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ASTURIAS. DE FUEGO Y AGUA

 

 

 

Es una de las zonas menos conocidas de Asturias pero tal vez sea una de las más singulares. Escondida entre montañas, la comarca de Oscos-Eo ha convertido en atractivo turístico los cuatro elementos de la naturaleza: agua, tierra, fuego y aire...   

 

Por Óscar Checa (Viajeros edición impresa 185)

 

Con cada tirón de la palanca que hay junto al regazal un chorro de aire a presión aviva el fuego, lo espolea, y las llamas crecen, iluminando la penumbra de la ferrería, las paredes de piedra negra por el humo acumulado de siglos. Chispas y pavesas salen despedidas dibujando delgadas serpentinas naranjas. Víctor saca la barra de hierro incandescente y la lleva al mazo que comienza a golpearla descargando la fuerza de sus ciento cuarenta kilos accionados por la fuerza del agua, con un sonido sordo, de madera pesada y bloque férreo amortiguado por el suelo de tierra. La barra se aplana, se estira. De nuevo al fuego, a las llamas, y luego al yunque. Ahora el sonido es más agudo, de metal contra metal… hipnótico… Es el trabajo en el mazo de Mazonovo, en la comarca de Oscos. Víctor es de Málaga y lleva aquí poco más de un año. Fritz le ha enseñado el oficio, los secretos de una profesión ancestral, artesanal, que ya solo desarrollan apasionados como él, un austriaco de las montañas del Tirol, descendiente de familia de herreros (él es la octava generación) y que, después de trabajar en fraguas de Galicia, vino a Asturias a hacer un curso de navajas en Taramundi, descubrió la antigua ferrería de Mazonovo, en Santa Eulalia de Oscos, y… aquí se quedó, de maestro ferreiro. Tienen trabajo, aunque nada comparado a lo que era este lugar antes, hace décadas, siglos, cuando todas las herramientas del campo, los clavos, los utensilios de cocina… se elaboraban aquí y en otras ferrerías similares. 

 

 

 

Ferrerías y mazos

La comarca de Oscos-Eo, la más al oeste de Asturias, estaba repleta de ferrerías y mazos. En las primeras se transformaba el mineral bruto en lingotes o bolas; en los segundos se laminaba para hacer utensilios. Y todo funcionaba con la fuerza del agua. Los dos elementos, agua y fuego, eran complementarios, caprichosamente inseparables. Estas ferrerías hidráulicas llegaron aquí en el siglo XVII con los vascos, con unas familias vascas que controlaban la economía del hierro y que buscaban no tanto la materia prima como otro integrante esencial en el proceso: la madera. Las ferrerías funcionaban con carbón vegetal y los árboles de los bosques de esta parte de Asturias (castaño, roble, uz –una especie de brezo–) eran los adecuados para elaborarlo. Claro que se talaron tantos que se deforestaron áreas inmensas… También había ríos para aprovechar la fuerza del agua, así que solo quedaba construir los ingenios. Aunque aquí también había pequeñas explotaciones mineras, el hierro se traía normalmente de tierras vascas. Así lo hacían, por ejemplo, en la herrería que fundaron los monjes del monasterio de Santa María de Villanueva de Oscos. Restaurado hace unos años, lo que queda de este cenobio da cuenta de la importancia que llegó a tener. Hoy, lo más reseñable y singular es la iglesia románica, con techumbre de madera, un desplome bastante apreciable de una de sus naves y la bóveda de cuarto de esfera del ábside que dan un dramatismo heroico a este antiguo templo. La forma de la bóveda del ábside es la misma que se utilizaba para construir los hornos en el siglo XII, de donde le viene también el nombre de bóveda de horno.

 

Cascada Seimeira © Juanjo Arroyo

 

Otro de los atractivos de Villanueva de Oscos es el Ecomuseo del Pan, un centro (con horno incluido, claro está, en el que Elena cuece pan durante las visitas) donde se muestra todo el proceso de elaboración del pan, desde que se prepara la tierra y se planta el cereal hasta que se recolecta, se muele y se convierte en harina para hacer pan. Está en Santa Eufemia, una aldea de Villanueva y es una manera más de acercarse al modo de vida tradicional de esta comarca, un modo de vida ya casi desaparecido que se nos presenta tan laborioso y penoso como idílico y romántico. El hórreo con los arcones donde se guardaba el grano; la era; el molino original junto al río, cuya maquinaria sigue funcionando… uno tiene la sensación de que aquí el tiempo pasa más lento o, al menos, con otra cadencia, al ritmo calmo de las esquilas de las vacas que pacen en los prados o del borboteo tintineante de los arroyos que bajan desde los montes atravesando bosques de robles, castaños y helechos como el de Pacios, y que, de vez en cuando, se permiten alguna excentricidad en forma de pequeños saltos o cataratas. La más llamativa es la cascada Seimeira (aunque lo correcto sería decir simplemente la Seimeira pues en asturiano significa eso, cascada) en el concejo de Santa Eulalia de Oscos. Desde el pueblo de Pumares sale una ruta senderista de unos siete kilómetros ida y vuelta que, siguiendo el curso del río Agüeira, llega hasta este lugar en el que el agua se desploma desde una altura superior a los treinta metros, creando un entorno espectacular. Merecen la pena estas excursiones: no son duras pero de todas formas, aunque fatiguen algo el cuerpo revitalizan en mayor medida el alma.

 

 

El tiempo recobrado

Algo de eso se esconde también en la decisión de quienes deciden volver a pueblos como estos y mantener los oficios tradicionales. Víctor y Fritz son un buen ejemplo, pero en Santa Eulalia hay más: Irene Villar se vino desde La Coruña a la casa familiar y montó un telar tradicional donde recupera los tejidos y diseños tradicionales. Utiliza el lino, la lana, el algodón y la seda, y hace mantas y colchas (también foulards, chales, camisas…) con las técnicas de berbesa, gorullo… como hacían antes las mujeres que, en invierno, iban de pueblo en pueblo realizando este trabajo para toda la gente. Ella ha ido recuperando antiguos diseños y, con un poco de atención, descubriremos dibujos similares en las colchas de las camas de la Casa del Marco, en Villarquille, una aldea de San Martín de Oscos. Esta antigua casona está tal como quedó hace unos años cuando se fueron sus últimos habitantes y se ha convertido en el Museo de la Casa Campesina para mostrar cómo era la vida rural de esta comarca hasta hace pocas décadas. Igual que ocurre en Mazonovo, esto no es una recreación y la autenticidad se palpa: tenemos la impresión de estar fisgoneando en casa de alguien que hubiera salido un momento…

 

 

Taramundi

Esa misma autenticidad se encuentra en la pequeña aldea de Os Teixois, ya en Taramundi. De nuevo se funden agua y fuego para dar vida a un conjunto de ingenios hidráulicos que han sido el sustento económico de este lugar durante siglos: un mazo, un molino, una rueda de afilar, una pequeña central eléctrica y un batán. Todo funciona con la fuerza del agua, la del río Turía, afluente del Eo. En su cauce, Luis pone a refrescar sidra y cervezas que acompañan después a alguna tapa en el bar que regenta. Él ha vivido aquí siempre, conoce todas estas máquinas cuyo diseño no ha cambiado desde la Edad Media, las ha visto en pleno trabajo. Ahora solo se ponen en funcionamiento para hacer demostraciones pero eso las sigue manteniendo con vida… ¡y que sea por mucho tiempo!

 

 

Hay un oficio artesanal en Taramundi que sí ha llegado hasta nuestros días: la fabricación de cuchillos y navajas. La Cuchillería de Taramundi es uno de los talleres en los que podemos ver el proceso de fabricación, adaptado en algunos aspectos a una producción más moderna. Navallas de Taramundi es otro. Aquí, Juan Carlos Quintana y José Manuel Cerdeira han creado, además, el Museo de la Chichillería, en el que se explica la historia de la navajas de esta comarca y la importancia que estos objetos, junto a los artesanos que las elaboraban, han tenido a lo largo del tiempo. Está en una antigua casa restaurada, que conserva igualmente el taller con la fragua donde se trabajaba el hierro y el acero y que sigue encendiéndose a diario para mostrar el trabajo de los navajeros. Volvemos a encontrarnos con los bufidos del aire que espabila las brasas donde posan la lámina de metal que pronto envuelve el fuego. Y comienza, de nuevo, la tonada atávica de las montañas de los Oscos: repiqueteo en el yunque, y más fuego, y más golpes, y agua para templar… 

 

Más información en edición impresa ViajeroS 185 y en www.turismoasturias.es

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