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LA RIBAGORZA. Paraíso de Aragón

Desde el hielo de los últimos glaciares ibéricos hasta la dulzura plateada del olivo: La Ribagorza, un país donde el tiempo y el sol, para acoger al viajero, se detienen en los muros de las fortalezas y de las iglesias olvidadas entre gargantas por donde corren las aguas que vienen de las nieves. El paraíso natural de Aragón

Antes era una cosa secreta, clandestina. Parecía que estaban traficando con algo prohibido. Lo hacían los lunes. Llegaban de toda la comarca y de sitios más lejanos para comprar y vender.

Era por la noche. Los veías por los bares, bebiendo, hablando de cualquier cosa. Por fin, ya de madrugada, cerraban los tratos: los compradores desembolsaban el dinero y los vendedores entregaban la mercancía. Ahora el mercado se celebra los sábados y todo el mundo puede verlo, cualquiera puede comprar.

Hablamos del mercado de trufas de Graus, capital de la Ribagorza y una de las plazas principales en este comercio. Hoy es una villa con cierto aire toscano, como revestida de una tradición cultural que suavizó, con frescos en los muros y capiteles corintios, la aspereza de las sierras vecinas. Las pinturas se encuentran en la Plaza Mayor, una especie de salón coqueto cerrado entre fachadas elegantes donde la figura del Gran Arquitecto del Universo parece meditar mientras contempla los frontones clásicos de la Casa de Bardaxí. Los capiteles enmarcan el atrio de la Basílica de la Virgen de la Peña, el templo que domina la villa desde los riscos de la peña del Morral.


Merece la pena, después de pasear por la calles y por la plaza de Graus, ascender hasta la Virgen de la Peña. Desde el belvedere de las columnas helicoidales se contempla, junto a las casas del pueblo, la unión de los ríos Isábena y Ésera y, mirando hacia el sur, la lámina de plata de las aguas represadas en el embalse de Barasona.  Caminando un poco más, se puede ascender a la cumbre del Morral para ver buena parte de Ribagorza: a nuestros pies el conjunto del santuario y el apretado caserío, los ríos que unen sus cursos, los campos escalonados y las vegas; más allá, las montañas, al principio tímidas, después soberbias.


La Ribagorza, comarca situada en Huesca y limítrofe con Francia, es un país de montañas. Presume de las cumbres más elevadas de los Pirineos y tener algunos de los pocos glaciares que quedan en la cordillera. Hablamos de un territorio muy extenso y poco poblado. Con casi 2.500 kilómetros cuadrados es más grande que la provincia de Vizcaya, pero sólo cuenta con 12.000 habitantes repartidos en un centenar de pueblos. Está recorrida, de norte a sur, por tres ríos: el Ésera, el Isábena y el Noguera Ribagorzana. Sus tres valles paralelos se encuentran surcados por carreteras que discurren junto a los cauces fluviales. Estos ejes de comunicación, que siguen una dirección norte sur, van bien para que el viajero organice en su cabeza el territorio.
 

El Ésera y sus puentes

El río Ésera tiene sus fuentes en los Montes Malditos, al pie del Aneto, y entrega sus caudales al río Cinca aguas abajo de Graus. Desde la capital de Ribagorza la carretera asciende siguiendo su curso. Para cruzar a los pueblos del otro lado hay varios puentes medievales. Los más atractivos son los de Perarrúa y Besiáns, especialmente este último.

La villa de Campo, por su parte, destaca por las posibilidades que ofrece para practicar deportes de aguas bravas, como el rafting, kayak o hidrospeed. Pero no todo es adrelanina aquí. Históricamente cabe decir que perteneció a los monjes de San Victorián y presenta un casco urbano con calles rectas y perpendiculares: los antiguos monjes planificaron el urbanismo, hace quinientos años, con criterios racionales. Las mismas directrices guiaron la construcción del poblado de Seira en la primera mitad del siglo XX, cuando la explotación de los recursos hidroeléctricos trajo nuevos pobladores a estas montañas. Tras atravesar El Ventamillo, un oscuro desfiladero en cuyo fondo brama el río, se alcanza El Run. Cerca se halla la ermita de la Virgen de Gracia y su humilde campanario que se alza sobre la nave y los arquillos lombardos que decoran el muro, semejando un encaje delicado entre la frescura salvaje del bosque y la rudeza de las rocas.

De Benasque se ha dicho todo: es la capital de los tresmiles, el centro de las grandes excursiones de montaña y del esquí. Si se continúa por la carretera hasta alcanzar el antiguo Hospital de Benasque, el viejo albergue levantado en la Edad Media para acoger a los caminantes que cruzaban la cordillera, se llega al punto desde el que parten multitud de rutas senderistas. Hay caminos para todos, tanto para los que aman el riesgo de las ascensiones que requieren buena preparación, como para quienes quieren caminar con la familia por veredas que conducen a cascadas espectaculares mientras se avanza por la frescura misteriosa del bosque.

 

De Capella a Obarra

El río Isábena no nace como el Ésera en las nieves eternas del eje pirenaico sino un poco más al sur, en las cumbres cubiertas por praderías alpinas donde pastan durante el verano los ganados trashumantes. También debe atravesar un congosto para abandonar las montañas de su cuna antes de besar los pies del monasterio de Obarra –románico lombardo– y adentrarse en las sierras, de conglomerados rojos y de margas grises, camino de Graus, donde entrega sus caudales al Ésera. Si partimos de su desembocadura para ascender hasta sus fuentes, pasaremos primero por Capella, el pueblo del puente más hermoso de la comarca: perfil alomado, con siete ojos, para componer una estampa que parece resumir toda la historia medieval de los caminos.

La joya de este valle está en Roda de Isábena, la vieja sede episcopal de los condes ribagorzanos que hace mil años dijeron: ya tenemos un Estado, ahora queremos una catedral y un obispo. Y mandaron construir la iglesia de tres naves donde duerme la austera religiosidad de aquellos tiempos duros. La antigua catedral hace evocar la historia: la oscuridad medieval, los condes guerreros, el obispo Odisendo de sonoro nombre y San Ramón, el obispo perseguido a muerte por el oscense Esteban, su hermano en el episcopado.

Noguera Ribagorzana

En Benabarre, antigua capital desde donde los condes de Ribagorza administraban el señorío más extenso del reino de Aragón, el casco urbano cuenta con un gran número de pasadizos y de soportales que dotan al conjunto de un aire evocador. La mole restaurada del viejo castillo, cien veces recompuesto desde el siglo XI hasta nuestros días, preside el pueblo.

Olvidados castillos medievales y silenciosos pueblos antiguos en los que las casas de los dos lados de la calle se enlazan mediante pasadizos, alternancia misteriosa de luces y de sombras en vías toscamente empedradas, iglesias románicas, puentes tendidos sobre torrentes a veces secos y a veces impetuosos, olivos trepando por los bancales que escalonan las laderas, montes cargados de silencio solo roto por el ruido del caudal del río que se abre paso por el fondo de precipicios espectaculares: he aquí los paisajes de la Ribagorza más oriental, los que se pueden contemplar desde lo alto de la gigantesca torre cilíndrica del castillo de Viacamp.

El Noguera Ribagorzana ha de labrarse su camino abriendo desfiladeros. El más llamativo es el de Montrebey, que puede recorrerse caminando por una senda espectacular tallada en la roca. Más arriba el de Escales se prolonga enlazando el muro de una gran presa y el viejo monasterio medieval de Alaón, del que se conserva en Sopeira la majestuosa iglesia románica con tres ábsides.

 

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