable es que ese alguien no haya oído hablar en su vida de la fala, y no se le puede reprochar, porque es una lengua que sólo se utiliza en tres pueblos (San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno) y que nadie sabe a ciencia cierta de dónde viene: del gallego, del portugués, del asturleonés o del mozárabe. Una lengua que, en realidad, son tres, pues en cada lugar se maneja un dialecto de la misma: en Valverde, el valverdeiru; en Eljas, el lagarteiru, y en San Martín, el sanmartiñegu o mañegu. Esto de que cada quisque tenga su idioma es una cosa muy española y, digan lo que digan algunos, una gran riqueza. Más vale tener, que no desear.


Otra cosa que despista, que no cuadra con el estereotipo extremeño, es la abundancia de agua. Agua del Árrago, del Tralgas, de la riveras de Gata, de Acebo y Trevejana, del Erjas y de muchos otros ríos y arroyos que corren por los barrancos de la sierra en busca del Alagón. Agua que, en San Martín, desborda los pilones de las fuentes y corre a raudales por medio de las calles, con alegría tropical. Además, las casas de San Martín, más que de pastores y labriegos, diríase que son de hidalgos montañeses: blasonadas, de sillares bien labrados y con amplios lagares subterráneos donde se elabora el vino de pitarra. La verdad es que en San Martín, y en toda la sierra de Gata, la vida parece cualquier cosa menos extrema y dura, y uno ha de hacer bien poco (saludar y sonreír) para que lo inviten a una de esas bodegas familiares donde, bebiendo vino artesano, comiendo queso de cabra retinta y mojando pan en aceite de manzanilla cacereña, se está en el mejor lugar del mundo, aunque no se sepa muy bien dónde se está.
 


EL MAYOR CASTAÑAR DE EXTREMADURA


Antes de ponerse las botas en una bodega o en un restaurante, hay que calzárselas literalmente para abrir el apetito caminando por la Ruta de A Fala, un sendero de pequeño recorrido (PR-CC-184) muy ameno y sencillo, bien señalizado con letreros y trazos de pintura blanca y amarilla, que une los tres pueblos donde, con ligeras variantes, se habla dicha lengua. Se puede hacer el recorrido entero (de 15 kilómetros y unas 5 horas de duración), pero lo habitual y lo que de verdad apetece es andar sólo el primer tramo, el más atractivo, que lleva en un par de horas desde San Martín de Trevejo hasta el puerto de Santa Clara, siguiendo la calzada romana que atraviesa el castañar de los Ojestos, el más extenso de Extremadura. Más alicientes (culturales, históricos, botánicos… y también faunísticos, porque pueblan estos montes más de 200 vertebrados, incluido el lobo) no se le pueden pedir a un camino.

Al final de la calli do Portu, o calle del Puerto, junto a la fuente del Pilón das Hortas, se descubre la calzada romana, que sube empinadísima y zigzagueante entre huertos de frutales, viñas y olivos, ofreciendo vistas cada vez más aéreas del pueblo. Tras dejar a la izquierda un prado de égloga, el camino, ya más llano, se adentra en el espeso castañar, donde, como a una hora del inicio, aparecen los Abuelos, dos árboles tremendos, inmunes al hacha y al rayo, al chancro y al pirómano. Media hora después se cruza el río de la Vega, que en primavera y otoño forma unas buenas cascadas. Y en otra media se llega al puerto de Santa Clara, un balcón florido de carquesas y cantuesos desde el que se ve, como lo ven las águilas reales, el val de Xálima, el verde valle donde se habla el valverdeiru, el lagarteiru y el mañegu... Y el castehanu, claru.

 


ATARDECER EN EL CASTILLO DE TREVEJO



Si se quieren más vistas, otro día, o el mismo, habrá que dirigirse en coche a Trevejo (así, Trevejo a secas), que dista doce kilómetros de San Martín de Trevejo yendo por la carretera de Villamiel. Trevejo es otro bonito lugar de la sierra de Gata, un pueblecito de casas de roca elemental que se apeñusca cual castro celta en una cresta granítica junto a las ruinas de un castillo del siglo XV: el sitio perfecto para subir al atardecer, cuando el sol pinta de oro los muros resquebrajados de la fortaleza (cuya romántica ruina hay que agradecer a los franceses, que la reventaron durante la guerra de Independencia), y dejar volar la mirada sobre el val de Xálima hasta más allá de la raya portuguesa.


Tampoco es una localidad fea, ni mucho menos, Hoyos, la que fue residencia estival de los nobles y los obispos de Coria, como se encargan de recordar sus pétreas mansiones con portadas de medio punto, escudos y ventanas geminadas. Una de ellas es la sede del consejo regulador de la Denominación de Origen Gata-Hurdes, cuyo ámbito de protección abarca 84 municipios del norte de Extremadura en los que se cultiva la manzanilla cacereña, una variedad de aceituna autóctona de la sierra de Gata y de las Hurdes que se recoge a mano para dañarla lo menos posible y obtener un aceite de calidad suprema, apreciado por su color amarillo oro, su intenso aroma afrutado, su sabor equilibrado entre amargos y picantes y su gran estabilidad. Apreciado por los nativos y los expertos, porque el rendimiento de esta aceituna es tan bajo (13 litros por cada cien kilos), que no da para conocimientos masivos. En el Alcampo no se vende, vaya.


 


ROBLEDILLO Y SU MOLINO DE ACEITE



Para ahondar en el tema del aceite, hay que ir a Robledillo de Gata, que es un pueblo encantador, el más bello, norteño y serrano (valga la redundancia) de la sierra, y tiene un museo dedicado al oro líquido. Por Robledillo pasa brincando el Árrago, río que en su día llegó a mover hasta cuatro molinos de aceite, señal de que antiguamente molía más gente que los actuales 106 vecinos (en el siglo XVII llegaron a ser más de 800). Más de mil años, como algunos de los olivos que salpican el término, puede que tenga el molino del Medio, que funcionó hasta el invierno de 1975 y que hoy, rehabilitado como museo, mantiene vivo el recuerdo de las viejas moliendas. En él puede verse desde la caudera o caño por donde entraba la corriente hasta las tinajas en que se separaba por decantación el aceite del alpechín, pasando por la rueda de cazoletas, el alfarje con la piedra de moler y la prensa hidráulica donde la masa triturada se exprimía dos veces, una en frío y otra echándole agua hirviendo. Como se aprecia en las fotos del museo, esta última operación saturaba el lóbrego recinto de un vapor oleoso que lo impregnaba todo, haciendo innecesario el uso de lubricante para las máquinas... y de brillantina para el cabello. Por cierto que, para los que cuidan su aspecto, en la tienda del museo hay, junto a cientos de botellas doradas y lustrosos chorizos, un surtido de jabones, lociones hidratantes y cremas antiarrugas elaboradas con aceite de la sierra.


El museo es muy interesante, desde luego, pero lo es más su propietario, Julio Rodríguez-Calvarro, que ha invertido buena parte de su sueldo de médico rural en restaurar el molino que arrulló los sueños de su niñez con el runrún de la muela (¡a las cinco de la madrugada empezaba aquel entrañable terremoto!). Enamorado del aceite y de todo lo de su pueblo, Julio acompaña a los visitantes, después de enseñarles el molino, a la calle de atrás, donde alguien tiró hace siglos la gigantesca pesa granítica de una prensa de viga acarreada sólo Dios sabe desde dónde (en Robledillo no hay granito) y que hoy podría exponerse en cualquier museo de arte moderno.

Luego los lleva a lo más alto del pueblo para mostrarles el laberinto cuestudo de pizarra, madera y adobe, salpicado de fuentes y cascadas, que es Robledillo. Y finalmente los guía a lo más profundo, por pasadizos y escaleras, hasta las bodegas de amigos y vecinos. Pimplando en estos frescos sótanos el vino de Robledillo (“el emperador de los vinos, / el vino del emperador”, como se decía cuando lo consumía Carlos V en su retiro cacereño de Yuste), se les pasan las horas sin darse cuenta, hasta que se les hace la de comer. Julio recuerda que era costumbre, al acabar la molienda a principios de primavera, que los socios que compartían la propiedad del molino se zamparan un chivo de 20 kilos. Justo en ese momento, como si allá arriba hubieran oído a Julio y leído el pensamiento de todos los presentes, les llegan los efluvios de la caldereta de cabrito que están cocinando en Casa Manadero.

 


Este reportaje forma parte de la edición impresa de ViajeroS nº 172

 

A pesar de ser uno de los productos más valorados y representativos de la gastronomía española, del jamón se siguen desconociendo muchas facetas, como la diferencia entre uno serrano y otro ibérico, por ejemplo, o aspectos más prácticos como la manera de cortarlo bien o la forma adecuada y correcta de conservarlo.

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