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DELICIAS DE BAVIERA. ALEMANIA

Tres perlas bañadas por el fluir del mítico Danubio nos abrirán las puertas de sus coquetos cascos históricos para descubrir parte de la trayectoria de Baviera, un estado alemán que guarda una idiosincrasia un tanto ajena al resto del país y una esencia destilada por los avatares de la iglesia y la nobleza europea.

Tres perlas bañadas por el fluir del mítico Danubio nos abrirán las puertas de sus coquetos cascos históricos para descubrir parte de la trayectoria de Baviera, un estado alemán que guarda una idiosincrasia un tanto ajena al resto del país y una esencia destilada por los avatares de la iglesia y la nobleza europea.

Texto y fotos: Jordi Jofré/  Revista Viajeros (mayo 2012)


Quizás sea Baviera uno de los estados alemanes más interesantes para el turismo. El clima resulta más suave que en otras zonas del país, animando a descubrir una diversidad muy apetecible, tanto para los amantes de los paisajes perfilados por pinceles finos como para el que disfruta recorriendo ciudades y pueblos de postal, muchas veces a los pies de castillos, monasterios o abadías que bien pueden haber inspirado a la gente de Playmobil.

Piense en un bávaro o al menos en su estereotipo. Como arma contra las penas y el aburrimiento debería portar una cerveza en jarra grande –llamada mass–; ellos, chaqueta, pantalones cortos sujetos por tirantes, calcetines tan subidos que no parecen tener fin y, en lo alto y tratando de que las ideas no se escapen, deberían llevar con orgullo un sombrero verde con plumas; las mujeres visten el dirndl que destaca por su blusa, apretado corsé y delantal. Esos son los trajes regionales pero no es como, por ejemplo, el de chulapo que aparece una vez al año. Así, no será raro que lo vea si se anima a conocer esta zona. Como tampoco será extraño que coincida con alguna celebración, ya sea religiosa o popular, donde abundan los cánticos y la alegría. 

 

Se dice que este estado, el mayor de Alemania, se siente en parte independiente o al menos diferente al resto del país. Una cultura donde las tradiciones y el folklore adquieren gran importancia, forjados por la historia de un ducado que ostentó una nada desdeñable influencia en la Europa medieval. Nuestro itinerario descubre tres ciudades que, inevitablemente unidas al fluir de ríos, nos van a permitir hacernos una idea de las virtudes bávaras que, perdóneme la muletilla, fácilmente resultan bárbaras la mayoría de las veces.

Ratisbona, el legado medieval (imagen superior e inferior)

Siendo la cuarta urbe más importante de Baviera, Ratisbona mantiene un atractivo juego de poleas entre su cara moderna y antigua. Esta última, con un legado que se remonta a la época romana, guarda episodios interesantes. Hay que tener en cuenta su situación privilegiada en el curso del Danubio que volvió muy apetecible este enclave para el comercio. Pero el otro río, el Regen, es el que inspira su denominación alemana: Regensburg.

Carlomagno, haciendo de las suyas, anexiona Baviera en el 788 a sus posesiones. La ciudad comienza a crecer y a desarrollarse como un importante centro político, comercial y eclesiástico. Así, las tensiones entre reyes, obispos y burgueses aumentan al mismo ritmo que la plaza iba ganando fuerza. Tras un periodo donde los antojos de los duques equivalían a órdenes, es nombrada en 1245 Ciudad Imperial Libre, honor que ostentó –salvo breves interrupciones– durante seis siglos. La mentalidad gótica dejó huella y su impronta es fácilmente reconocible en el casco histórico –por cierto, considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO–. No queremos aburrirles, pero tenga en cuenta que durante esos años, patricios, príncipes y artistas disfrutaban en los salones de casas lujosas que hoy podemos admirar.

Conviene saber también que fue sede de numerosas reuniones de emperadores –conocidas como Dietas imperiales– y que fue y es la residencia de la poderosa dinastía Thurn und Taxis. Vinieron tiempos de penuria que obligaron a mantener las estructuras de antaño. La Segunda Guerra Mundial, muy cruel a lo largo y ancho del país, no hundió sus temibles garras en la ciudad. Por todo ello, Ratisbona asoma como uno de los enclaves medievales más apetecibles de Alemania.

De sus aproximadamente 150.000 habitantes, 25.000 son estudiantes que animan las callejuelas. Hablando de aulas, debe saber que no es raro que le entiendan en español ya que está de moda el idioma de Cervantes, así como los cantantes latinos. Pero volvamos a su ambiente que es uno de sus puntos fuertes. Se dice que tiene la mayor proporción de bares y restaurantes del país. Sin haber tenido tiempo para contar todos los garitos de Alemania, sí puedo decir que las terrazas se suceden por doquier, alegrando las fotos y tentando a pararse de vez en cuando durante los paseos. Su casco histórico es vivo, colorido y dinámico, dando la impresión de que se trata de una pieza fundamental en la vida local.

La imagen por antonomasia de Ratisbona es el Puente de Piedra que se eleva sobre el Danubio. Esconde varias leyendas –fíjese en la estatua del Hombrecillo, homenaje al maestro de obras–, une las dos áreas de la ciudad y es testigo vivo de todos los avatares aquí sucedidos. Se cuenta que si al atravesarlo no escuchas las campanas o no te cruzas con un judío es que no has estado en la ciudad. Como tampoco podrá decirlo si no explora la Catedral. Le llamarán la atención sus diferentes materiales, estilos y los cambios de tonalidad en su fachada. Quizás se fije en pequeños detalles, como las gárgolas o las vidrieras que parecen homenajear a la paleta de colores. Resulta muy curioso ver la gran sonrisa que ha quedado plasmada en la estatua del ángel y descubrir la historia de dos famosos personajes: el diablo y la abuela. Pero los que si son realmente reputados son los gorriones de la catedral que, sin ser capaces de volar, unen sus voces al unísono desde hace más de mil años. Un dato anecdótico es que el hermano del actual Papa dirigió este coro que canta los domingos y da giras por todo el mundo.


El centro histórico se halla rodeado por un vistoso cinturón verde que cobija los tesoros de este enclave bávaro
. Cuando se callejea se descubren los distintos barrios medievales que nos hablan de diferentes épocas y clases sociales. Desde las casas bajas de los artesanos, las torres patricias de los nobles y mercaderes –hoy en día muchas se hallan habitadas por gente adinerada–, pasando por las iglesias y los edificios religiosos –una de las perlas de la ciudad es el monasterio benedictino de San Emmeram–, los callejones y plazuelas…

De repente, se puede topar con una estatua de Don Juan de Austria –que, pisando una cabeza de un turco, ejemplifica perfectamente lo políticamente poco correcto– y recordar la historia española y europea. Los recorridos turísticos visitan este museo al aire libre que concentra muchos de los avatares del Viejo Continente. Ratisbona es una urbe bañada por dos ríos, tocada en su momento por la diosa Fortuna y que parece haber sido diseñada para ser visitada. No le dejará indiferente.


Straubing, la sorpresa escondida

De camino a nuestra siguiente parada, se atraviesan campos de cultivo donde se pueden ver pequeñas capillas erigidas por agricultores agradecidos por buenas cosechas. Se llega a Straubing en poco tiempo, un enclave que suele ser eclipsado por Ratisbona y Passau, y los circuitos ordinarios no suelen reservar tiempo para conocerlo. A nuestro juicio es un error porque resulta agradable y cuenta con algunos puntos de interés. Así, le recomendamos que reserve al menos una mañana o una tarde para disfrutar de él.

De nuevo, abundan las terracitas donde tomarse algo. Es un lugar vivo y así lo atestigua el Gäubodenfest, un festival celebrado en agosto que, si bien no se puede comparar en número de participantes, no tiene nada que envidiar al archiconocido Oktoberfest de Munich –en general suele disfrutar de una animada vida nocturna, aderezada por la simpatía de los bávaros y sus jugos de cebada, trigo y demás–. El nombre de dicho evento hace referencia al fértil valle del Danubio donde se asienta la urbe: el Gäuboden; los homenajes a dicha toponimia continúan en el museo de Historia que puede presumir de un curioso tesoro romano donde las máscaras de desfile brillan por su originalidad.

Quizás lo más destacable sea la arquitectura de las iglesias y especialmente sus atalayas. La Stadtturm, la torre de la ciudad, se alza con su carácter impetuoso en el centro de la Plaza Mayor. Desde aquí puede comenzar el recorrido turístico que es ameno ya que en un corto espacio podrá visitar varios edificios de interés y disfrutar de las casas señoriales, coloridas y bien conservadas, mientras pasea por las calles adoquinadas. Rápidamente le llamará la atención el dorado de la Columna de la Trinidad. Puede jugar con su cámara a conseguir la mejor panorámica de dicho monumento con la torre de la iglesia Jesuita al fondo.

Si hablamos de templos, no podemos dejar de lado el erigido en honor de los dos patronos de la ciudad: San Jaime y San Tiburcio. Dentro del catálogo de gótico tardío extraído de una enciclopedia de las de antaño, destacan sus vidrieras con motivos originales. Podríamos resaltar más edificios religiosos, pero quizás el que más merezca la pena sea el de San Pedro, estoico y recio que ve aumentado su belleza gracias al singular y antiquísimo cementerio que jalona su entrada. También es digna de ser conocida la Residencia Ducal –se confirma de nuevo la importancia que tuvo la zona antaño– y sus vistas al Danubio que, como vemos, es el hilo conductor de nuestro viaje.

 

Passau, tres ríos y una ciudad

Existen lugares que se hallan a mitad de camino de otros muchos. Son enclaves de paso, de fusión de saberes y de comercio, plazas envidiables para jugar una partida de ajedrez... o de Risk. Una de ellas se halla en el epicentro de Europa, a relativa poca distancia de Munich, Praga y Viena, donde tres ríos decidieron confluir: el Danubio, el Inz y el Ilz–. Hablamos de Passau
(imagen superior izquierda) que, por todo lo anterior y porque así lo quisieron los dioses –como verán especialmente el cristiano-, se convirtió en uno de los mayores estados episcopales, con una influencia realmente asombrosa. Su casco histórico, a juego con tanto poder y con un acentuado regusto italiano, asoma como una parada casi obligatoria en los cruceros fluviales. Viaje en barco, en coche o a la pata coja, le recomendamos que disfrutes de su esencia.


Una agradable zona peatonal y comercial precede a la ciudad vieja –Altstadt– que tiene forma de península y que se ve circundada por los cauces de agua. De repente cruzas la puerta principal y te das de bruces con el trazado medieval. Calles adoquinadas, que en su día debieron ser importantes avenidas, se hallan jalonadas por estrechos callejones que juegan a crear perspectivas imposibles –como el sinuoso callejón del Cuchillo–. Para oler la Historia –en este caso con un marcado regusto barroco–, uno se puede detener en la plaza de la Residencia donde vive el obispo actual, que ya no ocupa el edifico de toda la vida, y donde se halla el museo Diocesano. El cajero automático perteneciente a la banca de la Iglesia es una buena prueba del poder que sigue ostentando la institución.

En seguida se orientará para sacarle el máximo partido a su visita. La Catedral y sus características cúpulas son un estupendo punto de referencia. Hasta allí debe llegar para conocer el fastuoso órgano, famoso por su tamaño y por los sonidos que regala –de mayo a octubre, conciertos todos los días a partir de las 12–. Si se acerca a la orilla del Danubio se encontrará con la plaza del Ayuntamiento que cuenta con una hermosa torre neogótica. Fíjese en las marcas de agua que muestran las fuertes inundaciones que han sufrido los oriundos. En la otra orilla se puede apreciar el Castillo de Arriba y el de Abajo pero, como no somos príncipes-obispos de momento, donde a uno le apetece vivir toda una vida es en alguna de las casas dispersas por dicha ladera.

Ya estamos cerca del motivo que hace casi única a Passau: la confluencia de los tres cauces fluviales. Cuando las condiciones climatológicas acompañan, se puede diferenciar sin problemas las diferentes tonalidades de cada río. También merece la pena dar la vuelta a la lengua de tierra y conocer la ribera del Inn. Y como guinda final a este apetitoso pastel, recomendarle que se embarque en algún crucero –si es que no ha llegado de ese modo–. Recuerde que nos hallamos en el centro de Europa y desde aquí podrá visitar Viena, Praga, Budapest, Estrasburgo, Belgrado… pero también hay opciones más cortas y económicas que resultan igualmente atractivas y amenas.

PARA TOMAR NOTA

Cómo llegar. Algunas de las compañías que vuelan a Munich desde España son: Lufthansa, Iberia, Air Berlin y Swiss.

Dónde dormir:

Altstadthotel Arch. Este cómodo alojamiento se halla situado en pleno centro de la ciudad. Ocupa un hermoso edificio histórico y asoma como una opción interesante por su relación calidad- precio. Haidplatz, 4. Ratisbona.
• IBB Hotel. La joven cadena, gestionada por empresarios españoles, ofrece un servicio cuidado y agradable. El buffet es correcto y merece la pena por su precio. Una opción interesante dentro de la amplia oferta de alojamientos de la ciudad. Bahnhofstrasse, 24. Passau.

Dónde comer:

Weissbräuhaus. Fundada en 1620, esta cervecería cumple todos los requisitos de pureza para elaborar su producto. Ofrece comidas típicas bávaras en un ambiente distendido. Schwarze Bären Straße, 6. Ratisbona.
Bischofshof. Uno de los restaurantes –también hotel– más emblemáticos de la urbe. Dicen que el Papa viene aquí cuando visita la ciudad. Los precios no son tan elevados como aparenta por su situación y fama. Krauterermarkt, 3. Ratisbona.
Röhrlbräu. Es de ese tipo de establecimientos que no recuerdas el menú pero que  dejan una sensación de ser agradable. Su terraza en pleno casco histórico ayuda a ello. Cuenta con habitaciones. Theresienplatz, 7. Straubing.
• Am Paulusbogen. Agradable y bien situado a la entrada del casco histórico. Rindermarkt, 2. Passau.

Más info: Oficina Nacional Alemana de Turismo


 

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