Textos y fotos Javier Mazorra y Editorial Viajeros
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Sudáfrica, la esencia del sur de África

Nadie debería irse de este mundo sin haber tenido una experiencia en África. Y seguramente no hay mejor lugar donde bautizarse que en el sur del continente donde, gracias a una historia tan convulsa como rica desde un punto de vista sociológico y cultural, el impacto que se recibe es estremecedor. ¿Nos acompañas a Sudáfrica?

No es ninguna casualidad que la República Sudafricana se conozca como el País del arcoíris. Su población sigue siendo absolutamente heterogénea, conservando cada grupo sus propias señas de identidad. Por otra parte, pocos destinos en el mundo pueden competir con la espectacularidad de sus parques nacionales –donde no es difícil conocer de cerca, en plena naturaleza, a los Cinco Grandes–, con el esplendor de sus grandes ciudades, sus cientos de kilómetros de playas impolutas y la magnificencia de sus paisajes; y todo ello sin tener que vacunarse contra ninguna enfermedad tropical, ni apenas correr riesgos sanitarios. Si a todo eso unimos un clima templado y un nivel de comodidades y servicios comparables al que se pueda recibir en Europa, sin duda, no hay otro lugar más apropiado para hacer un primer viaje a este todavía misterioso continente.

Sería ingenuo pensar que en un par de semanas se puede conocer lo mejor de Sudáfrica, pero sí da tiempo para descubrir la esencia del lugar, sus inmensos contrastes e incluso asomarse a otros países cercanos, como al delicioso Suazilandia que parece anclado en una extraña burbuja del tiempo, a Zimbabue, donde se puede disfrutar en toda su grandeza de las célebres cataratas Victoria, o a Botsuana y su Parque Nacional de Chobe. Cualquier momento del año es bueno para visitar esta parte del planeta pero al encontrarse en el hemisferio sur, su verano corresponde con nuestro invierno, por lo que hasta mayo o junio se dan las condiciones perfectas.



Johannesburgo, puerta de entrada

El punto de entrada es casi siempre Johannesburgo (o Jo’burg, como se la conoce allí). Es una gran capital, tan compleja como fascinante. Es cierto que hay barrios que todavía pueden ser muy peligrosos pero el viajero en general no va a tener ningún problema si actúa con sentido común. La mayoría de los hoteles se encuentran en la zona norte donde vive la población blanca y también se concentran los grandes centros comerciales, vale la pena también aventurarse por otras zonas como Melville, Greenside o Norwood, cuajados de restaurantes y lugares donde tomar una copa. Incluso puede darse una vuelta por Newtown donde se están viendo los primeros brotes para regenerar el deteriorado centro histórico en lugares como el Market Theatre. Tampoco hay que olvidarse de Soweto, una metrópolis en sí misma y, sin duda, uno de los lugares más carismáticos de todo África. La extrema pobreza todavía está presente en algunas zonas pero ya hay grandes mansiones y sobre todo muchos puntos curiosos para el viajero. Sus centros culturales, restaurantes y bares nos adentran en la nueva Sudáfrica.

Johannesburgo se encuentra en la provincia de Gauteng que, a pesar de representar solo algo menos del dos por ciento de la superficie del país, concentra el treinta y cinco por ciento de su PIB, además de la décima parte del de todo África gracias a sus minas de oro y platino y de otras muchas actividades y riquezas. Aquí también se encuentra Pretoria, la capital administrativa del país y una parada obligatoria en casi todos los circuitos turísticos. A sólo 50 kilómetros de la mega urbe sudafricana, conserva muchos de sus grandes monumentos e instituciones de la época colonial, sobre todo en el entorno de la emblemática Church Square. Se puede ver de un solo vistazo el antiguo Parlamento, el Old Capitol Theatre, el First National Bank, el Palacio de Justicia (donde se condenó a cadena perpetua a Nelson Mandela), Correos y el pintoresco Café Riche, donde se encuentra el Centro de Información Turística. Después hay que acercarse al imponente Monumento Voortrekker, el lugar sagrado para muchos afrikáneres, término con el que se conoce a la población blanca de origen holandés que llegó al país en el siglo XVII.


El parque Kruger, la estrella del lugar

En Pretoria no se suele hacer noche normalmente, se sigue camino a la provincia de Mpumalanga, dominada por las planicies de Lowveld y rodeadas a su vez por las montañas del Dragon o Drakensberg, donde se encuentran cimas que rondan los tres mil quinientos metros de altitud. Aunque el principal objetivo de los viajeros es el Parque Kruger, vale la pena pernoctar de camino en un lugar histórico como Pilgrim’s Rest. Declarado Monumento Nacional, nos da una idea de cómo podían ser los pueblos mineros relacionados con la fiebre del oro a finales del siglo XIX. A la mañana siguiente no hay que perderse desde la Ventana de Dios o God’s Window el cañón de treinta kilómetros de largo del río Blyde, sin duda uno de los atractivos naturales más impresionantes del país africano. Un lugar para explorar a pie con detenimiento y calma pero que quizás hay que reservar para un segundo viaje.


Hay otros magníficos parques por todo el cono sur de África pero ninguno es comparable al Kruger, justamente famoso por su tamaño (350 km de largo por 65 de ancho), por la diversidad de fauna y flora que guarda, por su modélica política de conservación y por el fácil acceso. Un día no alcanza para recorrerlo por completo pero está bien organizado y nadie, con el tiempo justo, sale desilusionado y sin ver elefantes, leones, leopardos, búfalos y rinocerontes. Además, cuenta con otras muchas especies en medio de un paisaje de acacias y sicomoros tal como lo había siempre imaginado y visto en películas. Cabe decir que, aunque los recorridos se hacen obligatoriamente en 4x4, se disfruta con la visión de los animales.
 

Antes de volver a la civilización, es muy recomendable adentrarse en Suazilandia, un diminuto país enclavado dentro de la República Sudafricana pero fronterizo también con Mozambique, donde nada parece haber cambiado desde hace cientos de años. Su red viaria y la calidad de sus hoteles es más que aceptable pero, por lo demás, vive felizmente anclado en el pasado, cultivando sus costumbres ancestrales y manteniendo una monarquía a la vieja usanza africana. Desde un punto de vista paisajístico es una pequeña maravilla, dominando las montañas y con una vegetación exuberante. Aunque hay muchas reservas y parque naturales de mayor interés, los viajes organizados sólo incluyen el Valle Real de Ezulwini, donde también se encuentra el antiguo Palacio Real de Embo y el Museo Nacional que nos resume la historia y la cultura del país.

Inmediatamente al sur de Suazilandia se entra en el país de los zulúes, una de las culturas más interesantes de Sudáfrica. Los principales puntos de interés se encuentran en el entorno de Ulundi, la antigua capital de este imperio de guerreros. Allí se puede visitar el Parque Patrimonial de Emakhosini Ophate, donde yacen enterrados sus grandes reyes o jefes tribales, y el Museo KwaZulu, pero también centros más turísticos como Shakaland que se creó como escenario para la película Shaka Zulu y donde ahora es posible tener una experiencia zulú e incluso alojarse en una de sus cabañas.



Largas y tranquilas playas

Zululandia es también la perfecta puerta de acceso a algunas de las mejores playas de Sudáfrica. Se puede comenzar por las de la Costa de los Elefantes, en Maputaland, sin duda uno de los lugares más hermosos de esta parte del mundo, pero sobre todo hay que conocer las que rodean a Durban, otra de las grandes ciudades de la República Sudafricana. Con su paseo marítimo kilométrico bordeado de elegantes cafés, hoteles de lujo y tiendas de corte occidental, podría recordarnos a Miami o a Río de Janeiro pero solo hay que adentrarse un poco en el tejido urbano para descubrir sus múltiples facetas y su característico sabor zulú-hindú. Una mezcla que podría ser explosiva pero que aquí se traduce en algo extrañamente seductor.
Para el final del viaje hay que reservar Ciudad del Cabo y la extensa y rica provincia del mismo nombre, para muchos viajeros el rincón más atractivo y fácil de disfrutar de todo el país. Aunque los contrastes sociales son tan fuertes como en cualquier otra parte, se respira un ambiente multicultural que se puede calificar como europeo, con multitud de barrios y pueblos, cada uno con su propia idiosincrasia.

Por otra parte, la belleza de los paisajes que rodean la ciudad son sobrecogedores, comenzando por la Mesa natural Mount Table que la protege para terminar en la Reserva del Cabo de Buena Esperanza, sin olvidarse de sorpresas como la playa Boulders donde viven cientos de pingüinos o la misteriosa isla de Robben, lugar en el que Mandela, el hombre que cambió drásticamente la historia de este país, estuvo recluido durante años.

 

En la edición impresa de Viajeros nº 167, podrás leer más sobre este destino.

 

 

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