Textos y fotosAna Vara y David Santiago
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Zanzíbar. Un universo perfumado de especias

Su nombre ya contiene en sí mismo la fuerza necesaria para evocar paraísos exóticos. Zanzíbar reúne una historia fascinante de mercaderes, exploradores, sultanes y negreros; las mejores playas de África; un universo perfumado de especias y una personalidad única en el mundo.

La insistente llamada del muecín a la oración de as-sub (el primer deber del día para los musulmanes) retumba en los tejados desordenados de Stone Town. Mi hotel, situado en una de las callejuelas de la ciudad, conserva todavía el espíritu de los viejos tiempos: una habitación espaciosa con celosías en el balcón, cama con mosquitera, ventiladores y un cierto aire de abandono. Desde mi ventana puedo contemplar uno de los diagramas urbanos más enrevesados que puede existir en África, con barrio árabe y casba africana por igual. Este Patrimonio de la Humanidad se degrada día a día, pero aún posee esa mezcla perfecta de belleza y decadencia.

Pasear por Stone Town o Ciudad de Piedra es como hacer un fascinante viaje en el túnel del tiempo. Los palacios de origen indio y árabe, las lujosas casas de los antiguos traficantes, las ricas puertas de madera labrada y los restos de mazmorras infames en las que se hacinaban los esclavos nos recuerdan la historia de la isla.

En persa antiguo, Zanzíbar significa algo así como “isla de negros”, lo que nos da pistas de que, ya en tiempos lejanos, fue un importante lugar de paso en las clásicas rutas marítimas entre el océano Índico y las costas del este de África. En el siglo IX comerciaba con marfil, oro, cuernos de rinoceronte y pieles de leopardo con Arabia y Persia. Y más tarde, lo hizo también con Asia, de donde llegaban telas y porcelanas. Este destacado centro de intercambio atrajo a comerciantes y aventureros de todos los rincones: griegos, egipcios, persas, chinos y árabes. En el siglo XVI, los portugueses establecieron aquí una importante base en la ruta del comercio con la India, y un siglo después, los omaníes se hicieron con el control de la isla. El sultán Sayyid Said de Omán, enamorado de su belleza, trasladó su capital de Muscat a Zanzíbar; construyó palacios y promovió las plantaciones de clavo, causando un auténtico boom comercial que traería ventajosos tratados económicos con ingleses y franceses. Todo ello contribuyó al espeluznante comercio que no tardaría en imponerse: el tráfico de esclavos. Pero a pesar de todo, Zanzíbar ha sido uno de esos lugares de leyenda a los que les ha tocado ejercer de paraíso.


El caos de Stone Town

Mapa en mano he comenzado sola mi andadura por el intrincado laberinto de callejuelas de Stone Town, pero pronto me doy cuenta de que es imposible orientarse y que jamás habría salido de aquí de no ser por Zuberi, un swahili isleño de ojos alegres que aguarda pacientemente para allanar el camino a los turistas desorientados. El swahili es la cultura mestiza que nació del contacto entre los comerciantes venidos de Arabia y los habitantes del país. Zuberi lleva una cofia de fieltro bordado en la cabeza y una túnica blanca, y posee una piel oscura pero sus rasgos son afilados. Me pregunto qué proporción habrá en su sangre de africano y cuánta de árabe.


Delante de nosotros se alza una iglesia. “El mercado donde se vendían los esclavos, se ha convertido en iglesia anglicana” –me aclara Zuberi–. Pero todavía quedan en la isla restos de mazmorras, cuevas y cadenas en los que puede intuirse el horror de aquellos años. De Zanzíbar partían las caravanas de captura hacia el interior del continente y en la isla se hacinaban los esclavos para la venta. La casa de Tippu Tip, el tratante cuyo imperio se extendía hasta la cabecera del Congo, es uno de los edificios más ricos y ornamentados de la ciudad...

Pero las construcciones más conspicuas de Zanzíbar son el Palacio del Sultán –conocido como la Casa de las Maravillas– y el inmenso fuerte portugués. “Y aquella de allí es la Livingstone House” –señala Zuberi–. “Aquí vivió el famoso explorador y misionero antes de emprender su último viaje al interior”. Y es que Zanzíbar también era el punto de partida obligado para todo aquel que quería internarse en las profundidades ignotas de África. Míticos exploradores como Livingstone, Stanley, Richard F. Burton, John H.Speke o Grant acudieron a la isla para preparar sus expediciones (ya fuera para descubrir las fuentes del Nilo o las míticas Montañas de la Luna, para evangelizar a las tribus del interior o, simplemente, para conseguir fama y fortuna.

La casualidad nos pone ahora frente al mar y se me antoja montar en un dhow, esos espectaculares barcos de vela latina que han bordeado las costas del océano Índico desde hace más de diez siglos con una elegancia ancestral a merced del viento y de las mareas. Llegamos a Prison Island, utilizada en el pasado como cárcel y que hoy en día aprisiona cariñosamente a tortugas gigantes de más de cien años de edad.

Regresamos al atardecer, el momento más animado de los jardines Jamituri, situados entre el mar y la Casa de las Maravillas. A la luz de los fogones se levantan las barbacoas donde se cocinan brochetas de pescado y marisco. Unos venden samosas (empanadillas), otros frutas, más allá exprimen cañas y sirven vasos llenos de su dulce zumo... Flotan y se mezclan por el aire los olores: un perfume sutil de pescado y especias, unido al embriagador aroma de las frutas tropicales. Justo enfrente, los jóvenes demuestran su destreza con competiciones de saltos acrobáticos en la playa. Las familias pasean. Y, con tanta diversidad cultural y musical, es fácil coincidir con algún festival en el que la isla y sus habitantes se vistan de fiesta.

 

Playas de ensueño

Algunos entusiasmados redactores han escrito que las playas de Zanzíbar son las mejores de África. Yo tenía mis dudas al respecto pero se han disipado en cuanto he llegado a la costa oriental de la isla. La magia del coral, esas longitudes de playas de ensueño, la impoluta arena blanca, el agua cristalina y los bosques de palmeras de tronco estilizado hacen que ésta sea la imagen más aproximada a la idea que muchos tenemos de paraíso.

En pueblos como Paje, Bwejuu o Jambiani, la furia del océano deja lengüetazos de espuma detrás de las barreras coralinas allá a lo lejos. Delante del arrecife se extiende una sucesión de arenas blancas cubiertas por lagunas reposadas de agua turquesa. Paje es muy popular por la práctica del kitesurf. Gentes de todas partes del mundo vienen hasta aquí para sentir la libertad y la maravillosa sensación de surcar el viento volando en un entorno tan privilegiado.

Por otro lado, la paz que reina en Matemwe es casi absoluta. El silencio tan solo se rompe por el rumor de las olas que chocan contra la barrera de coral y por el coro de voces de niños que vienen a nuestro encuentro. En el aire destellan sonrisas blancas. “Jambo” –saludan–. “Jambo, ¿Habari?” (¿cómo estáis?), les respondo. Aún recuerdo las palabras en swahili que Zuberi me enseñó en las calles de Stone Town y que producen mucha risa a los niños cuando las escuchan.

La generosidad del Índico permite a los pescadores abastecerse a diario en sus aguas. Nos muestran la pesca del día y hoy elegimos atún; un atún que dejarán en la cocina del hotel y que, más tarde, los cocineros nos prepararán a la brasa. Habrá que cenar antes de la puesta del sol si no queremos tener que apañarnos con una vela pues en el pueblo de Matemwe son habituales los cortes de electricidad. Aquí se vive al ritmo del sol.

En el extremo norte de la isla se encuentra Nungwi, conocida por ser donde se construyen artesanalmente las típicas embarcaciones dhow desde hace más de cinco siglos. Con marea baja es posible caminar por la playa hasta Kendwa, tres kilómetros al sur. Aquí la arena reluce como polvo de diamante y el mar luce un profundo color turquesa. En mi camino me cruzo con otros turistas, con jóvenes jugando al fútbol, con vendedores y también con grupos de mujeres, vestidas con alegres colores, que cantan y ríen. Sus cuerpos se contonean a pesar de llevar un capazo sobre sus cabezas. Quizá vayan a recoger las algas que cultivan varios centenares de metros mar adentro.

En la bahía de Menai, al suroeste, navegamos entre pequeñas islas deshabitadas y bancos de arena. Un grupo de delfines mulares roba el aplauso y la admiración de todos cuando saltan acrobáticamente. Este es un lugar ideal para la práctica de snorkel y conocer unos fondos marinos repletos de vida y color.

 
Ecos orientales

Termino mi viaje evocando el mundo de Las mil y una noches en la terraza de un viejo palacio restaurado de Stone Town. Tumbada entre cojines y con la luz dorada del atardecer cayendo sobre el mar repaso el testimonio de la princesa Salme, que en 1866 se fugó con un comerciante alemán y, tras vivir unos años en Europa, escribió Memorias de una princesa de Zanzíbar. El sol cuela sus últimos rayos entre las velas de los dhows que desfilan en silencio por este rincón del Índico. La tierra, el mar y el aire quedan envueltos en un dulce y sensual reposo. Me dejo llevar por la nostalgia... y me doy cuenta de que extrañaré todo esto dentro de poco, cuando esté lejos de esta isla que reúne tantas y tantas maravillas y sensaciones. Añoraré la luz exultante en las ramas de los cocoteros, la trasparencia esmaltada de mar y cielo, los olores tensos y fragantes y, sobre todo, las sonrisas en esos ojos profundos y morenos.

 

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