Textos y fotos Andrés Campos
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Almería. Los faros del desierto

Nueve son las luces que guían al viajero por la abrupta y desértica costa de Almería, desde Adra hasta Garrucha. Una ruta de 200 km que, además de faros, enhebra salinas bullentes de avifauna, pueblos de pescadores y playas vacías. Poco han cambiado estas calas desde que fondeaban en ella galeotas piratas y los faros eran atalayas que daban la alarma.



Por la Ora marítima de Avieno, sabemos que en el cabo de Gata hubo un santuario consagrado a Venus, un templo donde ardían fuegos perpetuos que, además de agradar a la diosa de corazones, orientaban a los nautas en las noches sin resquicios de la antigüedad. Muchas noches después, otros fuegos iluminaron esta esquina de la península ibérica: los de las atalayas que alertaban de los ataques de los piratas, especialmente virulentos en el siglo XVI. Pasaron las lunas y los corsarios berberiscos, pero quedaron las torres, las baterías y las fortalezas costeras, y sobre ellas, o muy cerca de ellas, volvieron a lucir los eternos fuegos, ahora como faros, no sólo para guía de navegantes, sino también para disfrute de viajeros por tierra, porque pocas cosas hay que gusten más a quienes recorren el mundo sólido que llegar a sus confines, donde moran estos gigantes de mirada refulgente, y contemplar con ellos el mar inmenso y terrible.

Sin contar el faro de la isla de Alborán, de difícil acceso, y el del puerto de Almería, que se encuentra en zona restringida, nueve son las luces que guían al viajero por el litoral almeriense, desde Adra, en la linde con Granada, hasta Garrucha, no lejos de Murcia. Son algo más de 200 kilómetros, que se pueden recorrer cómodamente en un par de jornadas, una visitando los faros del Poniente Almeriense y otra los del Levante. En un solo día también se puede, claro, pero ir corriendo de cabo en cabo, sin pararse a tomar una tapa de olla de trigo o refrescarse en una de las muchas calas salvajes que hay por el camino, no es un viaje de placer: es una inspección técnica de faros.

Los vigilantes del Poniente

Es muy probable que quien llegue por primera vez a Adra, crea que la bonita torre de 44 metros de altura y planta circular, con un primer tramo de mampostería encalada y el resto de ladrillo, que se yergue al lado del puerto, es el faro. Y que después de estarse media hora haciéndole fotos, descubra (al informarse en la oficina de turismo, que está allí mismo) que en realidad se trata de la torre de los Perdigones, perteneciente a la desaparecida fundición de San Andrés, de principios del siglo XIX; una torre desde cuya altura se vertía plomo derretido que, al enfriarse durante la caída, se convertía en munición de caza, de ahí su nombre. En Adra (la antigua Abdera fenicia, griega, romana y musulmana) han sido siempre muy aficionados a las torres: además de ésta, pueden presumir de la torre-vigía de Güainos, del siglo XIII, de varios torreones del XV y de los tres faros que han tenido. El primero lo destruyó un temporal en 1896, el segundo acabó siendo engullido por la propia población y el tercero, inaugurado en 1985 y aún en servicio, es una torre cilíndrica de 26 metros que se alza sobre la playa de Poniente, junto al centro de protección civil. Sabiendo esto y que luce los colores de la Unión Deportiva Almería (franjas rojas y blancas), ya no hay confusión posible.

A 20 kilómetros al este de Adra, en El Ejido, se halla la insólita playa de Punta de los Baños, a cuya vera forman como un ejército polar los blancos invernaderos, las blancas autocaravanas de jubilados noreuropeos y, desde 1991, un blanco faro semejante a un trampolín o una palanca de saltos. La torre cuadrangular de 22 metros está coronada por una plataforma volada que, según la memoria del proyecto arquitectónico, “adelanta hacia el mar la ayuda de su luz en actitud de oferta a los navegantes”; navegantes que pueden, gracias a este faro, sortear el temible bajo de Culo de Perro.
 

Aves, exposiciones y grandes vistas

Los faros de Adra y de Punta de los Baños no son feos pero, salvo que se vaya a hacer una tesis doctoral, tampoco vale la pena dedicarles mucho tiempo. En cambio, sí que merece una visita detenida el de El Sabinal, que se encuentra entre Almerimar y Roquetas, en el paraje natural Punta Entinas-Sabinar, rodeado de 14 kilómetros de playas intactas, dunas y charcones plagados de aves. El faro actual se construyó con las piedras de otro que se tragó el mar en 1915; por eso se alza a unos respetuosos 300 metros de la orilla, tras una duna repoblada con pinos, lentiscos y sabinas, a prueba de huracanes. Para llegar hasta él hay que andar un kilómetro atravesando unas antiguas salinas. No olvidar los prismáticos (por los pájaros) y el repelente (por los mosquitos).

El coqueto faro de Roquetas de Mar, cuarto de nuestra ruta, fue inaugurado en diciembre de 1863, como el primero de El Sabinal, y absorbido por la población, como el segundo de Adra. En 1945 dejó de prestar servicio, y ahora es una sala de exposiciones, que es otra forma de iluminar. Además de esto, el antiguo faro hace bonito junto al castillo de Santa Ana, en un parque de palmeras y terrazas asomadas a la playa de la Bajadilla, a tiro de piedra del puerto. Buen sitio, el parque, para sentarse a pensar en los tiempos en que Roquetas, hoy un emporio turístico con 87.868 habitantes censados de 102 nacionalidades, sólo era un pueblo de 500 casas y 40 barcos que se dedicaban a pescar boquerones y pescadas guiados por un farito de aceite de oliva.

El siguiente faro, el de San Telmo, luce desde 1976 en lo alto del castillo del mismo nombre, una pequeña fortaleza del siglo XVIII que se descubre entrando en la capital por la carretera de Aguadulce, sobre un escarpado promontorio que cierra por el oeste la bahía de Almería, a 77 metros sobre el mar. Justo allí hay una rotonda donde se deja el coche para subir por un camino zigzagueante, con escalones tallados en la roca y cortejo de pinchudos agaves. Difícil tropezarse con nadie, si no es algún pescador, y eso que el panorama justifica plenamente la visita. Se ven muy bien, como los deben de ver las gaviotas, el puerto de Almería y la ciudad acostada al pie de la Alcazaba. 


Miradores del cabo de Gata

Bordeando la bahía de Almería, continuamos nuestro viaje en busca de los faros que iluminan la otra mitad de la costa, la oriental. Hay un momento mágico en que, al alejarnos de la capital hacia el este, nada más pasar el aeropuerto y las urbanizaciones de El Toyo y Retamar, entramos de golpe en un mundo más antiguo, donde sólo vemos campos erizados de pitas, playas kilométricas, salinas llenas de flamencos y, rematando el ápice meridional de la volcánica sierra de Gata, el faro más veterano de Almería (marzo de 1863). Al igual que el de San Telmo, el faro del cabo de Gata se levantó sobre las ruinas de un castillo, el de San Francisco de Paula, y cualquiera sabe si debajo de aquellas no estarían las del santuario venusino mentado por Avieno. El caso es que, con el sol ya bajo, muchas parejitas vienen a hacerse selfies y jurarse amor eterno en este confín suroriental de la Península, que flanquean la playa del Corralete y el arrecife de las Sirenas, así llamado por las focas monje que lo frecuentaban antaño. Desde la torre de la Vela Blanca, que está tres kilómetros más allá, al final del asfalto, se divisan las calas más bellas de España: Media Luna, Mónsul, Barronal, Genoveses…

Del faro más antiguo, al más reciente: el de la Polacra, en Rodalquilar, que entró en servicio en septiembre de 1991. La torre de los Lobos, una atalaya construida en el siglo XVIII para prevenir los ataques de los piratas, sirve de peana a este faro que, además de ser el más joven de la provincia, es el más alto de España, pues se erige sobre un promontorio de 265 metros desde el que se domina todo el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. La carretera de acceso, cortada al tráfico, obliga a subir caminando desde el valle de Rodalquilar. Mejor así. Es un grato paseo de tres cuartos de hora entre palmitos, espartos, tomillos y jaras de rosa flor. Al norte del faro, quedan las recónditas calas de la Polacra y del Bergantín, así como el amplio Playazo, cuyos rebordes de roca arenisca semejan bajo las aguas catedrales de oro, óptimas para bucear.
 


Final de viaje en la playa

Otro faro estratosférico es el de Mesa Roldán, que lleva luciendo desde el último día de 1863 entre Agua Amarga y Carboneras, en el borde de una meseta caliza a 200 metros sobre el mar, con unas vistas que cortan el resuello. A pocos pasos hay una  torre-vigía de 1766, que nunca sirvió para nada, pues su artillería, desde tan alto, no era eficaz. Y al norte, por la parte de Carboneras, está la famosa playa de los Muertos: un kilómetro de grava blanca asombrosamente rectilíneo, sólo accesible a pie, por el que sienten una misteriosa querencia los cuerpos de los náufragos, de ahí su nombre.

El faro de Garrucha, para compensar la mucha altura de los anteriores, se halla a pie de playa, al lado del castillo de Jesús Nazareno, como si fuera una casa más del pueblo. Se construyó en 1881 con los materiales de otro que había en la desembocadura del río Almanzora, en Villaricos, y que hubo que abandonar porque los fareros enfermaban de paludismo.

Éste está junto a la buena playa de las Escobetas, de 1.370 metros de longitud, donde podemos poner el broche a la ruta dándonos un chapuzón. Bueno, y tomándonos una docena de las famosas gambas rojas de Garrucha. ¡Camarero!

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