Textos y fotosPepa García
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VIAJES. Fez. Un asalto a los sentidos

Para disfrutar de Fez es necesario liberarse de la concepción habitual del tiempo, dejarse llevar por la intuición y estar dispuesto a aceptar otra forma de ver la vida. Fuera de la ciudad imperial nos esperan dos enclaves Patrimonio de la Humanidad: las ruinas de Volúbilis y el P.N. de Ifrane.

 

Para disfrutar de Fez es necesario liberarse de la concepción habitual del tiempo, dejarse llevar por la intuición y estar dispuesto a aceptar otra forma de ver la vida. Fuera de la ciudad imperial nos esperan dos enclaves Patrimonio de la Humanidad: las ruinas de Volúbilis y el P.N. de Ifrane.

 

Cuando pisas por primera vez la ciudad de Fez hay expresiones como la de “vivir en un caos ordenado” que cobran todo el sentido. Te das cuenta de que es posible que la maquinaria social encaje perfectamente y funcione con armonía a pesar de ese aparente desorden. Pero comencemos por el principio. Alejémonos un momento de Fez para, poco a poco, introducirnos en su microcosmos. Si observamos esta ciudad imperial desde un altozano (los puntos idóneos para ello son la necrópolis de los Sultanes Mariníes y el Fuerte Borj Sud) se pueden distinguir (o intuir) tres partes: la zona más antigua, Fez el-Bali, que se corresponde con el lugar donde vivía la población morisca del siglo IX; Fez el-Jedid, la zona imperial y militar del siglo XIII, que nació como una ampliación de la anterior para acoger a la clase más pudiente; y la Ville Nouvelle, de aspecto europeo, que fue fundada por los franceses en 1920. Desde estos puntos elevados se observa un conjunto de casas ocres apretujadas (tanto que parece no mediar calles entre ellas), tímidos minaretes que apuntan al cielo, algunos tejados verdes con brillo cerámico y muchas antenas parabólicas. No nos entretendremos mucho en narrar sus orígenes o desarrollo, solo apuntar que los historiadores señalan que fue fundada por Idris I, un descendiente de Mahoma, y que en el siglo VIII se fijó la capital del país en este lugar (privilegio que ostentó en otros períodos, de forma intermitente, hasta la ocupación francesa).


Estas pinceladas históricas nos ayudan a comprender ese halo de orgullo que impregna a Fez, las ornamentadas mezquitas, que sorprenden al viandante en los lugares más inverosímiles, y las lujosas madrazas que acogían a los jóvenes que venían a iniciar sus estudios superiores. Esos períodos donde abrazó las posiciones políticas más privilegiadas ya han pasado, y en la ciudad, a excepción de la Nouvelle Ville (con sus grandes avenidas, bloques de apartamentos, hoteles e, incluso, un Mc Donalds), parece haberse detenido el tiempo. Para observar este universo medieval basta dejar atrás cualquier idea preconcebida y dirigirse hasta la medina de Fez el-Bali (es decir, “Fez el Viejo”), reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981 tanto por su arquitectura y trazado como por conservarse en la misma su forma de vida.

Para disfrutar y sobrevivir a una jornada de compras –no aconsejamos menos– en la medina de este gran barrio tenemos que tomar en consideración al menos dos máximas: retirarnos del paso si escuchamos la palabra “balak” (hacerlo rápidamente si es “¡balak, balak, balak!”), ya que de esta manera se avisa al transeúnte de que debe dejar vía libre a un burro cargado de mercancía. Los asnos tienen prioridad. Y, en segundo lugar, el respeto hacia otras religiones y culturas: en las mezquitas no está permitida la entrada a los que no profesen la religión musulmana y no se hacen excepciones.


Para capturar la esencia de este micromundo no hay normas. Basta con dejarse llevar por el intrincado laberinto de callejuelas guiados únicamente por nuestros sentidos para descubrir las mezquitas (como la de Karaouine, una de la mayores de Marruecos), las numerosas fuentes, las madrazas (las de Attarine o Bou Inania son las más bellas), los palacios (muchos de ellos convertidos en lujosos alojamientos o riads) y los zocos divididos por gremios. El sonido puede conducir a descubrir a un orfebre; el aroma, un horno de pan o un puesto de especias; la vista no acertará a adivinar el pantone de colores que conforman las bobinas de hilos; y los sabores tientan a cada paso en forma de pasteles de miel o de frutos secos.

En todo este galimatías, una de las visitas que más impresiona –y no lo decimos por el olor, que no podría ser más desagradable– es el Barrio de Curtidores. En este lugar aún se siguen curtiendo las pieles en grandes pozas con productos naturales. Se puede presenciar el trabajo desde alguna de las terrazas que tienen las tiendas por un módico precio o gratuitamente si se adquiere algún producto.



Junto a este barrio se encuentra Fez el-Jedid, la ampliación realizada por los merinidas cuando tomaron la ciudad en el siglo XIII. Fez el-Bali les parecía demasiado pequeño para contener los palacios, mezquitas y jardines que pensaban construir. Merece la pena visitar El Mellah, el barrio judío (aunque ahora está habitado por musulmanes emigrados de zonas rurales), y Dar el-Majzen, el Palacio Real. Esta gran residencia llama la atención en la Plaza de los Alaouites por sus imponentes puertas doradas. En su interior, que no se puede visitar, alberga varias plazas de armas, o mexuar, una madraza meriní y bonitos jardines.
 


Volúbilis, Patrimonio de la Humanidad

Visitar Fez y no acercarse a Volúbilis sería un grave pecado para todos aquellos que aman la Historia, ya que es el yacimiento arqueológico más importante de Marruecos. En las excavaciones realizadas en esta antigua ciudad romana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997, se han hallado edificios civiles y religiosos, villas con magníficos mosaicos inspirados en la mitología clásica (los mejores se encuentran en las viviendas ubicadas en el decumanus maximus), termas, almazaras (es una zona olivarera) e, incluso, un prostíbulo. Este asentamiento, ocupado en su origen por los bereberes, llegó a ser una ciudad de la provincia tingitana muy valorada por los romanos.



Al frescor de Ifrane

Otra escapada interesante desde Fez, sobre todo en época estival, es al Parque Nacional de Ifrane, que se localiza entre Azrou e Ifrane. Gran parte del mismo está ocupado por un bellísimo bosque de cedros centenarios reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Los esqueletos de los cedros del Atlas (algunos con más de 800 años) pueden resultar incluso inquietantes por su silueta alargada y gigantesca arañando el cielo. Este lugar es también el hábitat del mono de Berbería (la misma especie de los de Gibraltar). Los macacos suelen acercarse de forma inofensiva para obtener cacahuetes (en los puestos cercanos al centro de acogida los venden en bolsas). Tras un paseo por los senderos del parque se debe continuar la ruta hasta Ifrane.

Aunque solo se encuentra a setenta kilómetros de Fez, parece un enclave propio de Europa central por su aspecto alpino. Fue proyectado por los franceses en 1929 y se le conoce como la “Suiza marroquí”, debido a los chalets con tejados rojos, villas, hoteles, restaurantes y una estación de esquí en las proximidades. Este lugar, de grandes avenidas y jardines bien cuidados, es  frecuentado desde antaño por las clases más pudientes. Incluso el rey marroquí cuenta con una residencia de caza en la misma, a imitación de las europeas.

Dejamos la ordenada y pulcra Ifrane para volver al caos de Fez. Cuando el sol cae y lanza sus últimos rayos, las voces de los muecines recorren la medina y parecen anunciar el final del día o, incluso, si nos ponemos dramáticos el fin de los tiempos. Es imposible evitar un escalofrío.

CÓMO LLEGAR

Fez se encuentra a sólo una hora y media de Madrid en avión. Desde la capital se puede volar sin escalas con compañías como Ryanair. Con otros líneas aéreas se precisa escala (Iberia, Royal Air Maroc, Vueling, etc.)

DÓNDE ALOJARSE

La ciudad de Fez cuenta con un elevado número de establecimientos por lo que hay que decidir si queremos hospedarnos en un riad –vivienda tradicional marroquí con un patio o jardín interior alrededor del que se articulan las habitaciones– o en un hotel moderno. Si preferimos un riad, el mejor lugar es la medina Fez el-Bali y si queremos las comodidades habituales en un hotel, sin sorpresas, es mejor escoger la Ville Nouvelle.

Hotel Barceló Fès Medina. Este 4 estrellas es uno de los más recomendables. Se encuentra en la Ville Nouvelle y cuenta con 134 habitaciones. Ofrece servicio de restauración y de wellness. Avenue Hassan II, 53. Fez. www.barcelo.com

No resulta exagerado comparar el hotel Barceló Fès Medina con un oasis de paz y calma. Como tampoco lo es decir que la ciudad imperial de Fez emite desde su medina el mayor número de impactos sensitivos que hayamos conocido. Este establecimiento del grupo Barceló Hoteles se sitúa en pleno corazón de la ciudad nueva.

Texto y fotos: Xesca Domenge (Barcelona)

En nuestro último viaje nos fuimos hasta Fez, antigua ciudad imperial de Marruecos. Situada en el centro del país, en una llanura entre la cordillera del Atlas y el mar Mediterráneo, se extiende esta vetusta ciudad. Sus ciudadanos viven como hace más de mil años, resulta espectacular la atmósfera que se respira en el interior de las tortuosas callejuelas de su medina.

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