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VIAJES. NEPAL. RUTA POR EL VALLE DE KATMANDÚ

 

 

 

 

Las banderas de oración ondean al viento lanzando plegarias, los ojos de Buda siguen escudriñando desde lo alto de las estupas, las flores no faltan en los templos ni el incienso en los ritos, incluso permanece intacta esa gran sonrisa que caracteriza a los nepalíes. Sin embargo, la gran sombra del olvido lo invade todo.

 

Texto y fotos: Pepa García



Los seísmos del pasado 2015 han provocado el desapego masivo del turismo y, hoy día, la cifra de viajeros que visitan este destino ha descendido estrepitosamente. Para conocer su situación real hemos recorrido el Valle de Katmandú centrándonos en Katmandú, Bhaktapur y Patan. Estas tres poblaciones, que fueron antaño reinos independientes, reúnen siete monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad (entre ellos, sus plazas Durbar, exquisitas muestras de la arquitectura). Estas ciudades no solo conservan la mayor parte de sus atractivos históricos intactos sino que están deseosas de mostrar su belleza al resto del mundo. En nuestro paseo por este valle siempre han estado presentes las banderas tibetanas de oración cuyos colores representan los cinco elementos (azul-cielo, blanco-agua, rojo-fuego, amarillo-tierra y verde-aire). Ellas nos acompañarán también en este relato como una humilde invocación a la prosperidad de este pueblo que tanto lo necesita en estos momentos.

 

 

 

Azul y blanco. Cielo y agua en la bulliciosa Katmandú



Que Katmandú es el palpitante corazón de Nepal lo descubres enseguida, nada más llegar al aeropuerto. Al ritmo de un incesante ¡pum pum! ¡pum pum! ¡pum pum! la ciudad no se detiene ni un instante, no duerme, no come, no descansa... Los autobuses, desde donde se vocean los destinos, van atestados de gente; los motoristas sortean con pericia a coches y transeúntes, sin frenar ni un ápice; y los viandantes, habituados a esta melodía, se mueven con naturalidad en medio del caos.


La banda sonora de esta ciudad, que tiene más de un millón de habitantes, es, sin duda, el sonido del claxon. El bullicio y la actividad es una constante no solo en las avenidas más transitadas, también en el centro histórico se observa el ir y venir incesante de la gente.

La plaza Durbar (durbar significa palacio) y sus alrededores son el mejor lugar para tomar el pulso a la capital. Entre sorprendentes templos y palacios de los siglos XVII y XVIII se arremolinan grupos de estudiantes uniformados, vendedoras de flores, rickshaws, carritos de vendedores que ofrecen granadas, y mujeres (sobre todo mujeres) que realizan ofrendas a sus dioses. Cerca de la plaza se alza un lugar silencioso y sagrado, es Kumari Bahal, la casa de la Kumari o diosa viviente. La reencarnación humana de la deidad hindú Durga es elegida entre numerosas aspirantes a la edad de 4 o 5 años y permanece en este lugar hasta la pubertad (sale al exterior en algunas festividades). Si esta plaza representa la parte espiritual de la capital, el barrio de Thamel, es la mundana, la favorita de los viajeros que están de paso. En esta área se pueden encontrar hoteles, pensiones y centenares de tiendas de artesanía, recuerdos y ropa de montaña. Si nos alejamos del centro podremos visitar los dos templos más significativos de Katmandú: Swayambhunath (o templo de los Monos) y la estupa de Boudhanath, el santuario budista más importante fuera de Tíbet. Al primero de ellos se accede a través de una larguísima y empinada escalera (o bien en coche, pero tiene menos mérito). Una estupa blanca, coronada por una cúpula dorada, es el centro de este impresionante conjunto cuyo origen se halla envuelto en la leyenda. Los ritos alrededor de la misma son habituales: hacer girar los rodillos de oración, encender velas o ser bendecidos por un sacerdote forman parte del día a día.



Si Swayambhunath corona la colina, la estupa de Boudhanath se encuentra integrada en el entramado urbano, en una plaza circular repleta de comercios. Aunque actualmente está en reconstrucción, es recomendable visitarla para captar su ambiente. Se percibe enseguida un gran trasiego de túnicas tibetanas que recorre el perímetro del templo, que entran y salen de los pequeños monasterios que la rodean. Los cafés circundantes suelen tener terrazas que se convierten en maravillosos miradores para aprehender el entorno.

 

 

 

 

 


Rojo. Fuego. Bhaktapur



Rituales. Rojo. Fuego. En Bhaktapur siempre hay algo que celebrar. Esta ciudad, que representamos con el elemento fuego, vive ajena al paso del tiempo. Quizás se detuvo en aquella época de esplendor en la que se construían sus maravillosos templos y palacios. Si liberamos nuestra mente y sobrevolamos su superficie (cuyo perímetro tiene forma de paloma en vuelo) adivinaremos la hermosa plaza Durbar, los templos de Nyatapola y de Bhairavnath, el gran estanque de Siddha Pokhari, el sinuoso entramado de calles y el espacio donde los alfareros secan sus jarras al sol. En la plaza Dattatreya incluso podríamos seguir visualmente a una joven con sari rojo que se acerca con flores a un altar, a un grupo de colegiales que compra helados en un motocarro y a un barbero que parlotea mientras afeita a un cliente. Pero la mirada no tardaría en fijarse en la humareda que sale de un pequeño santuario. Un grupo de músicos gira, tocando sus tambores, alrededor del mismo. Les siguen jóvenes con platos de frutas y ofrendas florales, niñas con velas y un anciano que porta la cabeza de una cabra sobre un plato de metal. El protagonista del festejo se mantiene, hasta el momento, al margen. Un niño de unos nueve años, con aspecto formal, recibe las bendiciones de un sacerdote mientras se prepara para el paso a la pubertad. El fuego, las flores, la fruta, la música y el incienso acompañan los momentos más trascendentales en la vida de los hinduistas. Todos ellos confluyen para llegar al éxtasis sensorial.

 

 

 

 

 

 

Verde. Aire. Pashupatinath: la ciudad de los muertos

 


La vida y la muerte se dan la mano a orillas del río Bagmati, en Pashupatinath. Este complejo religioso, recogido en la lista de monumentos Patrimonio de la Humanidad, es el lugar elegido para dar el último adiós a los fallecidos. El templo de Shiva Pashupati (dios de los animales), que da nombre al conjunto, solo puede ser visitado por los hindúes. Sin embargo, sí está permitida la asistencia a las cremaciones que se realizan a lo largo de este afluente del Ganges. Desde unas concurridas escalinatas, situadas frente al ghat de las cremaciones, se puede observar todo el proceso. El ritual transcurre de forma metódica, sin prisas, honrando el paso al más allá del muerto. Se prepara el cuerpo, la pira y, finalmente, se añade paja a la que se prende fuego. El humo asciende en densas columnas y lo envuelve todo. El aire, si sopla en nuestra dirección, traerá consigo una mezcla de aroma a mantequilla y especias (elementos que se han añadido a la pira para enmascarar otros olores menos agradables). En cuatro o cinco horas el cuerpo se habrá consumido y las cenizas se lanzarán a las aguas del río para que realicen su último viaje hasta el Ganges. El primer paso para la reencarnación culmina de esta manera, con la ventaja de que al haber realizado aquí la cremación del cuerpo opta a hacerlo en forma humana. Además del bello templo de tejados dorados dedicado a Shiva, otras construcciones menores forman parte de este recinto al que peregrinan miles de hinduistas de todos los rincones del país. Por los intensos tonos amarillos de su maquillaje no pasan desapercibidos otros habitantes del lugar,  son los saddhus (o santones), quienes a través de la meditación y una vida contemplativa intentan liberarse de lo material.

 

 

 

 

 

Amarillo. Tierra. La bella Lalitpur

 

 

El elemento tierra es el que mejor representa a Patan, también denominada Lalitpur, que significa “ciudad de la belleza”. Por su cercanía a Katmandú (solo cinco kilómetros las separan) se podría pensar que sus atractivos turísticos quedan opacados por los de la capital, pero no es cierto. Esta población de casi doscientos mil habitantes, reconocida, sobre todo, por el valor de su artesanía y sus antiguas técnicas de esculpido, abruma por su arquitectura newari. Por supuesto, al igual que Katmandú y Bhaktapur, cuenta con una impresionante plaza Durbar que concentra numerosas pagodas y palacios en perfecto estado (apenas sufrió daños durante el seísmo). Los ornamentados templos de esta plaza, de los siglos XIV a XVIII, el Palacio Real custodiado por dos leones de piedra en la entrada (en su interior se halla el Museo de Historia) y el Golden Temple o Templo Dorado son las visitas imprescindibles.


El Templo Dorado, un monasterio budista que toma este nombre por su brillante fachada, se caracteriza por tener a un niño, con una edad inferior a doce años, como sumo sacerdote. Este cargo se renueva cada treinta días. Durante ese tiempo el joven permanece en el templo y no puede cambiar ni lavar su túnica (foto inferior). Según el color de la misma se puede intuir el tiempo que le queda en el cargo. Igual de joven es la kumari de Patan, cuyo santuario se puede visitar también. El arte de los trabajos en metal lo podemos comprobar en algún taller donde crean cuencos tibetanos a partir de siete metales. Su efecto sanador con tan delicados trabajos está casi asegurado.

 

 

 



Recitando el conocido mantra Om mani padme hum que tanto hemos escuchado en los lugares sagrados nos despedimos de Nepal, no sin antes prometer un pronto regreso.

 

 

DATOS DE INTERÉS

 

Catai Tours cuenta con viajes organizados e incluso puedes realizar tú mismo en su web la cotización del programa elegido.


Qatar Airways dispone de vuelos a Katmandú vía Doha. Consulta horarios y precios en su site.

 

Puedes solicitar la edición completa de este reportaje publicado en Viajeros 180.

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