Textos y fotosPepa García y Oscar Checa
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ALEMANIA. Friburgo y la Alta Selva Negra

Disfrutar de una agradable escapada en este rincón germano es tan sencillo como dejarse llevar por la tranquila vida de provincias de Friburgo combinada con la desbordante naturaleza de la Alta Selva Negra. No puede haber un tándem mejor.

La ciudad alemana de Friburgo nos transmite armonía y serenidad, una especie de sabiduría que sólo las urbes más longevas son capaces de mostrar con naturalidad. El tiempo ha situado cada cosa en su lugar y hoy día su agenda está ocupada por cuestiones tan importantes como el cuidado del medio ambiente, la sostenibilidad y el bienestar de sus habitantes. Hay quien asegura que es el modelo a imitar por otras urbes germanas en su camino a convertirse en una ciudad verde (de hecho ésta obtuvo el reconocimiento mundial de Green City). Además de por sus atractivos, Friburgo (capital de Brisgovia) es un enclave privilegiado por su cercanía a lugares como la Selva Negra y a países como Francia y Suiza. En una escapada de cuatro días habría que conformarse, y no es poca cosa, con visitar Friburgo y la Alta Selva Negra.

Una belleza discreta

La cultura, la gastronomía, los paseos y las compras son los cuatro ejes sobre los que giran las mejores propuestas turísticas de Friburgo. Su belleza discreta y sin artificios, los sonidos, los colores y aromas dirigen nuestros pasos por museos y terrazas con calma, sin prisas ni estrés.

La historia de esta ciudad, que fue fundada en el siglo XIII por los duques de Zähringen y perteneció a los Habsburgo de Austria entre 1388 y 1805, se percibe al observar las ricas fachadas del casco antiguo que muestran el estatus de sus antiguos propietarios. Estas vías, muchas de ellas adoquinadas con guijarros del Rhin que forman mosaicos, son recorridas por pequeños canales de agua cristalina. Estos riachuelos, que ahora hacen las delicias de los niños más traviesos y de algún perro que aprovecha para refrescarse, se crearon para abastecer de agua a la ciudad y como pequeños cortafuegos (los incendios eran muy comunes en estas casas de estructura de madera). La tradición dicta que todo aquel que introduce el pie en uno de ellos regresa a este lugar o bien contrae matrimonio con alguna persona autóctona.

En el núcleo histórico algunos barrios y edificios llaman inevitablemente la atención y atraen las miradas. Uno de ellos es la Catedral, de cuya torre el escritor e historiador de Basilea, Carl Jakob Burckhardt, dijo que era la “más bella de la cristiandad”. Aunque algunos estudiosos aseguran que estas palabras se habían sacado de contexto, lo cierto es que impone con sus 116 metros de altura. Es conveniente entrar para admirar sus magníficas vidrieras. En la misma plaza de la Catedral (Münsterplatz) no pasan desapercibidos unos antiguos almacenes –construidos a mediados del siglo XVI por Lienhart Müller– de color rojizo, con torres, escudos, ornamentación dorada y esculturas de Hans Sixt von Staufen.


Para palpar la auténtica vida cotidiana lo más indicado es dirigirse al mercado ubicado junto a la Catedral. El trasiego de viandantes y las voces de compradores y vendedores se funden sin estridencias. La fragancia de frambuesas, flores y especias compite con el aroma de las Lange Rote, unas salchichas de 28 centímetros que provocan el “delirio” de quien las prueba. Prohibido marcharse sin acercarse al puesto de toldo amarillo de Stefan (www.stefans-kaesekuchen.de), donde se vende una exquisita tarta de queso.

Para descansar de la algarabía del mercado una sugerencia podría ser visitar la Alte Wache (o Casa del Vino de Baden), un establecimiento donde degustar y adquirir un buen vino local. Una comida maridada en su terraza al atardecer puede marcar la diferencia entre el ajetreo de sumar monumentos en nuestro carnet de turista y gozar de los pequeños placeres que nos depara una escapada.

Con un encanto similar a Münsterplatz, la placita del Ayuntamiento es otro lugar encantador donde se alzan la iglesia gótica Martinskirche y los dos consistorios (el antiguo y el nuevo). En el antiguo (formado por varias construcciones del siglo XVI) está ubicada la oficina de turismo; el ayuntamiento actual se halla en un edificio renacentista reformado a finales del siglo XIX donde antaño se encontraban dependencias universitarias. Si se pasa a las 12 de la mañana se podrá escuchar su carillón. En el centro de este concurrido espacio y rodeado de terrazas se alza una fuente con una escultura que representa a Berthold Schwarz, un monje franciscano alquimista al que se le atribuye la invención de la pólvora. Su historia está tallada en la base de piedra.


En Friburgo la cultura también se instala en los museos. Hay algunos tan interesantes como el de Arte Nuevo, el Adelhauser, el Arqueológico “Colombischlössle” y el de la Historia de la Ciudad, si bien, el más sorprendente es el Museo de los Agustinos, tanto por su magnífico envoltorio en un antiguo monasterio (siglo XIII) reformado y ampliado según cánones modernos por el arquitecto Christoph Mäckler como por su impresionante colección de arte sacro, que abarca desde la Edad Media al Barroco, y algunas muestras singulares del siglo XIX. 

Muy cerca de este museo se encuentra uno de los antiguos suburbios de la ciudad, el llamado Barrio de los Caracoles (o Schneckenvorstadt), donde calles como Gerberau y Fischerau se disputan el honor de poseer los  rincones con más encanto. Pequeñas y originales galerías de arte, terrazas y tiendas de artesanía tientan al transeúnte.


La Alta Selva Negra o la tierra del reloj de cuco

Dejamos Friburgo disfrutando del sol de otoño para desplazarnos a la denominada “tierra del reloj de cuco”, ya que aunque este no fue el primer lugar donde se comenzó a fabricar este objeto sí es donde más se ha popularizado. Menos de una hora en coche separa ambos enclaves pero el contraste es tan intenso que parecen formar parte de mundos diferentes. El urbanismo cuadriculado de la ciudad deja lugar a carreteras serpenteantes flanqueadas por altas montañas, densos bosques y caseríos rurales con pintorescas iglesias que suscitan halagos a nuestro paso. Muchos de estos pueblos parecen gigantescos portales de belén. Los riachuelos y el humo de las chimeneas completan este cuadro digno del pintor alemán Wilhelm Hasemann cuyo pincel inmortalizó los paisajes y la vida sencilla de la Selva Negra a finales del siglo XIX (en el Museo de los Agustinos se exponen algunas de sus obras).


El corazón de esta región es bombeado a diario por el buen hacer y la excelencia de sus habitantes. El entusiasmo y dedicación a sus tareas particulares es digna de mención. Uno de ellos es Peter Eckhardt, un artesano del vidrio de cuyas manos surgen con exquisita sencillez piezas únicas. Las frágiles formas y colores se balancean del techo de su tienda-taller Glaskunst Altglashütten mientras él se concentra en la fusión del vidrio que, a más de 1.500 ºC, no ofrece resistencia. Las estrellas, ángeles, copas y collares comparten protagonismo con sus demostraciones en directo. La naturaleza que se atisba desde la ventana del taller alcanza su máxima expresión en el monte Feldberg que, con sus casi mil quinientos metros, tiene el honor de ser la mayor cumbre de la Selva Negra. Las vistas desde la cima, a la que se accede por medio del teleférico Feldbergbahn (los más deportistas pueden subir andando), son magníficas. En el interior de la torre-mirador que culmina el monte se sitúa una interesante sala dedicada al jamón ahumado (un producto típico de esta zona). Bien cargados de oxígeno bajamos poco a poco intentando retener las múltiples tonalidades de verdes el mayor tiempo posible.

Ese color verde nos acompaña a los pies de Feldberg, justo donde se halla la cascada de Menzenschwand, una serie de saltos de agua a los que se accede sin dificultad y que cuenta con cómodas escaleras en los tramos más empinados. La pequeña ruta que lleva hasta esta catarata se puede iniciar en el Café Zum Kuckuck donde, de paso, recomendamos degustar un café con la famosa tarta Selva Negra. Este acogedor local cuya cocina se basa en productos de temporada y recetas tradicionales, ha sido decorado con mimo por sus dueños que hacen sentir al cliente como en su propia casa.

Como ya hemos mencionado anteriormente, el respeto por la naturaleza es un valor intrínseco a los habitantes de esta región, y esto se percibe incluso en su campo de golf (Golf Club Hochschwarzwald), de 9 +6 hoyos, donde se respetan y protegen los biotopos. Las formas onduladas del terreno se combinan con zonas donde las plantas autóctonas campan a sus anchas y otras donde los árboles observan el entorno desde su privilegiada altura.


Un paseo relajante por el lago Titisee

Los valles y poblaciones que rodean Feldberg merecen que se reserve unos días para disfrutar sin prisas de los lagos Titisee y Schluchsee, visitar algún taller de relojes de cuco y la imponente iglesia de la ciudad balnearia de St. Blasien. El lago Titisee con sus tranquilas aguas se presta a recorrerlo en alguna de las barcas que realizan su travesía por todo el perímetro o incluso si nos atrevemos en canoa (en su punto más ancho alcanza unos dos kilómetros). Es una buena forma de admirar la naturaleza circundante y los edificios que lo jalonan (hoteles, algún palacete, zona de acampada, etc.). Los senderos también son recorridos, a pie o en bicicleta, tanto por gente local como por turistas. El lugar del que parten las embarcaciones, el pueblo de Titisee-Neustadt, dispone de diversos establecimientos turísticos (hoteles, restaurantes, comercios, oficina de turismo). Entre ellos es interesante acercarse a la tienda-taller de relojes de cuco de la familia Drubba (quienes también regentan un barco de paseo en el lago y el hotel-boutique Alemannenhof). Estas pequeñas joyas fruto de la paciencia de los artesanos (se emplean más de dos meses en la fabricación de uno) son uno de los recuerdos más demandados en la región.

La visita más espiritual la hemos dejado para el final, se trata de la iglesia de St. Blasien, un templo barroco de impresionantes dimensiones que sorprende por la ausencia de decoración y la blancura de su interior en contraposición a la oscuridad y recogimiento habituales.

Tras unos días gozando del contacto con la naturaleza y la calidad humana de sus habitantes, resulta difícil despedirse de la Alta Selva Negra. Tendremos la precaución de introducir un pie en uno de aquellos canales de Friburgo para tener asegurado el regreso.


 

Rreportaje completo en Viajeros 174
 

Texto y fotos: Editorial Viajeros

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Texto y fotos: Javier Mazorra y Weimar GmbH

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