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CERDEÑA. Costa Sulcitana

Desde su nacimiento Cerdeña ha sido una de las islas más invadidas y codiciadas: fenicios, cartagineses, vándalos, bizantinos, genoveses... hasta Jaime de Aragón fue el rey de la isla ¡allá por el siglo XIII! Sin embargo, la ínsula sigue siendo un secreto en medio del Mediterráneo.

Desde su nacimiento Cerdeña ha sido una de las islas más invadidas y codiciadas: fenicios, cartagineses, vándalos, bizantinos, genoveses... hasta Jaime de Aragón fue el rey de la isla ¡allá por el siglo XIII! Sin embargo, la ínsula sigue siendo un secreto en medio del Mediterráneo.

Por Pedro Grifol para edición impresa de revista ViajeroS

Con toda esa amalgama de influencias superpuestas, no deja de asombrar que en la cultura sarda pervivan tradiciones seculares de toda índole: folclore fuertemente arraigado, religión católica con ritos ancestrales entrelazados con ritos paganos, oficios clásicos que perpetúan la laboriosidad artesanal y una cocina contundente... alejada de modernismos experimentales de laboratorio.

Cerdeña es la segunda isla más grande del Mediterráneo, así que no es difícil imaginar que existan varias cerdeñas. Algunos turistas de postín veranean en el norte, en la Costa Esmeralda, donde el tiempo no parece existir (incluidos los lunes) tumbados al sol. Los viajeros de a pie tienen todo un territorio ignoto para explorar a base de sendero, mochila y saco de dormir, todo un sinfín de pueblos anclados en el tiempo, playas interminables, paisajes montañosos e incluso vestigios arquitectónicos aún por clasificar. Los que prefieran unas vacaciones como las de antes, más sosegadas, a su aire, sin lugares atestados de visitantes y con los únicos ruidos que producen nuestros hijos y el perrito de la parte de atrás del coche, una buena opción es recorrer el sur, la Costiera Sulcitana. Esta es la zona de la ínsula que hemos elegido para viajar en nuestro vehículo y disfrutar de sus encantos parada a parada, sin prisas y con ritmo calmado.

Puerta de entrada a Cerdeña

Naturalmente, tenemos que advertir que la llegada a la isla no es tan sosegada como presumimos, ya que nuestra entrada será por Cagliari, capital de Cerdeña y motor económico de la isla, una ciudad que pese a su agitado movimiento (tranvías, cláxones, peatones...) nos transmitirá ya el espíritu de los lugareños: amables, simpáticos, hospitalarios... bueno ¡habrá de todo!, pero la verdad es que nosotros nos sentimos como en casa. De hecho, el primer contacto que tuvimos –después de los trámites del coche de alquiler– fue con la famiglia Gallia, propietarios de un hotel familiar y extraordinarios cicerones para descubrir los secretos de la Costa Sulcitana.


Cagliari bien vale un par de días, ya no tanto por su ambiente efervescente, sus museos o lugares históricos, sino por su playa. Estamos en vacaciones y pocas veces podemos disfrutar de una ensenada como la del Poetto, diez kilómetros de arena blanca que empieza y termina en dos lugares de nombres tan poéticos como Sella del Diavolo (Silla del Diablo) y golfo degli Angeli (golfo de los Ángeles). Si nuestro clima meditarráneo nos regala buen tiempo, es muy agradable pasear por ella. Podemos dejar el coche a pie de chiringuito, sin necesidad de pagar parking... No hay vigilancia, pero –dicen– no es imprudente. Los quioscos a lo largo del paseo invitan a sentarse para beber una birra y tener la oportunidad de saborear una bandeja de erizos de mar, uno de los bichos que más sapore di mare encierran; también podemos disfrutar del sol en las tumbonas y contemplar los barcos de juguete que surcan el horizonte. En la playa veremos la primera torre-vigía del viaje, una de las tantas edificaciones de piedra, en forma de cono truncado, construidas por los aragoneses durante los siglos de dominación española y que se encuentran diseminadas por todo el litoral.

Justo detrás de la playa, se encuentra el Parque Natural de Molentargius que acoge en sus lagunas una avifauna excepcional, pues en ellas nidifica una colonia de flamencos rosas, que también están de vacaciones aguardando la orden de salida para volar a los lagos africanos. Puede que vea muchos o pocos... nunca se sabe.

Después de nuestro primer día de sol y playa, volvamos al entramado de callejuelas de la ciudad que nacen junto al puerto y que nos conducen al casco antiguo, donde una variopinta muestra étnica tiene sus negocios. Ahora son vendedores de países lejanos... hace siglos, esas mismas calles también estaban pobladas por mercaderes de otros territorios, que llegaban de Nápoles, de Marsella o de Mallorca. Descendemos por el largo Carlo Felice, su arteria principal, flanqueados por hileras de jacarandas, hasta el barrio de La Marina. Un paseo privilegiado si optamos por hacer un alto en el camino y tomar un cóctel en la terraza del Café Suizzero, un establecimiento chapado a la antigua y en el que sus vitrinas nos pondrán sobre aviso de lo que nos espera de la repostería local. Nuestra próxima sorpresa será uno de los platos fuertes del viaje: la gastronomía sarda.

La buena mesa italiana

¡Claro que estamos en Italia!... pero olvídese de las pizzas y de los espaguetis carbonara (que también los hay) porque en nuestra primera cena en Cerdeña vamos a probar algunas de su peculiares especialidades. Nos dejamos guiar por Giancarlo Gallia que nos condujo hasta el restaurante Italia, donde su propietario, il signore Mundula, además del restaurante, tiene todo un museo de útiles del campo, de todos esos cachivaches que ya nadie quiere, que estorban en sótanos y buhardillas y que de no haber sido por la pasión coleccionista de Felipe Mundula, habrían desaparecido de la faz de la  historia. Una vez instruidos de para qué servía cada objeto, pasamos al menú: tostas de erizo de mar, marrajo en escabeche, anémonas fritas y pez San Pietro a la parrilla, todo un ágape producto de la bondad del mar, de un mar que cambia de colores y que nos disponemos a descubrir al día siguiente.

Lo primero es tomar la carretera estatal SS195 que discurre a lo largo de la costa sudoccidental de la isla y detenerse en la playa de La Maddalena, concurrida por los amantes de la tabla a vela. El pequeño pueblo tiene su interés, es un lugar de retiro conocido desde la Edad Media, aunque dudo que los veraneantes de la época se entretuvieran practicando windsurf. Además, cabe la posibilidad de visitar la ermita románica de Santa Bárbara, meta de los excursionistas que practican el senderismo por la zona.


De camino a Sarroch podemos admirar otras dos torres costeras del setecientos y una villa de finales siglo XV, Villa d'Orri, etapa en el recorrido de la romería en la procesión de San Efisio, patrono de Cagliari y el santo más venerado de la isla.

Ya estamos a 30 kilómetros de la capital... llegando a Pula... Y parada y fonda (como decía mi tío). Pula es una pequeña ciudad de no más de 5.000 vecinos (10.000 en verano), rica en historia y que también cuenta con atractivos turísticos modernos, buenos hoteles y restaurantes. Llegamos por una avenida coloreda por buganvillas, en la que después de pasar por delante de una ermita abandonada que nos recuerda una misión española en el desierto de Nuevo Méjico, seguimos hacia donde rompe el mar para acabar en las ruinas de la ciudad fenicio-púnico-romana de Nora, una perla arqueológica de notable interés... allí está el templo de la mítica diosa Tanit ¡la misma que veraneaba también en Ibiza y Formentera!

Antes de llegar al promontorio, está la ermita más famosa de Cerdeña, consagrada a San Efisio, ídolo de las multitudes sardas que también es venerado en esta iglesia campestre construida en el 1089, probablemente utilizando las piedras (mármoles) de las ruinas de Nora –no sería la primera vez–. Pula es un buen lugar para establecer nuestro bed & breakfast, y desde allí hacer excursiones. Un día hay que reservarlo para ir a la playa de Chia, que tiene forma de herradura y torre del mismo nombre; otro a Santa Margherita, y otro nos desviamos por la comarcal SP 71, hasta llegar a un largo y estrecho arenal que continúa hasta el ventoso cabo Spartivento, uno de los puntos más sugestivos de nuestra excursión, azotado por los vientos... como nuestra Tarifa.

Otro día podemos dedicarlo al agroturismo, y visitar los viveros de Pasquale Loi, aprenderemos mucho viendo sus espléndidas lechugas, sus árboles frutales sanos y su plantas aromáticas; o yendo al caserío de Simbola Fulviu, apicultor concienciado de que la miel que se hace hoy en día de manera industrial, nada tiene que ver con la genuina que producen sus abejas; otro día aprenderemos los secretos de los dulces caseros en el Pastificio Pula, donde la obradora Catarina elabora sus pistocchendus (deliciosos pastelillos especiados) o sus candelaos (gallinitas de azúcar) con el mismo amor y dedicación que sus antepasados; o la tienda Il Pastore Sardo, que tiene quesos con “forti sapori y arcane fragance”. No nos aburriremos, otra jornada podemos escuchar la historia que nos narra Luisella Argiolas acerca de los tapices sardos y el porqué se representa il pavone (un pavo) en las colchas de cama tradicionales; o la filosofía que tiene Bárbara Massimino cada vez que hace una de sus joyas con cobre y minerales.

Si queremos investigar más por el paisaje todavía incontaminado, seguimos por la misma carretera comarcal hasta llegar a las dunas Arenas Biancas, cerca de la ciudad romana de Teulada, donde encontraremos espléndidas playas de arena clara, mar cristalino, calas e islotes. Y si nos queremos aventurar más todavía... en el mapa-folleto que yo llevaba como referencia, estaba escrita la siguiente frase: “en el sur de Cerdeña aún hay playas por descubrir”...  Pues ánimo.

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