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SEGOVIA. Perdida entre leyendas

Las murallas de Segovia circundan un mundo de cuento. El Alcázar y el Acueducto, como protagonistas, y decenas de otros edificios medievales conforman la panorámica del casco histórico, por donde tantos reyes se han paseado. Más abajo y rodeándolo, los ríos Eresma y Clamores dan forma a uno de los recorridos más evocadores a la sombra de los árboles.


Las murallas circundan un mundo de cuento. El Alcázar y el Acueducto, como protagonistas, y decenas de otros edificios medievales conforman la panorámica del casco histórico, por donde tantos reyes se han paseado. Más abajo y rodeándolo, los ríos Eresma y Clamores dan forma a uno de los recorridos más evocadores a la sombra de los árboles. Sí, nos encontramos en Segovia: bienvenidos.

Por Amaya González y Jordi Jofré (versión reducida procedente de edición impresa de Revista Viajeros)

Las piedras milenarias del acueducto me dan la bienvenida. Afino mi oído y me doy cuenta de que me están hablando: “Si conocerla en un fin de semana es tu deseo, escucha las leyendas de cada rincón”. No me preocupo por el hecho de que unos seres inertes hablen –ya me habían avisado de que esto en Segovia ocurre–. Simplemente, sigo su consejo, ya que la edad con la que cuentan les confiere cierto respeto y me dejo invadir por el halo misterioso de la ciudad castellanoleonesa.


El rumor del Acueducto

Cada día la muchacha tenía que traer el pesado cántaro lleno de agua hasta su casa. La tarea le parecía insufrible y una tarde, las fuerzas le abandonaron y desesperada gritó: “Daría lo que fuera por no tener que repetir este trayecto”. El demonio entonces se relamió: “¿Estás segura de que cualquier cosa?”. “Completamente” respondió la chiquilla. El Diablo le prometió entonces que, a cambio de su alma, él conseguiría que el agua llegara hasta la ciudad. La joven añadió: “Si lo logras antes de que amanezca, de acuerdo”. Cuando el gallo anunció la mañana, un alarido resonó por las calles: el Mal no había logrado su objetivo a falta de una piedra. Así, el espíritu de la manceba quedó libre y la colosal obra, insignia hoy de la ciudad, marca una de las entradas al casco urbano. El Acueducto construido sin grúas, robots ni artilugios supersónicos lleva en pie desde la época de Trajano en el siglo I y, con sus casi 30 metros, es considerado una de las mejores obras de arquitectura civil de todos los tiempos. Llevada por las voces que hablan en un tono muy bajo, paseo por la calle Real. Mis pies se paran frente a una panorámica que se abre a la sierra de Navacerrada. La conocida como la Montaña de la Mujer Muerta se perfila ante mí. Según me cuentan mis esporádicas acompañantes, su origen se debe a la lucha de dos hermanos muy avariciosos por el poder. Una vez, comenzaron una pelea enfervorizada, la madre ofreció su vida a cambio de la de sus hijos. Dios la escuchó, aceptó su sacrificio y cubrió con nieve su cuerpo. A partir de entonces habría un monte donde, con anterioridad, sólo existía una llanura.

Mis eventuales guías me hacen girar hacia la derecha y aparece la Casa de los Picos. El nombre hace alusión a su fachada decorada con piedras en esta forma. La mayoría de estas ornamentaciones apuntaladas se encuentran en muy mal estado y rotas. La razón la explica un mito que decía que en el interior de uno de los 365 adornos se escondía un tesoro y, claro, muchos fueron los que intentaron encontrarlo.


Mientras paseo por su entramado, puedo contemplar iglesias, palacios, torreones, conventos e incluso cárceles donde la sangre más noble estuvo prisionera –Álvaro de Luna se encuentra entre sus huéspedes–. Sin embargo, muchos han transformado su utilidad y hoy son bibliotecas, salas de exposiciones...

Las vías me dirigen hacia la plaza Mayor donde la Catedral me saluda. Los rasgos de la impetuosa construcción desvelan su origen gótico tardío y me recuerdan el poder del que gozó la ciudad antes de que todo el protagonismo fuera arrastrado al Sur con el descubrimiento europeo de América. Mis nuevas amigas pasan a comentarme una curiosidad sobre el templo religioso de San Miguel que se sitúa enfrente: “Isabel La Católica fue coronada aquí Reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474, el día de Santa Lucía, patrona de los ciegos”.

Prosigo mi periplo hasta otro de los monumentos estrella de Segovia: el Alcázar. Todo tipo de cuentos sobre damas enamoradas y príncipes azules –de esos que parecen no existir– cruzan mi mente cuando contemplo sus torres puntiagudas. Mis sorprendentes amistades todavía no me han abandonado y me descubren algunas de las historias que corren de boca en boca entre los oriundos. “Este lugar ha sido protagonista de tenebrosos sucesos. Uno de ellos cuenta que el infante Don Pedro se encontraba jugando en una de sus estancias, cuando, en un descuido de su cuidadora, se cayó al precipicio de uno de los pasos fluviales. La niñera asustada y llevada por la pena se tiró detrás suyo despeñándose junto al joven. Desde entonces, mucha gente se atreve a afirmar que su alma anda desconsolada por las salas de la inexpugnable fortaleza”.

También comentan entre ellas que otros muchos acontecimientos truculentos tuvieron lugar en su interior. Me avisan de que existen unos calabozos donde importantes enemigos de la Corona pasaron años confinados. Una escalera de caracol estrecha y con 152 escalones –que pasan a ser calificados como odiosos cuando vas por el 150– me conduce a una de las mejores panorámicas de la ciudad. Me hallo en lo alto de la torre Juan II de 80 metros de altura. Desde aquí, la vida parece más fácil o, por lo menos, más bella. Mi mirada domina el paisaje: la Catedral, la iglesia de San Martín, la de San Lorenzo, etc. “En una de las torres del norte, Alfonso X el Sabio se dedicaba a observar el firmamento” añaden antes de bajar las interminables escaleras.



Persiguiendo los sonidos que no se cansan de revelarme secretos de la ciudad, atravieso la muralla por el norte, dejando atrás el casco antiguo: plazas memorables quedan a mis espaldas como la de M. Fromkies que presume de una magnífica acústica para los conciertos al aire libre, la del Conde Cheste o la de Alcuente.

Me aproximo a la ribera del río Clamores y al Eresma. Los árboles y el murmullo del agua se unen para crear ese paisaje tan evocador de las tierras castellanoleonesas, ese que te permite entender mejor en qué se inspiró Antonio Machado para crear parte de sus versos o por qué San Juan de la Cruz debe a estos valles su obra Llama de amor viva. En honor del primero, se ha habilitado una casa- museo y los restos del segundo de ellos yacen en el convento de los Padres Carmelitas. Gómez de la Serna, Pío Baroja, Unamuno o la más actual María Zambrano también dejaron su huella aquí.

Vera Cruz, centro energético

En sus cercanías es el momento para aprovechar y acudir a un reconocido centro magnético: la iglesia de Vera Cruz. De planta dodecagonal, posee en el centro un edículo formado por cuatro vanos, cada uno de los cuales dirigido a un punto cardinal. Justo en el centro, marcado por la intersección de dos líneas, es donde centenares de personas acuden a cargarse de energía y se quedan ensimismadas durante horas, como el celador del templo me confirmó. Mientras cierro los ojos e intento concentrarme en recibir estos impulsos, las voces continúan su discurso. Esta vez cuentan que en este campanario las aves no se posan ni anidan jamás. Parece ser que un caballero de la orden de Malta halló la muerte y sus compañeros le dejaron durante la noche descansar en el interior. Al volver por la mañana los córvidos habían despellejado el cadáver. El prior puso el grito en el cielo y lanzó una maldición a las aves que nunca más, hasta el día de hoy, volvieron. Nadie de los alrededores ha observado ninguna. Extraño...



Aún me faltaban muchos lugares que visitar, pero me decido por finalizar el fin de semana con la iglesia de la Virgen de la Fuencisla. Fue aquí donde escuché la última de las leyendas. Aprendí que esta santa era la patrona y entendí el porqué de escuchar tanto el nombre de Fuen mientras deambulas por las calles segovianas. La protagonista era una judía conversa, odiada por los de su excreencia. Fue culpada de adulterio y castigada a morir despeñada. Antes de que su cuerpo cayera al vacío, se encomendó a la Virgen y cuando la empujaron unas alas salieron en su ayuda y la sostuvieron en el aire. Por ello aquí establecieron el templo y ella, así, se convirtió en la patrona de la ciudad.
Con este último relato, las voces van desapareciendo –menos mal, no me he vuelto loca– y yo voy acercándome a la realidad. Vuelvo a la villa amurallada recorriendo el paseo de Santo Domingo de Guzmán, paralelo al Eresma, recordando los sentimientos que me han sobrecogido en cada emblemático lugar y echando en falta todos aquellos que no he podido visitar... No importa, mañana Segovia y sus piedras me seguirán esperando.

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