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LA RIOJA. Logroño, según San Bernabé

Logroño es mucho Logroño, como lo demostró cuando resistió el asedio de 30.000 franceses en 1521. La gesta se celebra y se recrea durante las fiestas de San Bernabé (del 9 al 12 de junio), pero el resto del año es también una referencia, una buena historia para recordar mientras se recorre la ciudad vieja. Además, siempre hay fiesta en la calle del Laurel.

Logroño es mucho Logroño, como lo demostró cuando resistió el asedio de 30.000 franceses en 1521. La gesta se celebra y se recrea durante las fiestas de San Bernabé (del 7 al 12 de junio), pero el resto del año es también una referencia, una buena historia para recordar mientras se recorre la ciudad vieja. Además, siempre hay fiesta en la calle del Laurel. Y visitando las modernas bodegas, tampoco se ven caras serias. Si acaso, mareadillas.

Por Andrés Campos (Revista Viajeros)

Logroño se escribe con eñe de España, sí, pero debe a los franceses dos cosas esenciales, dos cosas sin las cuales Logroño no sería lo que es. La primera es el vino de calidad, y es que antes de que las técnicas bordelesas se aplicaran en las bodegas logroñesas del general Espartero (el del famoso caballo, que estaba casado con una logroñesa; el general, no el caballo), aquí y en toda La Rioja se hacían unos morapios vastísimos, asaz corpulentos, que no se conservaban ni un año y medio, si es que alguien tenía interés en guardarlos tanto tiempo. La segunda es el asedio de 1521, en el que André de Foix, señor de Lesparre, y 29.999 franchutes más fueron incapaces de rendir a un número considerablemente inferior de locales, los cuales se quedaron contentísimos de su victoria, tanto que aún se celebra con una fiesta, la mayor y más divertida de la ciudad. Logroño, sin vino bueno y sin su mejor fiesta, no sería Logroño, no.


¡Que vienen los franceses!

El sitio de la ciudad no fue, ni mucho menos y a Dios gracias, como el de Sagunto o el de Numancia. Duró 16 días, murieron los que tenían que morir de viejos y pocos más, y ofreció incluso algún momento cómico, preludio de la fiesta que después habría de celebrarse. Los franceses habían aprovechado la revuelta comunera para invadir fácilmente Navarra y, pensando que todo el monte ibérico era orégano, siguieron adelante y se plantaron en las puertas de Logroño el 25 de mayo. Nadie les había explicado que esta ciudad era harina de otro costal. Navarra había sido independiente hasta 1512 y veía aquella invasión como una liberación del yugo castellano. Logroño, en cambio, lucía el título de Muy Noble y Muy Leal desde 1444 y sus vecinos no iban a dejar que unos petimetres que hablaban poniendo morritos y bebían con el meñique estirado les avasallaran a ellos, que prácticamente habían inventado el español y bebían en bota. Por cierto, que uno de los pocos que siguen fabricando botas en España es el logroñés Félix Barbero, botero artesano de cuarta generación que no da abasto con todos los pedidos que le llegan a su tienda y taller de la calle Sagasta, y que las que más vende y recomienda, para sorpresa de los puristas, son las de tripa de látex, que no dan mal sabor ni se estropean por falta de uso, como las de pez.


Otra cosa que no se esperaban los franceses era encontrar tanta gente defendiendo la ciudad: en teoría, Logroño tenía solo 8.000 o 9.000 habitantes, pero parecían el doble. Había truco y era que los logroñeses salían a hurtadillas por la noche de la ciudad amurallada y entraban de nuevo al amanecer por las puertas que aún controlaban como si fueran refuerzos, tremolando pendones y metiendo todo el ruido del mundo, igual que hoy las milicias festivas recorren las calles ondeando estandartes, redoblando tambores y disparando arcabuces y mosquetes de verdad de la buena, sin balas pero con gran derroche de pólvora, que esto, más que Logroño, parece Valencia. Bajo la ciudad había (y hay) cientos de bodegas y pasadizos, a través de los cuales salían los sitiados a pescar truchas en el Ebro, porque algo había que comer. También salieron para atentar contra André de Foix mientras cenaba en su cuartel y para desviar los ríos e inundar el campo enemigo, dejando sus cañones empantanados y su moral por los suelos embarrados. Tan abatidos estaban los galos, que en cuanto llegó una fuerza de socorro a Logroño, el 10 de junio, pusieron pies en polvorosa. El día siguiente, que era San Bernabé, los vecinos determinaron hacerle patrón de la ciudad. En su honor, casi 500 años después, sigue festejándose la desbandada francesa como si hubiera sido ayer.

Calados de vino en el Camino de Santiago

Del Logroño que vio huir a los franceses con el rabo entre las piernas ha sobrevivido, aparte del recuerdo festivo, un buen puñado de templos y de rincones en el casco antiguo. Quizá el más evocador sea la calle Ruavieja, con sus monumentales calados, que es como llaman en La Rioja a las bodegas caseras. El calado de San Gregorio, en el número 29, es casi como una estación de metro, con una longitud de 30 metros y bóveda de cañón, todo de faraónica piedra de sillería. Desde luego, con semejante túnel, los logroñeses sitiados ya podían salir cómodamente a pescar extramuros, porque el Ebro pasa casi por la puerta, y volver con un carro de truchas. También son impactantes el calado del antiguo palacio de los Yanguas, hoy Centro de la Cultura del Rioja, en la esquina con Mercaderes, y las ruinas del Espacio Lagares, en el número 18. Tal concentración y grandiosidad de infraestructuras vitivinícolas habla de la importancia que daban al vino los antiguos riojanos: aunque poco refinado, era sagrado, a tal punto de que una ordenanza municipal de 1583 prohibía el paso de carruajes herrados por la Ruavieja, para no perturbar el reposo de los que descansaban allá abajo.

 


Los que pasaban y siguen pasando a manadas son los peregrinos, porque esta calle forma parte del Camino de Santiago. Cruzan el Ebro por el milenario (y mil veces reconstruido) Puente de Piedra, atraviesan la Ruavieja dejando un hálito salutífero de bálsamos y linimentos y, después de hincar la rodilla en la fuente del Peregrino y en la iglesia de Santiago, continúan por la calle Barriocepo comentando entre ellos que, a juzgar por el nombre, aquí debió de haber antaño alguna prisión, y no se equivocan. Durante las fiestas de San Bernabé, cuando se instalan en Barriocepo los tenderetes del mercado renacentista y andan los caminantes con sus cayados y sus barbas de siete días haciendo eslalon entre los saltimbanquis, los echadores de cartas y los pregoneros, Logroño es puro siglo XVI, seguramente más de lo que lo era en el siglo XVI.

Revellín: una puerta muy concurrida

Por Barriocepo se sube al Revellín, trozo bien conservado de la muralla de Logroño, con torre esquinera, puerta, foso y puente, que sirve de telón de fondo para la recreación festiva del asedio de 1521, en la que cientos de voluntarios interpretan, como si les fuera en ello la vida, sus papeles de artilleros, arcabuceros, piqueros o pueblo llano. También es el lugar donde el alcalde (o alcaldesa) ondea por tercera y última vez la bandera que porta durante la procesión de San Bernabé. La bandera que agita es la de Logroño, naturalmente, y si nos fijamos en ella, o en la misma puerta del Revellín, veremos las tres flores de lis (tan francesas ellas) que Carlos I añadió al escudo de la ciudad para premiar a los bravos logroñeses y chinchar a su enemigo Francisco I.

Pero cuando más gente se reúne frente a la puerta del Revellín, con diferencia, es cuando, el día de San Bernabé, los 26 miembros de la Cofradía del Pez fríen y reparten gratuitamente 25.000 truchas, en recuerdo de las que se pescaron con nocturnidad y sigilo para mantenerse durante el asedio. Son alevines de piscifactoría, claro, porque en el Ebro, truchas, ya pocas hay o ninguna. Para ver más personas juntas tomando un piscolabis, hay que ir a la calle del Laurel, la archifamosa Senda de los Elefantes (así llamada porque todo el mundo sale trompa y a cuatro patas), que ya no durante las fiestas, sino cualquier fin de semana del año, es un magma de humanidad que fluye y refluye casi imperceptiblemente y que forma una costra sólida en las barras de los 58 bares que hay, donde el vino de Rioja (nadie pide otro, ni zumo de naranja) se sirve acompañado de pinchos morunos, matrimonios, champis, migas, embuchados, zapatillas de jamón, bombitas, orejas, morros, bravas, rotos, cojonudos, tíos Agus, zorropitos… Cada establecimiento tiene su pincho estrella y su idiosincrasia. Se puede investigar sobre el terreno, pero, con el follón que hay, es mejor llevar aprendida la lección, que para eso existe una página web oficial de la calle (www.callelaurel.org).


Bodegas y museos de vanguardia

Después de este baño de multitudes en el centro histórico, apetece estirarse, respirar otros aires. Aires modernos, como los de las Bodegas Darien, una arquitectura resplandeciente de Jesús Marino Pascual, cuyos volúmenes blancos evocan las piedras angulosas, aún no erosionadas por los meteoros, que emergen en los ribazos de los viñedos. O como los de las Bodegas Campoviejo, que están en lo alto de una colina superpanorámica al noroeste de la ciudad, mimetizadas y soterradas bajo el viñedo, como una versión vanguardista de los tradicionales calados riojanos. Pero la experiencia más moderna y completa es la que ofrece Finca de los Arandinos (en Entrena, a 14 kilómetros de la capital), que además de hacer vinos de muerte, tiene un hotel con vistas a los viñedos y un soberbio restaurante, todo con el sello del diseñador David Delfín.


Más modernidades: sin salir de Logroño, el Ayuntamiento, obra de Rafael Moneo; y saliendo un poco (15 kilómetros), el Museo Würth, en Agoncillo. Würth es una multinacional alemana que se dedica a comercializar “todo lo que sirve para fijar, unir, pegar y montar” (así dicen) y a fundar museos de arte contemporáneo en sus sedes, aunque estas se encuentren, como es el caso, en un polígono industrial. De modo que los empleados de la compañía trabajan viendo, a través de las cristaleras de sus oficinas, algunas de las 16.000 obras de Munch, Picasso, Magritte, Moore, Warhol, Botero, Chillida, etcétera, que el señor Reinhold Würth ha conseguido a base de vender tornillos y silicona. Con todo, no es lo más llamativo de Agoncillo. Lo más llamativo es aquel edificio solitario con cinco gigantescas barricas asomando sobre la cubierta. No son unas bodegas: es el aeropuerto de Logroño. Y los toneles, lucernarios.

Tampoco está lejos de la capital Navarrete (a 13 kilómetros), pueblo famoso por su cerámica (11 alfarerías hay, nada menos) y por los paseos a caballo que organiza Katherine, suiza afincada aquí desde hace 26 años. En Navarrete podemos terminar nuestro viaje galopando por los viñedos, como galopaban André de Foix y sus valientes cuando vieron que se acercaba el Séptimo de caballería castellano.

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