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SORIA. Siguiendo el GR-86

En el sureste de Soria, con la excusa de descubrir los enclaves más desconocidos del GR 86, nos espera Tierras de Medinaceli. Son paisajes de horizontes y texturas, de anécdotas labradas en la piedra y escondidas en lo alto de sus atalayas, de palomares abandonados y de aldeas mimetizadas en la orografía


En el sureste de Soria, con la excusa de descubrir los enclaves más desconocidos del GR 86, nos espera Tierras de Medinaceli. Son paisajes de horizontes y texturas, de anécdotas labradas en la piedra y escondidas en lo alto de sus atalayas, de palomares abandonados y de aldeas mimetizadas en la orografía. Cuenta también con coquetos pueblos de intensa historia y arquitectura suntuosa, acordes a su privilegiada y encrucijada ubicación.

Por Jordi Jofré (procedente de edición impresa Viajeros 164)

El GR-86, conocido también como el Sendero Ibérico Soriano, es una de las rutas más atractivas de la Península por su diversidad y riqueza paisajística. A caballo entre el Sistema Ibérico y el Central, siguiendo sus marcas rojas y blancas, se recorren más de 700 km que suponen un descubrimiento memorable todos los días. Las botas avanzan pausadamente, a veces pisando caminos carreteros, sendas vecinales o calzadas romanas; por la mañana, se camina por una pista forestal que se interna en un soberbio pinar para terminar la jornada saltando entre piedras que sirven de paso para cruzar un pequeño río. Hay cañones vigilados por buitres, panorámicas de alta montaña, acebales que compiten en belleza con hayedos y robledales, ermitas escondidas, historia a raudales…

Se destapa, además, la idiosincrasia de poblaciones de todo tipo, desde aldeas abandonadas a elegantes villas de castillos y monasterios, pasando por lugares donde la piedra, que antes era arquitectura popular, ahora casi puede ser considerada puro arte. Y silencio, mucho silencio, roto tan solo por las aves… Nos hallamos en Soria, donde uno puede caminar cuatro horas sin encontrarse a nadie para toparse consigo mismo cuando menos se lo espera.

Es todo un placer recorrer el GR-86. Pero también es un privilegio ya que se requiere un mes para completarlo. Por ello, hemos decidido en Viajeros tentarte con una escapada de fin de semana por una de sus zonas más desconocidas. Hablamos del tramo que recorre su punta sureste: Tierras de Medinaceli. Recuerda en ciertos puntos a las Bardenas navarras por sus formas selenitas y misteriosas; en otros, el verde retorna a los escenarios con el traje de soberbios sabinares para luego sorprenderte con el ocre de un abrupto cañón. Es una Soria singular y diferente, muy agradable para ser andada… y conducida.
 


Medinaceli y su entorno

Una buena amiga colecciona “pueblos bonitos” con el fin de sorprender a su madre el día de su cumpleaños. Los requisitos son los siguientes: cercanía a Madrid, que se coma bien y que el paseo de sobremesa sea agradable e ilustrador. Pues bien, Medinaceli puede, de sobra, pasar a formar parte de su lista.

Su posición física y política han hecho de esta villa un referente en el devenir de las diferentes culturas que fueron ocupando la Península Ibérica. Por ejemplo, de la época romana lo más reseñable es el Arco, con su singular triple arcada. Las gruesas murallas y el mosaico que se custodia en el Palacio Ducal (foto inferior, escultura en el claustro) nos hablan también de aquellos tiempos. Los musulmanes y el califato, por su parte, dejaron en herencia lo que actualmente es el cementerio (anteriormente castillo y alcazaba). La Puerta Árabe, sin embargo, pertenece a los años de la Reconquista, tiempos de repoblación y de coexistencia de culturas. Habrá que esperar un poco más para que uno de los condes del lugar, Luis de la Cerda, comience una época de esplendor en la que surgen gran parte de los edificios que nos acompañaran durante la visita. Las recias casonas blasonadas, la Plaza Mayor y sus inconfundibles trazos castellanos, el monasterio de Santa Isabel o la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción serán algunos de los protagonistas que nos sorprenderán mientras paseamos por su empedrado, rincones y callejones.



Desde Medinaceli, además, se divisan unas vistas de campeonato, con el valle del Jalón y del Arbujuelo a sus pies. De hecho, nos encaminamos a conocer parte del primero de ellos. Es la excusa que esgrimimos para subirnos al coche y disfrutar conduciendo a través de la antigua N-2. Es una carretera de las de antes que zigzaguea atravesando túneles y parajes solitarios, siempre con la vía del tren como referencia. Pasamos delante de Jubera, población que ya nos anticipa una de las virtudes de otras localidades de la zona: integrarse en el entorno. Después, aparecen en lo alto los buitres que aprovechan como hogar los recovecos del cañón por el que circulamos. Llegamos a Somaén y, ya al atardecer, paseamos por su Barrio Alto. Resulta muy agradable y, a pesar de estar reconstruido, deja buen sabor de boca gracias a la armonía conseguida entre el adobe y la piedra.

Cascadas, pájaros y aldeas

Un desayuno copioso es necesario para disfrutar de la jornada que se nos avecina. Nos dirigimos a Velilla de Medinaceli que se halla en un pequeño valle rodeado de suaves montañas. Allí, un cruce nos tienta con dos sugerentes propuestas: Urex o Avenales y Somaén (imagen superior). Optamos por la segunda opción. Avanzamos un poco más y cuando llegamos a Avenales, aparcamos. Comienza nuestra ruta que, en parte, pertenece a una variante del GR 86.

Nos hallamos en una aldea abandonada donde se puede curiosear –con cuidado, porque está en ruinas– y los primeros pasos, acompañados del perfume del tomillo y del espliego reinante, son más lentos porque la senda es tupida y cerrada; después, se despeja y aparecen con mayor claridad las oquedades del barranco que estamos descendiendo. De pronto, se distingue la ribera del río –se trata del arroyo del Salobral de Avenales– que intuíamos de oído. Es el momento en el que se disfruta caminando con, a un lado, las formaciones rocosas del cañón, y, al otro, la fresca ribera que nos marca el camino. De esta manera, este enclave es habitado tanto por ejemplares de buitre leonado o halcón peregrino y, entre otros, mirlos acuáticos. Dicen los que saben que esta variante del GR 86 es una de las más interesantes de esta zona, así que parece que hemos acertado. Termina la misma cruzando la vía del tren y ya saludamos de nuevo al pintoresco Somaén. El camino de vuelta es igual de agradable y te permite disfrutar del recorrido fijándote en otro tipo de detalles igual de interesantes.

Cuando alcanzamos el cruce del que hablábamos al principio del epígrafe, en Velilla, recordamos el consejo de un lugareño que nos instó a conocer La Chorronera. La cercanía (camino a Urex, unos 900 metros) y la singularidad del lugar nos anima a andar un poco más. Se trata de unos saltos de agua del Río Blanco que han sido utilizados durante años para producir energía, como bien atestigua la caseta de luz que nos sirve de referencia para encontrar esta pequeña cascada. Sus aguas frescas sientan de maravilla y regalan a nuestros pies (un tanto entumecidos por el roce de las botas) un merecido descanso.


Santa María de Huerta, ¿quién vive ahí?

Asentada desde mediados del siglo XII en la vega del Jalón, el monasterio de Santa María de Huerta es una visita ineludible en la zona. Es un catálogo del arte cisterciense, caracterizado primordialmente por su desnudez y sobriedad. Antes de entrar en su interior, sorprende el gran rosetón que corona la fachada de la iglesia. La visita prosigue con el claustro herreriano (donde habitan actualmente los monjes) y la iglesia. Aquí uno se puede detener lo que el cuerpo –y el espíritu– le pida para admirar las pinturas, el retablo, los sepulcros y el coro. Se continúa por otro claustro, de trazos góticos en este caso, y a partir de aquí se empieza a conocer el antiguo modus vivendi de la comunidad. Las estancias más recordadas por casi todos son el refectorio y la monumental cocina.

La trayectoria y belleza de este monasterio es apasionante, pero a nosotros también nos interesan las historias humanas. Y estamos de suerte porque nos recibe Israel, un monje de 35 años que vive aquí desde hace más de una década. Mientras nos relata su día a día, donde casi nada se deja a la improvisación, sus teléfonos (lleva dos móviles) suenan varias veces. No es extraño, entre sus funciones se encuentra ser portero, aparte de hacerse cargo de la biblioteca, las finanzas y estudiar (otros se afanan, por ejemplo, en cuidar del huerto y en elaborar mermeladas). A la hora de despedirnos, nos deja su correo electrónico para enviarle las fotos que hemos tomado y descubrimos que también dispone de Facebook y Skype. Religioso, sí, pero del siglo XXI.
 


Conductores andarines

Tomamos de nuevo el coche rumbo a Chaorna que, cual camaleón, se integra en la roca del entorno con un exacerbado mimetismo. Es piedra y cuestas, es silencio y paz, es un lugar donde se han tenido que comer infinidad de migas con chorizo y donde hoy el número de vecinos debe ser realmente pequeño. Su fuente de tres caños y agua helada invita a quedarse un rato. Nos sentamos en un banco de madera, sacamos el bocadillo, levantamos la vista y un cartel nos informa de que nos hallamos al lado de la puerta de la fragua. No aspiramos a mucho más en nuestros viajes. ¿Simpleza? Tal vez valoramos la magnificencia de lo pequeño.

Y nos dirigimos a Judes. El pueblo se merece un paseo –existe una laguna cercana que, cuando tiene suficiente agua, es muy recomendable ser visitada–, el anticipo de nuestra caminata. Siguiendo las huellas del GR la idea es alcanzar Iruecha. La senda es algo más complicada y tupida al principio, con una bajada pronunciada. Nos reciben unos ejemplares de sabinas memorables, de porte y tamaños distinguidos. Después, el horizonte se abre junto a la pista forestal que debemos de seguir. Vamos ganando en altitud que luego perderemos cuando el GR nos invite a continuar por un camino cada vez más estrecho. Decidimos dar media vuelta para recoger el coche en el punto donde lo dejamos. Si quisiéramos continuar hasta Iruecha (el final de la etapa), desde Judes, se necesitan alrededor de dos horas y media. Volvemos por donde hemos venido; igual, pero un poco más contentos, habiendo saboreado las mieles de la Soria más desconocida.

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