Textos y fotos Javier Mazorra y Weimar GmbH
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ALEMANIA. Weimar... donde se halla el alma germana

¿Qué tienen en común Lucas Cranach el Viejo, Juan Sebastián Bach, Goethe, Schiller, Liszt, Schopenhauer, Nietzsche, Henry van de Velde o Walter Gropius? Haber vivido y trabajado en Weimar, bajo los auspicios de una de las cortes más cultas y sofisticadas de Centroeuropa desde el siglo XVI a principios del XX.

La primera impresión que se recibe al llegar a esta ciudad a dos horas al sur de Berlín –en el estado de Turingia– es la de entrar en un mundo encantado, salido de un cuento de hadas, donde nada parece haber cambiado desde hace siglos. En realidad, cuando se mira con más detenimiento se empieza a descubrir que en esta pequeña población, rodeada de bosques e idílicos parques, que apenas supera los sesenta mil habitantes, hay edificios de estilos muy diferentes. Han sido construidos desde la Edad Media hasta nuestros días pero, de alguna forma, se han amalgamado para crear uno de los conjuntos urbanos más atractivos de Alemania.

 

Weimar, Patrimonio de la Humanidad

No es ninguna casualidad que Weimar pertenezca a ese exclusivo grupo de ciudades europeas que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por partida triple. Por un lado, por trece de sus monumentos más notables de época clásica; por otro, por contar con tres de los edificios más carismáticos relacionados con el movimiento Bauhaus; y, por último, por formar parte de la memoria del mundo al albergar muchos de los manuscritos de Goethe, sin duda el escritor en lengua alemana más admirado.

Desde el siglo XVI, cuando se convierte en la capital de uno de los muchos diminutos estados en los que estaba dividido el territorio histórico de Turingia, Weimar atrae a numerosos artistas y personajes. Lutero, por ejemplo, encuentra aquí su refugio, al igual que Lucas Cranach el Viejo, en el siglo XVI, cuyas obras todavía se pueden admirar en el Museo del Palacio –donde se le ha dedicado todo un ala– o en la iglesia de estilo gótico de San Pedro y San Pablo, en la que destaca su última creación, un tríptico que terminó su hijo después de su muerte en 1522. Incluso Juan Sebastián Bach, quien entre 1703 y 1717 ocupa diferentes puestos en la corte de los duques de Saxe-Weimar, compone aquí algunas de sus obras más emblemáticas.



No es, sin embargo, hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando Weimar se transforma en el centro neurálgico de la cultura alemana. En 1758, a la muerte de Ernesto Augusto II, toma las riendas del poder su viuda la duquesa Ana Amalia de Brunswick-Wolfenbüttel –sobrina del rey de Prusia y protegida de la emperatriz María Teresa de Austria–. En muy poco tiempo, se llena de artistas y escritores de primera línea. A nivel patrimonial su principal legado es la Biblioteca que lleva su nombre y que, a pesar de todo tipo de desastres, incluido un devastador fuego en 2004, sigue siendo referencia absoluta en la cultura alemana. Para albergarla transforma un palacio renacentista en un inusitado joyero de estilo rococó.

También fue responsable, junto a sus hijos, de la actual apariencia de la mayoría de los palacios ducales que, aunque habían sido construidos con anterioridad, Ana Amalia los convierte en perfectos edificios de su época. Se puede comprobar en el del Belvedere, el de Tiefurt, en el Wittumspalais y, también, en el de Ettersburg, donde llama la atención su magnífico parque.

 

La Corte de las Musas

Si bien, a Ana Amalia se la recordará sobre todo por haber sido responsable de la llegada de Goethe a Weimar. Lo invita a formar parte de su Corte de las Musas donde su hijo Carlos Augusto, el futuro rey, lo convierte de inmediato en su confidente, otorgándole al poco tiempo todo tipo de  honores y parabienes. Era el primer poeta que llegaba a tener un puesto comparable al de primer ministro, lo que ocasiona un gran escándalo en otras cortes europeas.

En realidad, todavía hoy en día, no se puede dar un paso sin encontrar la huella de Goethe. Se puede visitar su casa en el centro histórico –todavía cuajada de recuerdos del autor de Fausto– donde vive con la que se convertiría en su esposa, Christiane Vulpius. Justo al lado, se ha creado el Museo Nacional dedicado al escritor. No lejos de allí, también está el Teatro Nacional, donde se redacta en 1919 la constitución que da paso a lo que se conoce como República de Weimar. Dirige el teatro durante muchos años, lo que le permite entablar una relación muy especial con Schiller –el escritor alemán más querido–, al que convence para que viva en Weimar. Una estatua en la plaza muestra la especial amistad que siempre los unió. Años más tarde, la duquesa Sofía manda construir un palacio al estilo del Trianon de Versalles para albergar los manuscritos de ambas figuras.

Pero nada hay comparable a la huella que el gran poeta deja a orillas del río Ilm donde ayuda a diseñar uno de los parques más románticos y hermosos de todo Alemania. Allí se puede visitar la casa de campo que le regala el duque, pero también la Casa Romana que el mismo proyecta, todo ello rodeado de ruinas y cientos de árboles. Tanto Goethe como Schiller terminan sus días en Weimar siendo enterrados en el que se conoce como Cementerio Histórico.

 

Una nueva época de prosperidad

El paso de Napoleón Bonaparte marca un antes y un después en Turingia y en Weimar, en particular, donde muchos edificios son saqueados. Al final trae una nueva época de prosperidad bajo otra mujer extraordinaria, María Pavolovna Romanova (hermana del zar Alejandro I), quien se casa con el heredero Carlos Federico. Consigue en el Tratado de Versalles que Weimar se convierta en la capital de un enclave mucho más poderoso y rico, que desde entonces se transforma en Gran Ducado. Tan culta como María Amalia, no tarda en atraer a nuevos artistas, entre los que destaca Franz Liszt que termina pasando allí largas temporadas. Su casa se ha convertido en museo, la prestigiosa academia de música de la ciudad lleva su nombre y en el palacio ducal se conservan numerosos recuerdos de su paso por la corte.

A través de Liszt llegan otros músicos como Han von Bulow que se casa con su hija Cósima y que, más tarde, vuelve a contraer matrimonio con otro personaje habitual en Weimar, nada menos que Richard Wagner. Relacionado con este último, Friedrich Nietzsche también termina sus días en esta Atenas del Ilm. Su hermana Isabel funda lo que se conoce como los Archivos de Nietzche, con la ayuda de Henry van de Velde, otro de los grandes protagonistas de la historia de Weimar.


Este influyente arquitecto y diseñador belga no sólo reforma la Villa Silberblick que, desde entonces, se ha convertido en centro de peregrinación de los amantes del autor de Así hablaba Zaratustra, sino que bajo las órdenes del Gran Duque Guillermo Ernesto, sienta las bases de lo que se convertiría en la Bauhaus, un centro que revoluciona la cultura del siglo XX. Como director de una vanguardista y renovada Escuela de Bellas Artes, construye una serie de edificios, ya en un estilo muy moderno, donde desarrollar nuevas formas de enseñar arte como un conocimiento global. Para sucederle en su puesto recomienda a Walter Gropius, quien ya funda de forma oficial la Bauhaus. Antes de irse dejaría en Weimar otras obras importantes como la Haus Hohe Pappeln, la casa que edifica para su familia y que se ha abierto al público después de haber sido restaurada. Ya en un estilo cien por cien Bauhaus, Georg Muche construye, unos años más tarde, Haus am Horn que también se puede visitar.

Weimar vuelve una vez más a ser protagonista cuando Hitler y el Partido Nacional Socialista quieren aprovecharse del especial aura que rodea la ciudad para crear una de sus grandes capitales. Encargan una serie de ambiciosos proyectos de los que sólo se llega a construir parte de lo que se conoce como Gauforum, un inmenso complejo en el más puro estilo hitleriano.

Texto y fotos: Miguel García Campos

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Texto y fotos: Editorial Viajeros

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